Los milagros

Los milagros. ¿Qué son los milagros? ¿Acaso retar la realidad más contundente? ¿Desafiar las leyes de la física o la medicina? ¿Una venturosa casualidad? ¿El soplo de las alas de una mariposa? Los milagros. Esos tan ansiados, soñados, deseados y solicitados milagros en las lágrimas de los devotos, en las rodillas de los penitentes, en los pies hinchados de los romeros, en los bastones de los peregrinos. Los milagros cuando se piden con auténtica fe dejan de ser teatro, dejan de ser esperanza, dejan de ser sueño… Se acumulan y convierten en energía pura dirigida con un objetivo único y bien definido. El milagro siempre es derivado de una enunciación, de una correcta enunciación. El orante pide y la Señora escucha. La lágrima se suelta y alimenta la petición. El objeto, la ofrenda, es una instrucción clara y precisa de aquello solicitado. La gratitud es una obligación, una vez recibido el milagro. Estas reglas básicas las saben los romeros de todas las épocas; incluso aquellos cuyo destino no es Roma sino Guadalupe, Fátima, Lourdes o el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. Con el monumental esfuerzo de caminar, de enfocarse, de ir, se pide el milagro. Con el mismo esfuerzo en forma de ofrenda, se dan las gracias. La Señora, compasiva, responde a quienes abren y traen un corazón sincero. La Señora jamás cierra sus oídos. Sus miles de ayudantes, con amor y compasión, escuchan los ruegos y se preparan para ayudar a realizarlos.
¿Y yo, qué pido? ¿Y vos, qué pedís?