Quita la piedra del camino

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—Estoy esperando que me llames para darte instrucción.
—No puedo, Maestro. Lo estoy intentando, pero no puedo.
—No hay que intentar nada, solo hacer. Llámame y te responderé.
—Maestro, cuando tengo deseos de escuchar tu enseñanza, me siento en posición de reverencia, despierto mis sentidos, hago silencio interno y externo, me concentro en llamarte y, aún así, no te escucho.
—¿Y sientes que haces un esfuerzo real por llamarme?
—Sí, Maestro, lo hago. Bueno, no. No en realidad. Tal vez me miento que lo hago. Sigo los pasos pero, en el momento crucial, me paralizo. Como si me diera miedo hacer el llamado.
—¿Miedo a qué?
—A que de verdad respondas.
—Pero ¿no es eso lo que buscas?
—Sí, Maestro, lo es.
—¿Y cuál es el miedo? Búscalo en tu interior, obsérvalo y dime qué temes.
—Temo el regaño. Temo que me digas lo mal que estoy, lo mucho en lo que me he equivocado. Me avergüenza no estar a tu altura.
—¿Y qué ves cuando surge ese miedo?
—A mis padres, a mis maestros. Veo los muchos regaños que yo y otros vivimos por no hacer las cosas bien.
—¿Y piensas que así te trataré yo? ¿Es que acaso he fracasado tanto en mi relación contigo?
—No, Maestro. No. Mi temor es absurdo. Siempre has sido cariñoso y amable. Siempre has tenido una sonrisa en la boca. Siempre me has dado tiempo. Has permitido que me aleje y me acerque a voluntad. Tu enseñanza jamás ha sido impuesta. Jamás ha sido grosera. Jamás ha sido una agresión. Pero el temor no se desvanece con solo descalificarlo.
—Respóndeme algo. Si vas por un camino y te encuentras una gran piedra, ¿qué haces?
—La rodeo.
—¿Y si no puedes?
—La escalo.
—¿Y si, aún así, no puedes pasar? ¿Te quedarías ahí, sin hacer nada, tan solo porque hay una piedra en tu camino? ¿Te devolverías por donde viniste? ¿Renunciarías a avanzar?
—No, Maestro. Si mi destino vale más que la piedra, la quito.
—¿Y si es muy grande?
—Entonces la parto en trozos más pequeños, hasta que pueda quitarla.
—Tu miedo es tu piedra. Córtale trozos, quítale capas, para que puedas pasar al otro lado. Cómo lo hagas, cuán rápido lo hagas, depende de ti. Pero recuerda una cosa, una sola cosa: la piedra es una ilusión. Cuando la piedra carezca del poder para detenerte, se desvanecerá.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2017. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

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Enunciar el mundo

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Enunciar el mundo. Esa es quizás la principal función de la palabra. Antes de ser un instrumento de comunicación, la palabra se nos muestra en las mitologías como el acto mismo de creación. Enunciar el mundo significa crearlo, hacerlo carne. Enunciar el mundo significa darle vida.
Observo a un niño que juega con una niña. El sol dorado de la tarde cae sobre ellos. Los zancudos hacen conmigo su festín, pero dejan en paz a los niños, que están en continuo movimiento. Juntan piedras de un suelo acostumbrado a tener niños encima. Piedras que en sus manos se vuelven preciosas. Son bolas, son palomas, son tesoros. Las piedras son juguetes que se amoldan a la imaginación. Juegan con ellas, como si no existiese bien más útil en el universo. Las transforman con sus mentes, con sus palabras, en cualquier objeto que esté a su alcance. Real o imaginario, no importa. En sus manos, todo el mundo es imaginario y, por lo tanto, todo es real. Sus palabras de niños crean el universo una y otra vez.
Las palabras creadoras no son más que materia. Generadoras de materia. Son la parte más concreta y más densa de la creación. Son la lengua y la voz, pero no son la divinidad misma. El verbo es el dios más cercano a la muerte, porque es el que manifiesta el mundo que llegará, a su debido tiempo, a su inevitable destrucción.
El Dios que habla, que enuncia el universo, a veces parece un niño jugando con sus piedras o, con su arcilla, dicen las historias antiguas. Un niño que convirtió la arcilla en un sueño, el sueño en una palabra, la palabra en una realidad. Y le insufló la vida. La palabra, aliento divino, creó el mundo, creó lo que llamamos vida. ¿Es esto la vida o es tan solo un instante mientras se desvanece el aliento de un dios que nos canta para existir?

