Brennos

—Tira las runas, vieja runemal. Hoy necesito escuchar la voz de los dioses.
La mujer lo miró, con una mano puesta sobre la bolsa en su cinto.
—¿Y si no es favorable tu destino? ¿Aún así quieres oírlo?
—¿Por qué preguntas si soy capaz de escuchar al oráculo? Conozco los acertijos de los sabios. Sé cómo aceptar los designios.
—¿Y si es tu muerte lo que veo esta vez?
—Todos los demás me auguran la victoria. ¿Por qué hablas de muerte?
Los ojos penetrantes de la vieja lo interpelaron una vez más.
—Ganarás la batalla, sí, pero a un terrible costo. Una maldición caerá sobre ti y los tuyos a menos que pagues un tributo de sangre. Quedarás condenado a volver para reparar el espantoso crimen que estás por cometer. Para tu ejército no hay salvación. Se dispersará por el mundo y los conquistadores se convertirán en vulgares mercenarios. Ese será tan solo el inicio del pago de tu deuda.
—¿Qué acto tan abominable cometeré para merecer tal castigo?
—Uno que todavía puedes detener, oh rey de los celtas, uno que tus hombres perpetrarán en tu nombre, bajo tus órdenes, guiados por su ambición y sometidos por su sed de conquista. En el momento mismo de tu triunfo, te has convertido en el esclavo de cuanto has luchado por obtener. No has conquistado nada, puesto que no podrás siquiera conquistarte a ti mismo. Querrás arrancarte los ojos, pero han de permanecer en sus órbitas para obligarte a ver. Querrás cortar tus manos, pero las conservarás para que ellas hundan la daga que crees le dará paz a tu corazón. Los milenios enterrarán tu nombre y lo cubrirán de olvido antes de que retornes a este mundo para restituir el daño de los días por venir. Has de saber, Brennos, que un rey guerrero no puede sobrevivir el sacrilegio del más sagrado oráculo de los antiguos.
Brennos guardó silencio. Con una mezcla de duda, rabia y temor, por fin habló:
—¿Cómo has visto esto en las runas, vieja, si ni siquiera las has sacado de su bolsa?
—Porque estás a punto de morir, puedes conocer uno de los secretos del runemal. Si vivieras, te tendría que matar yo misma para obligarte a callar. Solo a los débiles les hablan las runas a través de los huesos o las piedras. Solo los ignorantes, los pobres, los que necesitan una prueba externa del poder de los dioses requieren de tales ayudas. El verdadero oráculo no se rige por el azar; las verdaderas runas no son de piedra. Puedo verlas, me susurran. Pueden hasta gritar y ningún mortal las escucharía, solo yo puedo.
La vieja hizo una pausa. Tras pensarlo un poco, prosiguió:
—Aquí hay algo más para saciar tu curiosidad y esta, escúchalo bien, es la causa de tu caída: no hay ninguna diferencia entre la vieja pitionisa y yo. Ambas servimos al antiguo poder. Si la tocas a ella, la venganza que caerá sobre ti, celta, no es la de los helenos. Es mucho más arcaica y temible. Si tocas Delfos, te vuelves contra el poder que te ha traído hasta aquí.
—¿No puedes acaso invocar una runa de protección para mí?
—No hay runa que pueda ser invocada en tu favor para impedir lo que ha de suceder. Vendrá el tiempo en que te ganes de nuevo su favor, pero ahora solo pueden lanzarte hacia el designio que tanto has anhelado y que acarrea tu destrucción.
—No me amenaces, vieja, que todavía te puedo destruir.
—Celta ignorante. ¿Crees acaso que mi gente ha nacido ayer y que el único propósito de nuestra existencia es servirte? ¿No entiendes todavía que hemos guardado nuestros secretos desde mucho antes de que tu pueblo aprendiera la forja de las armas y saliera de las márgenes del río junto al que creciste? ¿No entiendes que nos llaman por muchos nombres y usamos ropas distintas, pero somos los mismos? Seguiremos aquí cuando tu pueblo ya no exista y tus descendientes guarden apenas una vaga memoria nuestra. Seremos mitificados en la bruma del olvido y nadie sabrá quiénes fueron en verdad los sabios de los árboles. Abrazarán nuestro nombre y evocarán en sus sueños nuestros poderes, creyéndonos sus ancestros. No conocerán el odio que en el fondo sientes por nosotros, ni el castigo que tus actos te provocan esta noche, a ti y tu pueblo.
La vieja se levantó en un ágil movimiento que disimulaba su edad. Arrastró a Brennos afuera de su tienda y le mostró a sus hombres. En la colina, todavía Delfos se erguía intacto. Los soldados celtas se preparaban para la batalla. Algunos afilaban sus armas, otros reían y cantaban, por si mañana morían.
—Mira a tus hombres, Brennos, ¡míralos! ¿Puedes ver ya sus sacrílegas manos forjando tu destino? Mira y recuerda cuando veas morir a quienes más amas y te rehúses a seguir soportando tu existencia. ¡Míralos! ¿Los crees inocentes y sujetos a tus deseos? Cuando intentes detenerlos, será demasiado tarde. Cometerán actos viles y creerán llevarse riquezas superiores a sus mayores fantasías. El oro será su perdición. Con la misma violencia que lo ganen lo perderán. ¿Aún quieres ir a la última batalla? ¿No estás satisfecho con ser el conquistador de Etruria y Roma? Vete ahora y perderás el mundo, pero ganarás tu vida. Quédate y acepta el castigo que vendrá.
Brennos miró Delfos una vez más. Dio la vuelta, pero antes de marcharse, musitó:
—Sea, pues.

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