Prudencia

Prudencia, bendita prudencia. La miras observarte por la ventana, como si tú fueras capaz de reconocer su presencia. No. Te falta paciencia, lo sabes. Saber callar también es saber esperar. ¿Por qué decir algo hoy cuando puedes esperar una hora, un día, una semana? En una semana todo puede ser distinto. Tú puedes ya no ser tú, ni esa palabra, hoy en apariencia imprescindible, ser ya necesaria. Callar y esperar no son lo mismo, pero se parecen. Esperar también es esperanzar. Guardar la esperanza de que esa palabra no sea necesaria nunca más.

¿Has vivido ya la prudencia? ¿Has sido capaz de esperar? ¿Has tenido la fuerza para callar? ¿Has refrenado tu impulso de abrir la boca inoportunamente? Inténtalo y conocerás la diferencia. Acostúmbrate a hacerlo y cambiarás el curso de tu existencia. La palabra indiscreta te llevará al abismo. La prudencia es el camino estrecho, pero seguro, hacia la luz.

Prudencia

Prudencia, bendita prudencia. La miras observarte por la ventana, como si tú fueras capaz de reconocer su presencia. No. Te falta paciencia, lo sabes. Saber callar también es saber esperar. ¿Por qué decir algo hoy cuando puedes esperar una hora, un día, una semana? En una semana todo puede ser distinto. Tú puedes ya no ser tú, ni esa palabra, hoy en apariencia imprescindible, ser ya necesaria. Callar y esperar no son lo mismo, pero se parecen. Esperar también es esperanzar. Guardar la esperanza de que esa palabra no sea necesaria nunca más.

¿Has vivido ya la prudencia? ¿Has sido capaz de esperar? ¿Has tenido la fuerza para callar? ¿Has refrenado tu impulso de abrir la boca inoportunamente? Inténtalo y conocerás la diferencia. Acostúmbrate a hacerlo y cambiarás el curso de tu existencia. La palabra indiscreta te llevará al abismo. La prudencia es el camino estrecho, pero seguro, hacia la luz.

Voces inexplicables

Voces inexplicables zumban en mis oídos.
Raudales imparables corren por mis venas.
Se oyen las notas de un lejano laúd.
Me marcho a la tierra del sueño
a escuchar las voces susurrantes de los antiguos secretos.
Ven, noche, acógeme en tu seno.
Que bajo tu luna llena soplen y soplen los versos.
Los atrapo en el aire.
Los atrapo y los saboreo.
Los guardo en mis labios y con ellos te beso.

La pulsión de escribir

Es un deseo incontrolable, incontenible, monstruoso. A veces permanece dormido, como una bestia que acecha. La ponemos en la sombra, donde no escuchemos sus gruñidos, para tener algo de paz, algo de normalidad. Pero ahí está. Basta leer algo digno de haber deseado escribir con la propia pluma, para que la bestia salte de su escondite una vez más y nos asedie. Sin pensarlo demasiado, saltamos al vacío. Pluma y papel —o su equivalente— en las manos. No necesitamos más. Vamos perdiéndolo todo en la caída. Y cuanto más desnudos, más reales las palabras que vamos dejando atrás. Más dolorosas. Más punzantes. Más seductoras. Son esas, las más desgarradoras, las que tienen una oportunidad de ganar quién las lea. Irónica broma de la suerte: se necesita morir para acceder a los misterios de la vida; se necesita vivir para verter en palabras algo digno de leerse. ¿Quién quiere leer sobre la felicidad? Nadie. Quien ha alcanzado la plenitud ya puede prescindir de los libros. Bendita la vida que nos trajo hasta acá, que nos hizo dependientes de la voz, que nos obliga a usar la palabra. Esa misma vida nos llevará hasta donde deberemos estar.