© Jacqueline Murillo Fernández, 2017. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Código de vestimenta

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Hace unos días, tuve que cumplir mis deberes al atender la reunión de padres de la escuela a la que asiste mi hijo y a la que, en su momento, asistirá mi hija. Estas reuniones suelen estar cargadas de información administrativa de rigor. No son mis reuniones favoritas, no lo voy a negar. Igual hay que ir.
Conforme avanzaba la noche, se tocaron muy diversos temas, desde presentar al personal docente hasta el código de vestimenta para los padres.
Sí. Leyó bien. Para los padres, no para los hijos.
La vestimenta de los niños y niñas está asegurada por el uniforme. Agradezco estos tiempos en que las niñas ya no están obligadas a ir con enaguas, como me tocó a mí en su tiempo, así que tampoco es tan necesario ya advertir en contra de las minifaldas. ¿Cierto?
Cuál fue mi sorpresa cuando se comenzó a explicar en qué consistía el código de vestimenta para los padres. Me corrijo: no fue para los padres. Fue para las madres.
Aun cuando se decía que era “en general”, los ejemplos que se pusieron fueron de mujeres que llegaban casi en pijamas a dejar a sus hijos o en minifaldas reveladoras, en especial, cuando las madres se inclinaban a recoger algo o a abrir la cajuela de sus vehículos.
La persona que exponía en el escenario, una mujer, por cierto, trató de añadirle algo de mímica a la explicación, de modo que no quedara la menor duda de lo que estaba solicitando. “Y yo —decía, mientras gesticulaba moviendo los brazos— al ver esto, poniéndome detrás de ellas, para que los guardas no las vieran”.
Hasta aquí, no creo que esta sea una historia anómala. Muy por el contrario, es lo que siempre se nos dice a las mujeres: “no mostrés los pechos, no te pongás minifaldas, no te agachés con enaguas, no te pongás ropa tallada”.
La docente continuó, aduciendo que la institución estaba llena de muchachos y que ella no podía controlar lo que pasaba por sus mentes.
Como siempre, para variar, la mujer es entonces la que tiene la culpa de los pensamientos retorcidos de los “pobres” adolescentes en etapa de revoltijo emocional.
Los pensamientos “pecaminosos” se producen en las mentes de los hombres —los estudiantes, los guardas, los padres, los docentes— pero somos las madres las que debemos guardar el decoro. En ningún momento se mencionó que los hombres debían cuidarse de no llegar en pantaloneta o con ropa ajustada, “por los pensamientos que podrían pasar por las cabezas de las muchachas”. Sí, cómo no, ¡como las muchachas no tienen hormonas ni pensamientos sexuales cruzan sus cabezas! O tal vez sea porque verle a un hombre las piernas peludas puede ser más antierótico que provocativo. El caso es que nada se mencionó de los padres, solo de las madres.
Las estadísticas prueban que las mujeres son violadas sin importar su vestimenta. Son agredidas tanto si usan minifaldas como si usan ropa floja y holgada. Son irrespetadas tanto si usan anteojos como si no los usan. Son acosadas si son hermosas o si no lo son. Incluso son abusadas aunque tengan discapacidades físicas y mentales. El único requisito real para ser objeto de agresión sexual, en cualquiera de sus formas, es ser mujeres.
No. Me corrijo. No es ser mujeres. Es tener la malísima suerte de cruzarse con un reverendo imbécil que tiene deseos pecaminosos de asaltar sexualmente a una mujer. O a un hombre. ¿O es que pensaban que solo las mujeres son objeto de abuso? Pero a ellos nadie les dice: “te vestiste provocador, fue tu culpa”.
Es hora de dejar de pensar que vamos a resolver la situación de una institución educativa con un código de vestimenta moralista impuesto a las mujeres por otras mujeres.
No se me malentienda. A mí no me gusta usar minifaldas ni enaguas, del todo, así que no estoy defendiendo el uso de ningún estilo de ropa en particular. Si alguien quiere defender eso, que lo defienda. No seré yo. Y sobre todo no seré yo, porque he tenido que vivir el acoso callejero con cualquier ropa que ande, floja o tallada, corta o larga.
Mi problema no es con la ropa, es con la actitud. Creer que arreglar la ropa es moldear la actitud es un error. En especial, creer que arreglar la ropa de la víctima va a acabar con los victimarios es un error más grande todavía. El problema de actitud está en la mirada de los hombres no en la ropa de las mujeres.
En mi mundo ideal, en mi escuela ideal, la docente que con tanta vehemencia llamaba a las madres a vestirse de forma decorosa no habría dicho: “tápese porque la están viendo”. Habría dicho: “Siéntanse seguras, mamás, porque en este colegio les enseñamos a nuestros varones a respetar a las mujeres. Sepan, madres, que sus hijas están seguras no porque las tapamos de las miradas lascivas de los guardas, sino porque hemos educado a nuestros hombres (guardas, estudiantes, padres, docentes, directores) para respetar a las mujeres a toda costa; aunque estuvieran desnudas, no las tocarían porque conocen el autocontrol”.
O mejor aún: la ropa no habría tenido que generar ningún comentario del todo. Eso sí, habría visto directrices sobre el abordaje de una visión inclusiva, equitativa y respetuosa del género en el aula.
En cambio, lo que se dijo de manera implícita es más preocupante: las niñas y las madres de esa institución son mujeres en riesgo —y son demoníacas tentadoras—, porque nadie piensa que educar a los hombres sea necesario. Ellos seguirán siendo una causa perdida y son las mujeres las responsables de no provocarlos. Son las mujeres las que deben autorregular sus ropas y no los hombres los que deben autorregular sus instintos.
Cuesta mucho dejar en evidencia las raíces de una visión patriarcal del mundo. Estas pequeñas cosas, estos pequeños detalles, son tan solo una muestra de los muchos cambios todavía pendientes en nuestra sociedad que se dice libre, tolerante, abierta y favorecedora de los derechos para las mujeres. Y, sin embargo, todavía sentimos que es necesario decirnos cómo vestir para que los hombres nos vean o, como en este caso, para que no nos vean, no piensen, no sientan y, por lo tanto, no nos asalten.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2017. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Diálogos con el Maestro: Despierta

