Maestro, te he encontrado

—Maestro, te he encontrado por fin.

—¿Cómo sabes que soy tu maestro?

—Me lo han dicho los árboles, los oráculos, las viejas y los pájaros. Todos apuntan hacia ti. Todos me dicen “ese es”.

—¿Qué te han dicho exactamente?

—En el corazón del bosque, en el lugar de donde nace la luz, ahí, en la copa del árbol que conecta los mundos, habita el maestro que buscas.

—Te equivocas. No soy yo.

—Pero este es el corazón del bosque y este árbol… este árbol gigantesco, con sus raíces profundas y su copa grandísima, este no puede ser otro que el árbol que conecta los mundos.

—No soy el que buscas, niña. Vete.

—Pero maestro, vengo hasta aquí para tocar la puerta, recibir enseñanza y aprender los misterios antiguos de los conocedores de los árboles. ¿No puedes acaso enseñarme eso?

—Enseñar puedo. Y sin duda en mis palabras encontrarás vestigios y pistas sobre los misterios de los árboles. Pero no soy tu maestro.

—¿Quién eres entonces?

—Uno que, al igual que tú, ha llegado hasta el centro del bosque en donde habita el árbol más alto con la esperanza de encontrar a mi maestro.

—¿Y lo encontraste?

—¡Oh, sí!

—¿Dónde está? ¿Ha muerto ya?

—No. Vive.

—Dime, anciano, ¿quién es tu maestro?

—Lo estás mirando.

—Entonces eres tú, quien habita en la copa del árbol que conecta los mundos.

—Habito en la copa y en las raíces. Habito en el tronco y en la savia.

—Sé mi maestro, te lo pido.

—Ya te dije que te puedo impartir enseñanza, pero no soy tu maestro.

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