La Independencia de Costa Rica

wpid-bandera2peq-2012-09-15-01-391.jpg

Como rincón más alejado de cualquiera de las grandes capitales coloniales, fuimos los últimos en recibir la noticia de la Independencia. Menudo embrollo les cayó a los pobres gobernantes que, según puedo imaginar, más parecían vecinos entretenidos en reunirse a redactar actas y dibujar pasquines. Costa Rica fue el único caso de independencia en donde esta parecía más un problema que un logro. El temor al cambio y al engorroso proceso de crear constituciones, leyes, organismos de gobierno, ministerios, asambleas legislativas y demás vicios de la democracia fue tal que la primera intención fue la de escribir sin demora al Rey de España solicitando su incondicional protección y reafirmando la condición de vasallaje. ¿Quién iba a pensarlo? La libertad era no un sueño, sino una pesadilla. De hecho, el país tardó unos 80 años en salir del trance. Poco a poco se fue escribiendo todo lo necesario para compararse con los ideales de nación de la época: Francia e Inglaterra. No fue posible inventar una historia medieval, pero se intentó erradicar el «vergonzoso» pasado indígena. Se diseñaron una bandera y un escudo de armas. Se impuso una marcha como himno nacional. Se le dio un uniforme digno al ejército. Y, finalmente, hasta se logró tener una gesta heroica; fue la salvación de una nación pequeña sin pasado glorioso: por fin se podía hasta añadir una guerra digna a los volúmenes de la historia patria. Incluso los tipógrafos de la época pudieron valorar la oportunidad de este acontecimiento: a cuatro meses de la «Campaña Nacional» ya estaba a la venta una antología de poesías y canciones compuestas en ese momento.

Pero en un país de contrastes como este, en donde la libertad triunfa por insistencia o por error, todavía hay quienes lamentan la vergonzosa derrota de William Walker y piensan que Costa Rica podría estar mejor si hubiera aceptado la propuesta de pertenecer a la Federación Norteamericana. [¿O no fue quemado el mesón de Santa Rosa? ¿Fue por venganza? ¿O… por castigo histórico?]. Al menos eventualmente pueden escucharse comentarios así, al estilo tico: en el bus o en el bar, nunca en los periódicos o en las curules. No a viva voz, pero tal vez como un deseo oculto, no resuelto. Tal vez por eso se aprobó el TLC con Estados Unidos, como una nostalgia tardía. Tal vez por eso se ha aceptado la presencia de naves militares en territorio tico, bajo la excusa de la guerra contra el narcotráfico. Quizás, y no lo sabremos nunca por completo, los anexionistas siguen existiendo en nuestras filas y hay filibusteros infiltrados en el Gobierno. Filibusteros a sueldo del gran capital y preocupados por sus fortunas personales y los favores recibidos. Para ellos no hay patria, solo un bien negociable y a la venta al mejor postor.

Costa Rica (des)dibujada (2012). Fragmento de la próxima edición revisada y ampliada [en preparación]. Esta obra fue ganadora del premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en el año 2001.
Fotografía: Rotonda de la Bandera, Mercedes de Montes de Oca, San José Costa Rica. Jacqueline Murillo, 2010.

El origen de tu enfermedad

No comprendes los síntomas de tu cuerpo. Todavía piensas que un dolor de cabeza, un ardor de garganta, un dolor en el pecho son el producto de alguna patología cotidiana, explicable solo por la interacción entre tus huesos, músculos y venas. Crees en la ciencia médica y en lo que te ha dicho. Nada hay en el ser humano fuera del cuerpo físico visible, tangible, palpable.

Por eso no comprendes el origen real de tu enfermedad. Por eso buscas y buscas en tus recuerdos la corriente de aire que te dio una gripe más fuerte de lo común y el estornudo ajeno que trajo hasta ti un virus violento, capaz de anidarse en tu laringe, inflamarla y hacerla callar bajo un ardor indecible. Literalmente indecible, sin tu voz.
Los médicos, igual que tú, tantean y tantean tu historia personal, te interrogan sobre lo que hiciste, bebiste o gritaste. Te analizan la sangre y buscan los indicios de alguna de las muchas enfermedades identificadas, clasificadas y organizadas en su corpus de saber.

Su ciencia no deja nada en claro. Te miran perplejos tras su inmenso esfuerzo por no parecer desconcertados. Guardan un gesto grave, disimulan su ignorancia y te cambian la receta.

—Probemos esto.

Y te vas a la farmacia con una inyección nueva, una pastilla nueva, un ungüento nuevo… Ninguno, ni uno solo, te hace efecto.

No conocen –no pueden conocer– la causa real de tu afección. No busques más en la ciencia externa, una ciencia en pañales, en pleno estado incipiente de desarrollo. Avanza ahora hacia la ciencia oculta y aprende nuevas premisas para comprender la naturaleza. Conocerás el mundo de las causas. Solo entonces tu enfermedad –y su cura– serán transparentes para ti.