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—Despierta, pupila, despierta. Se acabó el tiempo del sueño, es la hora de estar alerta.
—Lo siento, maestro, no logro abrir mis ojos. Se me cierran como dos botones sobre los que ha caído la noche.
—Despierta, pupila, despierta. La luz de la mañana ya tiñe el cielo, es la hora de verlo todo con la mirada interna.
—Lo siento, maestro, no consigo despabilar mis sentidos. Me invitan a seguir entre las cobijas, en el refugio oscuro de la habitación vacía.
—Despierta, pupila, despierta. El sol se acerca al mediodía. La tierra entera ha dejado atrás las brumas de la mañana y se alinea con la luz de más arriba.
—Lo siento, maestro, no consigo enfocar la mirada. Distante te oigo, minúsculo eres ante mis ojos. Estás lejos, muy lejos, y pareciera como si al respecto yo no pudiera hacer nada.
—Despierta, pupila, despierta. Tu hora ha llegado. Aunque tengas miedo y dudas, aunque creas no ser este el momento más indicado; aún así ha llegado tu momento, en medio del viento, en medio del alabastro.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

El profeta

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Escondido en el baúl se encontraba todavía su viejo diario. Se había rehusado a quemarlo, pero tampoco había sido capaz de releerlo. Ninguno de sus diarios, a decir verdad. En esa noche, que llamar oscura es redundante y no por la ausencia de luna llena, abrió el baúl a pesar del chillido de los goznes, a pesar del olor a moho de las maderas, a pesar de… No. Inenunciable. No todavía. El dolor genuino rehúye de cualquier forma de verbalización o ya no es dolor. Cerró el baúl. Lo abrió de nuevo. Se detuvo. Su mirada se perdió en el vacío mientras la vela crepitaba sobre la mesa. Todo estaba consumado. Ninguno de los eventos acaecidos era reversible. Un hondo vacío le entumecía los músculos. Moverse era un desafío mayor que cargar todas las cadenas del infierno. Afuera, un durmiente amanecer esperaba para tañer otras vidas. La suya estaba por terminar. La suya ya se había terminado. Unos minutos, unas horas más en este cuerpo eran tan solo una extensión de la muerte horrenda en la que se había sumergido apenas unas horas atrás. Sacó despacio el cuaderno envuelto en su cubierta de cuero suave, sucio y viejo. Ahí, en algún sitio, de esos garabatos escritos por otro, estaba la visión de esta noche. Ahí, en alguna página, como un juego o, peor aún, como un mero divertimento, la profecía se escondía detrás de los malos versos. Se rehusaba a leerlos de nuevo, pero estaba obligado a hacerlo. La peste se las había llevado. Tampoco el niño se salvó. La negra muerte. La Muerte. Y él, condenado a sobrevivir, los había enterrado a los tres, solitario, en un mundo doliente. Nadie tenía ojos para nadie más. Todos cargaban a sus muertos o se unían a ellos para podrirse ahí donde la oscuridad les hubiese arrebatado el aliento.
Quiso gritar, pero alguien le robó el grito, desde lejos, en otra casa en donde otro hálito de vida había sido arrebatado. O quizás no había muerto aún, pero las señales de la enfermedad no dejaban esperanza alguna. ¿Qué maldición era esta, sobrevivir a lo más amado? “Vivirás para recordarnos. Vivirás para eternizarnos”, le había dicho ella en su palidez, en su aceptación de lo inevitable. Se equivocaba. Imposible llamarle vida a esta miseria. Sus manos jóvenes temblaban como las de un viejo. En verdad, se veían como las manos del viejo que no quería llegar a ser. ¿Cómo soportar la ancianidad con el recuerdo de esta noche? Las manitas que se aferraron a él antes de enfriarse y desaparecer. Los rizos suaves y