La pulsión de escribir

Es un deseo incontrolable, incontenible, monstruoso. A veces permanece dormido, como una bestia que acecha. La ponemos en la sombra, donde no escuchemos sus gruñidos, para tener algo de paz, algo de normalidad. Pero ahí está. Basta leer algo digno de haber deseado escribir con la propia pluma, para que la bestia salte de su escondite una vez más y nos asedie. Sin pensarlo demasiado, saltamos al vacío. Pluma y papel —o su equivalente— en las manos. No necesitamos más. Vamos perdiéndolo todo en la caída. Y cuanto más desnudos, más reales las palabras que vamos dejando atrás. Más dolorosas. Más punzantes. Más seductoras. Son esas, las más desgarradoras, las que tienen una oportunidad de ganar quién las lea. Irónica broma de la suerte: se necesita morir para acceder a los misterios de la vida; se necesita vivir para verter en palabras algo digno de leerse. ¿Quién quiere leer sobre la felicidad? Nadie. Quien ha alcanzado la plenitud ya puede prescindir de los libros. Bendita la vida que nos trajo hasta acá, que nos hizo dependientes de la voz, que nos obliga a usar la palabra. Esa misma vida nos llevará hasta donde deberemos estar.

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