Hasta la piedra se convierte en polvo

—¿Cuánto de lo que hoy hacemos recordaré en un año, en diez, en cien?
—Muy poco. Tal vez la huella de este momento. Tal vez algunas de las sensaciones. Tal vez un aroma inadvertido. Pero los detalles… los detalles se borran, los rostros se gastan, las voces desaparecen. Quien llegues a ser reemplazará a esta que eres ahora. Y la que eres ahora, la que tan segura te crees ser, la que con tanta firmeza cree estar haciendo lo correcto en este instante, se habrá desvanecido. Y la futura yo no sabrá con precisión por qué tomaste esta o aquella decisión. Será como ver a alguien más, a alguien que eras tú y no eras tú.
—Entonces hagamos un esfuerzo supremo por recordar lo que de este momento podamos recordar. No miento cuando te digo que esto me gustaría dejarlo grabado en piedra.
—Y no miento cuando te digo que hasta la piedra, tarde o temprano, se convierte en polvo.

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Escucha el susurro de los árboles

Escucha el susurro de los árboles.

No puedes oírlo confinada en las paredes de cemento, sobre los caminos de asfalto y desde tu torre de cristal.

Escucha el llamado de los árboles.

Aun cuando no puedes verlos, los sientes: sus raíces te tocan las plantas de los pies; su savia se te mete en las venas como si siempre hubiese estado ahí.

Escucha el clamor de los árboles.

Aun cuando no los talas tú misma, sientes el dolor de los cientos de miles de troncos que en este momento sucumben en todo el orbe. Escuchas el estruendo que cae sobre la selva. Distingues el grito de piedad que emite el árbol en su última caída. Los ilusos lo confunden con el mero sonido de la madera. Es en realidad el último aliento del coloso en el momento de sucumbir.

Escucha el canto de los árboles.

Bosque adentro, adonde muy pocos son admitidos, un coro de árboles danza y canta, canta y danza, a la espera de las edades del tiempo, mientras los mortales siguen su vida y sueñan con descubrir los secretos de la inmortalidad.

En el claro del bosque

En el claro del bosque veo la luz del sol.
En el claro del bosque veo la luz de las estrellas.
Cuento los días y las estaciones.
Cribo los granos de la molienda.
Escucho las palabras del pasado.
Susurro los cantos del futuro.
Tallo y esculpo los signos de los dioses.

Los sabios de los árboles

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En todas las culturas, en todas las épocas, los sabios de los árboles son quienes han conocido el secreto. Han cambiado de nombre, de un pueblo a otro. Han reconocido a los dioses en muchas de sus formas: a veces como un roble, otras como un fresno, unas más como un tejo. Baianos, baobabs, robles, ceibas… Algunos árboles son más favorecidos que otros, pero en todos habita alguna de las vidas del mundo espiritual. Y de estas vidas, algunas son pequeñas y otras colosales.

Los sabios de la antigüedad sabían cómo hablar con estas vidas colosales. Las pálidas sombras de las historias de antaño solo conservan palabras crípticas, como “dioses”, para referirse a estas entidades antiguas que se han sacrificado por la humanidad.

Si lees la leyenda una y otra vez, en un pueblo y en otro, verás siempre algunos rasgos comunes que apuntan hacia la verdad oculta y conservada solamente por los antiguos sabios. Estas entidades mayores, estos señores del tiempo y de la vida, se han ofrecido a sí mismos para crear en la tierra puentes de contacto entre el reino divino y el humano. Han sacrificado su propio camino evolutivo por compasión y amor. Y así han elegido permanecer tanto tiempo como les sea posible.

Los árboles son las criaturas más grandes y longevas que han conocido los humanos.

Ahí donde un árbol colosal se levanta, la vida crece y se multiplica. La vida bulle. La vida vive.

¿Quieres ser uno de los nuestros? ¿Quieres pertenecer a la antigua orden de los sabios de los árboles? Entonces deberás aprender a ver con ojos no humanos, a oír con oídos divinos, a sentir como sienten los espíritus y los dioses. Has de ver más allá del velo de lo que llamas realidad para percibir al señor en cada árbol, rama, raíz y planta del planeta.

El árbol es el espíritu y el sabio su voz. Por eso has de aprender a callar y escuchar, pero también a hablar y enunciar. Escucha el susurro de los árboles para que puedas emitir su canto. El oráculo ha hablado.

Fotografía: Jacqueline Murillo Fernández, 2010, Monteverde, Costa Rica.