perfumados. Los rostros tan amados, tan, pero tan amados, que lo habían abandonado sin piedad. Les había prometido todo. Lo había intentado todo. La muerte no las tocaría a ellas, no, porque él, en su orgullo, se había sentido inmune, las había creído inmunes. La ciencia era su pacto. Estaba protegido por su gran conocimiento, por su medicina, por su verdad. Verdades malditas diseñadas para perseguirlo el resto de su vida. Desgraciada arrogancia hecha pedazos en la noche más negra de su existencia. Y el diario… las páginas del diario volvían de lejos a recordarle quién era, a decirle: “no tienes derecho a la felicidad”. Lento, primero; con desesperación, después, comenzó a buscar. Buscaba y buscaba. Revolcaba. Regresaba y volvía. No. No aquí, tal vez… más allá, después de… sí. Este… este…
Leyó el cuarteto una vez más. ¿Cuántos años tenía cuando lo escribió? ¿Catorce tal vez? ¿Qué terrible musa le había inspirado tal visión? Joven, inmune al amor, le había parecido una excelente manera de entrenarse en la patética poesía amatoria de moda. Una mofa, sí, eso había creído. La mofa del amor doliente, del amante vencido por la enfermedad negra, del espectro que vaga por el mundo añorando y buscando lo perdido. Del viejo que moría sin dejar de amar esos cabellos dorados en sus arrugadas manos. De la miseria más profunda. Solo del peor dolor, seguía su verso, descubre el poeta al visionario, a quien ha accedido los más altos misterios de la enunciación. Poeta, profeta, mago… como en la Antigüedad. No eran indivisibles, decía el verso. Pero toda visión tiene un precio y se ha pagado desde antes de nacer. Tarde o temprano se recolectará la tarifa pactada a cambio del Don. En la noche de la recolecta, había garabateado ese joven, veinte años atrás, sabrás si valió la pena el sacrificio, si tu poder merecía entregar lo más amado. Has dicho sí, sin pensarlo, has aceptado el precio antes de saber que amar de verdad y perder es una muerte peor que cualquier ignorancia. Y esa noche recordarás estos versos olvidados.
Quiso llorar, pero en una puerta cercana le habían robado el llanto. Alguien lloraba con desespero por otra muerte más. Otra más en esta noche inacabable. En esta peste brutal.
No confirmarás si son ciertos tus versos hasta recibir este golpe mortal. Mortal. Mortal eres. Inmortal serás. Has creído todo un juego, un juego nada más. No. Desde ese momento, este momento, ese momento sabrás.
Y ahora sabía. Sí, ahora sabía.
¿Y de qué le servía? No había previsto semejante miseria. ¿Importaba acaso conocer el futuro si había sido incapaz de prevenirlo? No pudo cambiar nada. No pudo siquiera reconocerlo. En vano fueron sus esfuerzos por encontrar una cura. Creía haberla encontrado. En su vanidad, creía haberla encontrado. Ahora su arrogancia lo había dejado sin nada. No. No sin nada. Con esta maldición. Esta maldición por la que lo había dado todo. Esta cara maldición que otrora llamara don. No quiso llevarse nada, salvo los malditos diarios. No quería que fueran encontrados. No debían ser encontrados. No, al menos, antes de desentrañar su significado. Quería morir, pero no podía. Lo había sospechado, pero ahora, al perderlas a ellas, lo había confirmado. Había tratado más pacientes de peste de los que cualquier otro médico en su sano juicio habría aceptado y, sin embargo, aquí estaba todavía. ¿Qué clase de maldición era esta que se había llevado a su familia sin llevárselo a él? Una que no le dejaría morir, no todavía. No todavía.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Ilustración: Vanitas de Pieter Claesz, 1630 (Mauritzhuis, La Haya). Tomada de Wikimedia Commons.