La llamada interminable

En la mesa de al lado, una pareja come. Ya casi han engullido su almuerzo, pero entre ellos, desde hace rato, no se cruzan una sola palabra. No se me malentienda. No han estado en silencio tampoco. Ella mira la pared, su plato retirado desde hace rato. Él, en una lengua extraña, todavía habla —no, casi grita— al teléfono. El teléfono sonó apenas unos minutos después de ordenar. El almuerzo llegó, fue devorado, los platos recogidos y él todavía habla. ¿Para qué han salido a comer si no iban a conversar el uno con el otro? No se viene aquí únicamente para satisfacer una necesidad alimenticia. Se viene aquí para sentirse bien, para estar bien, para compartir y estar a gusto. Pero no pareciera ser ese el caso. Él habla tan fuerte, que yo misma no pude hacer ninguna llamada debido a la intensidad de su voz. Y ella… ni joven ni vieja, mira la pared haciéndose la misma pregunta que yo: ¿cuándo terminará de hablar? ¿Cuándo recordará que ella está aquí? ¿Cuándo tendrá, al menos por un momento, a su interlocutor?

Por fin ha finalizado la conversación telefónica. Y en lugar de hablar sobre ellos mismos, hablan ahora —en español— de la persona que estaba al otro lado de la línea. La conversación no dura ni un minuto completo, antes de que él se enganche en una llamada nueva y siga hablando. Y hablando. Y hablando.

¿Acaso no es más claro el mensaje? “No me interesas”, le dice a ella. “No quiero estar aquí contigo. Cualquier llamada es más importante que vos”. Hasta yo lo capto, y estoy en otra mesa, sin conocerlos, sin saber de dónde vienen, sin comprender una palabra de su lengua.

Cansada ya, de estar perdiendo el tiempo, ella toma la iniciativa y decide ir a pagar. Él sigue pegado al teléfono. Sigue hablando. Y hablando. Y hablando.

Guarda tus palabras

Guarda tus palabras. Guárdalas con celo. Tu silencio es tu mayor fuerza. Escucha y escucha genuinamente. No por cortesía fingida. En sus palabras, los demás se te revelan completos, tal y como son, en toda su gloria y maldad. Y en tus palabras, ellos te conocen a ti. Prefiere conocerlos antes de que te conozcan. No sabes, créeme, no lo sabes, quiénes son y qué pueden hacer contigo o con los regalos que les das. Aprende de mí. Aprende de ti. Recuérdame. Recuérdate. Jamás olvides la ruina que trajo no contener tu boca.

Guarda el silencio a toda costa. Tu vida y muchas vidas dependen de ello. Mis duras advertencias no son lo suficientemente duras. Comprende por qué hago esto.

Piensas en este preciso instante mil argumentos para refutarme. Recuerdas las injusticias cometidas por el silencio de los cobardes. Te remontas hasta esos momentos cuando, crees, hablar habría hecho toda la diferencia. Estás tan segura… No se te ha ocurrido pensar en las trampas diseñadas para forzarla a actuar de cierta manera, para hacerte abrir la boca, tentarte a liberar el poder mágico de tus palabras.
No eres como cualquier otra persona. No te mientas. Muchas vidas has luchado por tener el privilegio de pertenecer a la familia de los bardos. Recuerda ahora las lecciones de todas tus vidas anteriores y venideras. Recuerda a todos los maestros que en tu oído, justo antes de darte el beso de la sabiduría, susurraron: “¡silencio!”.

¿Por qué quieres aprender a contar historias?

—¿Por qué quieres aprender a contar historias?

—Porque me encanta escucharlas, escaparme con ellas, fugarme a países lejanos que me alejan de aquí, de esta miseria, de esta cotidiana tranquilidad.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para recibir la admiración de las multitudes, ganar el favor de los señores, ganar tantas monedas como pueda contener el más grande de los palacios.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para sacármelas de adentro, para que dejen de atravesarse en mi garganta, para que me dejen en paz.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para dejar un legado, vivir para siempre, deleitar a otros con mis propias creaciones.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para ayudar a otros. Nada hago bien sino la palabra. Que sirva para algo y contribuya, aun con una sola sonrisa, a aliviar el dolor en el mundo.