Los árboles

El árbol es el primer lugar habitado por la humanidad. Es el lugar en donde los seres humanos más primitivos, los primates primigenios, nuestros hermanos más remotos, tomaron consciencia de sí mismos, descubrieron su otredad y articularon sus primeros sonidos. Los árboles son el lugar en donde los humanos abandonaron para siempre la inconsciencia de los animales, la inocencia de no saber quiénes eran, de no conocer su desnudez. Las copas de los árboles fueron el primer paraíso, la zona segura de vida y protección, el lugar en donde la vida es saltar de una rama a otra y huir de la muerte que yace en el suelo, en el reino de las sombras, en el lugar en donde habitan el tigre, la serpiente y el cocodrilo. Los árboles fueron el refugio compasivo y seguro en donde se puede vivir sin conocer el mundo, sin la ciencia, sin saber que puede existir algo más que los árboles. Abajo, las sombras; arriba, en la copa, la luz, los seres del aire, las nubes, la cálida y brillante emanación que llega desde el cielo como la más grata y cálida bendición. De los cielos también las aguas y los rayos, brutales en su golpe a la tierra. Pero antes del fuego, mucho antes del fuego y de la herramienta, antes de la palabra articulada, antes del caminar erguido… antes de todo esto, estuvieron los árboles.

La tierra de en medio, Midgard, la zona de la copa del árbol era el lugar seguro, entre el lugar de la muerte, la tierra negra y sombría, tenebrosa y cubierta de engañosas hojas y plantas que ocultan los más temibles peligros, las fauces de animales hambrientos y el silencioso silbido de las bestias rastreras y los insectos mortales.

Los árboles estaban por encima de todo y lo proporcionaban todo: frutos jugosos y nutritivos, sombras, columpios, lugares de reposo y de encuentro. Zona para jugar y descansar. Los árboles: primer paraíso de los seres humanos antes de saberse, sentirse, conocerse seres humanos.
Árboles, los más antiguos compañeros, guías y guardianes de los humanos.

Se ha hecho el silencio

Se ha hecho el silencio y no te has dado cuenta. Ya no caen las gotas de lluvia en las latas henchidas de agua. Ya no descienden los chorros por los bajantes de agua. Nadie ha despertado aún y el silencio es total. Escuchas tu respiración. Ningún otro sonido atrae tu consciencia. El ruido ha terminado y no te has dado cuenta. ¿Por qué? Lo habías hecho a un lado. Lo estabas ignorando. Cuando tu atención lo soltó por fin, cuando dejaste de emitir juicios sobre el ruido, simplemente desapareció. Dejó de alimentarse de ti. No podía sino detenerse.

El ruido lo creas tú. Puedes estar en silencio en medio del barullo externo más brutal. Puedes hacer ruido en medio del silencio externo más perfecto. El ruido lo creas tú. Suéltalo y encontrarás la paz. Recuerda este instante de silencio para cuando te sientas desfallecer por el esfuerzo de alejar el barullo.

Una vela encendida

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Una vela encendida, en perfecta quietud. No se parece su llama a la sonora voluptuosidad de una fogata, rebosante en chispas y llamaradas, cantarina y trémula entre estertores la madera seca y bocanadas de humeantes jirones en el aire.

No. La vela está inmóvil porque a su alrededor todo es calma. Ni una sola corriente de aire perturba su cuerpo de luz, translúcido y vibrante, como si fuese un punto fijo en el espacio, un instante de eternidad.

La vela te muestra el camino. Calma las corrientes de tu mente y sostendrás la llama de la consciencia.

Imagen tomada de Wikimedia Commons.

¿Quién es el bardo?

—¿Quién es el bardo? ¿Quién es el poeta? ¿Acaso no lo sabes?

—No me digas que es el creador, el omnipotente, el omnipresente. Me resisto a creer que el poeta tenga tanto poder.

—Desde los tiempos antiguos, el verdadero bardo ha sido el cantor que teje las vidas de los humanos, las vidas pasadas, presentes y futuras. Las descubre, las sigue, las cuenta, las crea con sus palabras y las recrea cada vez que las canta. El poeta es el señor de la historia, de las ideas, de la filosofía… El poeta canta y emite con su canto la Vida, perpetúa la Vida, sostiene la Vida. Abre la puerta al pasado y deja ver quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes podremos ser. Mira hacia el futuro y por eso le creen adivino. ¡Qué ilusa manera de comprender lo que realmente hace el poeta! No adivina, sabe. ¿Cuántas personas han nacido, muerto, agonizado y revivido en este preciso momento? Aquel de todos los poetas que ha abierto su consciencia al saber total lo sabe, lo sufre, lo tolera únicamente por el amor que le tiene a la humanidad.