La magia del silencio (IV): Sé que no puedes resistirte

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Sé que no puedes resistirte.
Lo has intentado de nuevo.
Has tratado de no pensar en mí,
de descartarme como si fuese una locura,
un invento de una imaginación demasiado vívida,
demasiado literaria.

Sigue mintiéndote;
por ahora estás segura.
Dame solo el derecho a la duda.
No me creas.
No es necesario.
Solo imagina qué pasaría
si mis palabras fueran ciertas.

Ya está sucediendo,
¿verdad?
Ya comienzas a sentir
como si no pertenecieras
por completo a este recuerdo,
a este lugar.

Te detienes.
Miras a tu alrededor.
Estás en el centro de todos los ciclones.
Estás en el eje de todas las turbas.
Y, sin embargo,
ninguna te toca.
A ninguna perteneces.
No puedes avanzar en ese frenesí.

Miríadas de personas
avanzan en todas direcciones,
sin pensarlo,
sin detenerse.
¿Hacia dónde marchan?
Sabes que avanzan en círculos,
sobre una misma rueda que gira y gira,
que sube y baja,
que viene y va.
Van de la casa a sus labores,
de la fatiga al hogar…
Se levantan,
comen,
se reproducen,
se duermen,
se vuelven a levantar…

Pero nunca despiertan.
No.
Nunca se despiertan.

Mira con más atención.
No todos están corriendo.
Anúlalos.
Conviértelos en líneas difusas de movimiento.
No veas sus individualidades,
solo las corrientes.
¿Ves esas pequeñas islas,
esos focos de inmovilidad?
Ya sabes lo que son,
o mejor dicho,
quiénes son.

No, espera.
No te precipites a llamarlos.
No todos emanan luz.
Observa con mayor atención.
Unos emiten y otros atraen.
Unos son luminosos, otros son devoradores.
No.
No los califiques
según la burda dualidad
de bien y mal.
Hasta la oscuridad
cumple una función transformadora
en el Universo.

Obsérvalos bien.
¿Qué puedes aprender de ellos?
¿Qué comprendes?
¿Qué deduces?

Ahora olvídalo todo.

Es tu mente actuando.
Tu mente sacando conclusiones.
Tu mente que trata
de acomodar la información
según las estructuras que ya tiene.
Tu mente sola es incapaz
de acceder la realidad.
Sé que todavía no puedes
distinguirlos con toda precisión.
Será más fácil después.
Lo prometo.

Ahora trae tu atención de nuevo hacia mí.
Hacia ti.
¿Ya sabes cuál es tu lugar en la trama?
¿Tienes idea de cuál es tu hilo?
Quieres saberlo.
Quieres que yo te lo diga.
Esa angustia,
ese anhelo
es una máscara de dos facetas.
Fallas en ver la grandeza
de lo pequeño.
Por eso no puedes
escuchar tu verdadera misión.
Me sigues leyendo
porque esperas
que yo haga el trabajo por ti,
que yo te lo diga.
No puedo.
Lo siento, pequeña.
Deberás descubrirlo por ti misma.
No se enuncia con discursos.
No se transmite en imágenes.
No se fuerza con la fe fingida.
Cuando lo sepas, no tendrás dudas.
Paciencia.
Abandona tus expectativas
de un grandilocuente destino
y quedarás en libertad
para hacer tu verdadero recorrido.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.com