—Pero no tienes garantía. Nadie te asegura que tus cantos puedan cambiar ni un milímetro la dureza de la más suave de las rocas.

—Pero pueden conmover el corazón de un justo y eso me basta.

¿Qué es el futuro para ti?

¿Qué es el futuro para ti? Una ilusión tejida de realidad. Lo crees inminente, imparable, certero. Lo crees tan real como tu propio pasado, ese que solo existe en virtud del artificio de la memoria. Por eso tus esfuerzos por comprender el futuro seguirán siendo fútiles, mientras no comprendas la naturaleza del tiempo; mientras permanezcas obnubilada por la ilusión de la existencia del tiempo. En cuando experimentes la verdad, que el tiempo no existe, el futuro se revelará transparente ante tus ojos.

Gira la rueda una vez más

Callas. Escuchas el susurro de tus recuerdos idos. Solo quien calla puede captar las sutiles notas de los versos de la memoria. Tu memoria que es mi memoria. Mi canto que es tu canto. Sube hasta las esferas más altas, en donde los ruidos cotidianos se han acallado. Vibra y resuena con nuestro canto. Vibra y resuena con el susurro del silencio. Escucha las voces de quienes en ti han muerto. Escucha los sueños de quienes en ti viven. Escucha el canto, mi canto, nuestro canto. No son tus puntos de vista los nuestros. No son tus limitaciones las nuestras. No son tus temores los nuestros. Hemos vivido innumerables errores, pruebas, sacrificios, gozos, triunfos, deseos. Hemos ganado y perdido. Hemos ascendido y vuelto a caer. Hemos padecido y surgido otra vez. Somos el canto de los roídos huesos. Los huesos que una y otra vez has visto nacer. Hemos vivido en las sombras y hemos encendido la luz. Hemos despertado muchas veces y antes de nacer, todo lo hemos vuelto a olvidar. Pero nuestra memoria está ahí. Un hilo te une a nosotros, los muchos maestros que has sido, los muchos padres e hijos, los muchos guerreros y campesinos, los muchos vasallos y señores, los muchos mujeres y hombres. Todo lo hemos sido, una y otra vez, hasta aprender. Hasta no olvidar. Recuerda, recuerda nuestra voz, tu propia voz ancestral. Escucha, escucha nuestro canto; tu propio canto sepulcral. No sueltes el hilo de nuestra voz. Te guiamos hacia el futuro desde las lecciones aprendidas. No sueltes el hilo de nuestra voz; es la antorcha en la caverna oscura de este simulacro de realidad. Anda, marcha, camina. Si permaneces en silencio tendrás el privilegio de nuestra guía. Anda, marcha, camina, necesitamos que avances y alcances nuestro propósito para esta vida. Sigue nuestra voz, sigue nuestro canto, pero no hacia atrás. Gira la rueda hacia adelante, gira la rueda una vez más. Rota que te rota sin dejar de rotar. No has salido aun, no ha terminado la rueda de girar. Escucha la voz del silencio sin dejar de avanzar.

Dejarse arrastrar

¡Qué encanto misterioso
el dejarse arrastrar por las palabras
sin pensar en ellas,
sin calcularlas,
sin rebuscarlas en extensos vocabularios y glosas!

¡Qué dulce abandono
el de abrir la consciencia
y escuchar las palabras
descender por una espiral dorada,
a paso firme,
galopante,
hasta verterse en la hoja limpia,
blanca,
pura!

¡Qué reposo andar a la deriva
con el impulso de palabras susurradas
en el viento!

¡Qué solaz tiranía la de la inspiración divina,
la del verso genuino,
la del canto imperecedero!

Deja, cantor, de creerte poeta.
Deja, escriba, de pensarte cantor.
Toma el dictado divino y deja salir la poesía,
palabra por palabra,
a través de tus labios,
de tus ojos,
de tus oídos.

Que quien pueda entender entienda tu canto.
Que quien no esté listo para tus versos los pase por alto.