¿Crees que ser un poeta es un privilegio, una razón para obtener favores, recibir dádivas, rodearse de gente poderosa y escuchar, por doquier, halagos y elogios? Te equivocas. Ser poeta no es recibir laudes ni aplausos, no es vivir entre sedas y lujos, no es ser superior a los demás seres humanos. Ser poeta es amar con un amor tan infinito, tan grande, tan imposible, que se confunde con el dolor. Te duele el dolor, te duele la vida, te duele la muerte… Te duele ver a los humanos distraídos en la ilusión de la muerte. El poeta ha muerto y renacido, ha conocido el universo completo y ha entrado en el sueño antes de volver a la vida. El poeta ha conocido el inframundo y, al salir, se ha traído la Vida consigo.

Que el que quiera ser Poeta sepa de antemano el dolor de la Poesía. No elijas este oficio por las razones equivocadas. Llevarás un peso superior a tus fuerzas y serás responsable por cada una de tus palabras. Cree en ellas, vitalízalas con tu propio hálito, déjalas salir en tu inmenso dolor por el mundo, en tu inmenso amor por el mundo. Pero recuerda: tus palabras también pueden convertirse en dolor, en destrucción, en ruina. Jamás digas palabra vana, jamás invoques la tormenta sin saber primero si esa es la voluntad de la Vida.

Maestro, te he encontrado

—Maestro, te he encontrado por fin.

—¿Cómo sabes que soy tu maestro?

—Me lo han dicho los árboles, los oráculos, las viejas y los pájaros. Todos apuntan hacia ti. Todos me dicen “ese es”.

—¿Qué te han dicho exactamente?

—En el corazón del bosque, en el lugar de donde nace la luz, ahí, en la copa del árbol que conecta los mundos, habita el maestro que buscas.

—Te equivocas. No soy yo.

—Pero este es el corazón del bosque y este árbol… este árbol gigantesco, con sus raíces profundas y su copa grandísima, este no puede ser otro que el árbol que conecta los mundos.

—No soy el que buscas, niña. Vete.

—Pero maestro, vengo hasta aquí para tocar la puerta, recibir enseñanza y aprender los misterios antiguos de los conocedores de los árboles. ¿No puedes acaso enseñarme eso?

—Enseñar puedo. Y sin duda en mis palabras encontrarás vestigios y pistas sobre los misterios de los árboles. Pero no soy tu maestro.

—¿Quién eres entonces?

—Uno que, al igual que tú, ha llegado hasta el centro del bosque en donde habita el árbol más alto con la esperanza de encontrar a mi maestro.

—¿Y lo encontraste?

—¡Oh, sí!

—¿Dónde está? ¿Ha muerto ya?

—No. Vive.

—Dime, anciano, ¿quién es tu maestro?

—Lo estás mirando.

—Entonces eres tú, quien habita en la copa del árbol que conecta los mundos.

—Habito en la copa y en las raíces. Habito en el tronco y en la savia.

—Sé mi maestro, te lo pido.

—Ya te dije que te puedo impartir enseñanza, pero no soy tu maestro.

¿Cuál vergüenza es mayor?

—El descubrimiento de las esferas es una de nuestras mayores vergüenzas.

—Y de sus más grandes tesoros.

—¿Cómo es posible que las encuentren y, en lugar de preservarlas, las remuevan sin pensar y se las repartan como basura?

—¿Qué esperabas que hicieran?

—¡Por Dios! Que ya habían descubierto hacía un siglo las ruinas mayas, ya Occidente había hecho el ridículo de dispararle a la Esfinge y ya se estaban excavando sitios arqueológicos de valor en India y la antigua Mesopotamia. ¿No te parece que para la década de los cuarenta ya era hora de tenerle un poquito de respeto al pasado?

—Es la misma época en que hacen brutalidades en las pirámides para robarse las riquezas de las tumbas de los faraones. ¿No has oído hablar sobre la maldición de Tutankamón?

—Sí.

—¿Recuerdas el año?

—No, pero me lo vas a decir.

—1922.

—Casi veinte años antes.

—Muy pocos para que la humanidad aprenda algo de valor, ¿no te parece?

—¿Tan brutos somos?

—Tan brutos somos que mientras aquí estaban removiendo piedras para plantar bananos, Hitler invadía Polonia y comenzaba la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuál vergüenza te parece mayor? ¿Sembrar banano o tratar de exterminar a una nación?

Ambos se callaron.

(Nota: este extracto forma parte de mi cuota de hoy para CampNaNoWriMo. Se publica crudo, como salió de mi teclado).