Cuidado con lo que pides, mortal

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Cuidado con lo que pides, mortal, cuidado, yo, la Señora del Recuerdo, te lo digo. Es verdad que un pacto antiguo conmigo has suscrito. Te recuerdo de antaño, de la antigua caverna, de las aguas del río. Te recuerdo de bosques lejanos, de cimas nubosas, de los vientos, las rocas y los caminos. He visto tus muchos rostros, he escuchado tus muchas voces, he conocido tus muchos líos. Ni una sola de tus encarnaciones ha dejado de archivarse en los anaqueles de mis libros. Las hay placenteras y bellas, paradisiacas, tranquilas. Las hay brutales e inmisericordes, crueles, malditas. Ni uno solo de tus momentos de felicidad se ha escapado a mis registros. Ni uno solo de tus actos cruentos, desesperados, estíos. Todo está aquí. Será tuyo, como lo has pedido. Pero antes de darte tus viejos registros, has de conocer, poeta, las posibles consecuencias de esta petición que hoy me has traído.
El recuerdo ha llevado a muchos valientes a la locura, a muchos sabios al suicidio. Si tu corazón no es puro, si no has soltado todo lo que este mundo para ti ha tenido, recordar ahora no será la experiencia placentera que tú has creído. No hay placer en el recuerdo, no hay heroísmo. Vendrán a ti todas juntas las miserias que una y otra vez, y otra más, has vivido. Hombres más grandes que tú, más elevadas almas, he perdido, por darles antes de tiempo el acceso a lo vivido. No es en vano, hijo, hermoso mío, que solo unos cuantos recuerdos, esporádicos, has visto. Vislumbres lejanos, borrosos, sencillos. ¿Cómo puede una de tus encarnaciones aspirar a comprender las décadas y décadas de los muchos hombres que has sido? Dolores más allá de lo humano has visto y más de una vez me has rogado, con sangre por lágrimas, borrarlos de tu libro. Fiel a nuestro pacto, no lo he hecho, como una vez tu alma lo ha pedido, pero te he ayudado a olvidar, por un tiempo, lo sufrido. Soy señora del recuerdo, pero también del olvido, porque solo yo decido para ti, cuando es el momento de levantar la bruma y mostrarte de nuevo los viejos caminos.
Has de demostrarme hoy que en verdad estás listo. Has de pasar las pruebas y los obstáculos que guardan lo que te he prometido. No es pequeña la labor que te encomiendo, no es vana tampoco la petición que me has traído. Si tras estas pruebas logras demostrarme que eres digno, te daré lo que buscas, sin reservas; ninguna condición limitará tu acceso a lo que es tuyo, por ti vivido. Pero si fallas la ordalía, no podré —ni habrá dios que pueda revertirlo— darte tus memorias, ni una de ellas, querido hijo. Quedarán de nuevo resguardadas en la caverna del olvido, para que otra vez, cuando seas digno, puedas venir por tus memorias, cuando estés listo. Una vez por encarnación, una sola, este acceso te puede ser concedido. ¿Estás seguro que estás, para pedirlo, listo? Si fallas, te lo advierto, habrás de morir y renacer antes de volver a pedirlo. Puedes ahora irte, seguir viviendo y volver cuando te creas merecedor de este privilegio. No gastes tu oportunidad en vano, a menos que se te vaya la vida en ello.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Pintura: Mnemósine, de Dante Gabriel Rosetti (1828-1882); foto de la obra: Wikimedia Commons.

La magia del silencio (III): He vivido la furia

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III

He vivido la furia.
La he experimentado con toda la fiereza posible.
He elevado mi voz cuando lo he creído necesario.
He gritado y gritado.
He declarado maldiciones sobre mis enemigos.
He descuartizado y destruido
a quien ha osado levantar
la ira de mis entrañas.

Obnubilada por la furia,
he arrasado pueblos y ciudades,
aniquilado ejércitos,
violado y mandado a violar hombres y mujeres.
He tomado venganza con la sangre de inocentes
y he descargado toda mi violencia en un solo golpe,
una sola palabra,
un solo grito.
Mi voz ha llevado la destrucción y la muerte
a cuanto incauto se me ha opuesto u ofendido.
Mi poder es un vendaval
que desde mi boca lo destruye todo.
Así he vivido.
Así he muerto.
Así he vuelto a vivir,
innumerables veces,
siempre arrastrada
por ese fuego incontrolable
que sale desde mis vísceras.

Actúo.
No pienso.
Destruyo.
Aniquilo.
Arraso.

Y solo después, mucho después,
huyo con la cabeza entre las manos y digo
“¿por qué lo hice?”,
“¿era necesario?”.

Tantas veces he matado,
tantas veces he muerto y nunca,
ni una sola vez,
he sido capaz de marchar en silencio,
en paz.

¿Puedo acaso seguir viviendo así?
¿Se detendrá alguna vez la rueda,
si elijo apegarme a mi violenta manera
de enfrentar el mundo?

¿Me escucho?
¿He visto lo que yo misma he dicho?
Enfrentar el mundo.
¿Y quién ha dicho que debo enfrentarlo?
¿No puedo amarlo, vivirlo, saborearlo, soñarlo?

No.

Tengo que conquistarlo, domarlo, corregirlo, quebrantarlo…
Tengo que hacer del mundo el lugar que yo quiero.
¿Por qué no puedo reconocer la belleza
cruda y diáfana de la tierra virgen, pura, sin labrar?
¿Por qué me creo con potestad para moldear la arcilla a mi antojo?

La furia me ha destruido, otra vez.
Y con toda la furia que me queda,
desde mis entrañas,
esta vez grito:
¡No más!
No más.
No más…

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Se adentró en el bosque

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Se adentró en el bosque. Por un instante sintió un leve mareo, tal vez provocado por el aroma a musgo fresco o quizás por un aire más cargado de oxígeno de lo que estaba acostumbrada a inhalar. Sentía la humedad en los poros de la piel, aun sin que cayera una sola gota de agua. Los sonidos del bosque hacían coro, en un silencio plagado de vida y movimiento adivinado, sin ser visto.
Con cada paso, bosque adentro, dejaba atrás un fragmento de sí misma. Su pasado, su mundo como lo había creído acabado y listo, se estaba desvaneciendo. Tenía miedo. Lo sabía. Pero no del bosque. Tenía miedo de esta mujer que llevaba por dentro y que se sentía a cada minuto más cómoda entre los árboles. Su pánico le gritaba que regresara. Quería paralizarla. Su respiración se aceleró y comenzó a sentirse como si algo le oprimiera el pecho. Era una angustia indecible. Quiso volver, pero ya no veía su propio camino. Ya no se veía más que follaje en todas direcciones.
Unos pasos más y sus pies fueron envueltos por una raíz. Cayó, rodó, se ensució. No más ropa limpia. No más manos sin tierra. No más vida de papel y lápiz. Estaba aquí, sola. Gritó, primero con timidez. Luego a todo pulmón. Miró hacia arriba. Una lluvia muy fina comenzó a caer. La copa de este árbol inmenso, altísimo, se estremeció suavemente. Desde arriba, desde la copa del árbol, unos rayos de sol se suspendían en las gotas de lluvia que la acariciaban, la tranquilizaban, se absorbían en sus ropas sin hacerla pensar en frío, esta vez, sino en la fuerza que podía llamar de las aguas. Se quedó unos instantes inmóvil, con los ojos cerrados, respirando, con el pecho abierto y el rostro hacia la copa invisible de un árbol que había decidido acogerla en su instante de pánico. Poco a poco el miedo se iba retirando. Este bosque era suyo. Y ella era del bosque. Reconocerlo hacía replegarse sus miedos. Ahora lo entendía. No era a sus atacantes a quienes temía; era a sí misma… A un yo antiguo, irreconocible, hasta ahora oculto en esta fachada de juventud e inocencia que la había hecho equivocarse ya tantas veces en tan poco tiempo.

Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Estoy en un bosque

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Estoy en un bosque, cualquier bosque.
Puedo crearlo como yo quiera, creerlo como yo quiera.
Puedo llenarlo de luz o de sombras,
de musgos o de hojas,
de vida o de putrefacción.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo colarme por escondrijos entre las raíces
de árboles viejos, muy viejos
o trepar por las lianas hasta las copas de los más
altos de los colosos por encima de manos de tigre y parásitas.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo poblarlo de criaturas mágicas
luminosas y oscuras, poderosas y débiles.
Puedo vagar por rincones desconocidos
entre flores y espinos,
entre frutos dulces y venenosos,
entre animales amigos y enemigos.

Este bosque es mío, con sus aguas y sus lluvias,
con sus tiempos de estío.

Se abre para recibirme,
sin luces eléctricas,
sin estruendosos motores,
sin chácharas necias.

Este bosque no está en medio de ciudades
ni rodeado por factorías humeantes.

Este bosque,
mi bosque,
mágico y hermoso,
brutal y terrible,
solo existe aquí:
entre tú y yo,
en estos versos verdes,
en estos ojos soñadores,
en este instante
de bosques desvanecidos.