¿Será que soy poeta?

—Maestro, ¿será que soy poeta? No logro, no puedo, no consigo escribir ficción. Trato de narrar una historia, unos personajes, unas vidas, y solo capto versos. Hermosos y tristes, pero inconexos, poéticos, simbólicos versos.

—¿Y por qué sufres? ¿Por qué te quejas? ¿Ves a esa barahúnda de poetastros que me acosan con sus versos tristes y sus noches blancas, con la esperanza de que los acoja bajo mi ala y les enseñe los misterios de los bardos? Sueñan con cantarle a la diosa, deliran por escribir uno, al menos un solo verso verdadero, un verso inspirado, un auténtico canto a la Vida y a la Muerte. Sueñan con ser poetas y hasta, en su delirio, se dicen poetas sin serlo. Y tú, ¿por qué sufres de tener lo que otros tanto anhelan?

—Porque lo que soy no es lo que yo quería ser, lo que creía ser.

—Conócete a ti misma y comprenderás la vanidad de la ilusión. Déjate llevar por tu pulsión interior y exprésate sin ambages ni remordimientos. Sigue tu pluma, dale rienda suelta a tu poesía, desátala contra la mar bravía y déjala que se apodere de ti. Danza en su frenesí, llora en su tormenta, deambula en su errante camino de palabra poética. Deja atrás tus miedos. Tumba tus estructuras. Libera al poeta que hay en ti.

—¿Y si me pierdo en el éxtasis de la poesía?

—¿Y qué si lo haces?

—¿No perderé acaso la cordura, el aprecio por esta vida mundana, las habilidades básicas que me permiten sobrevivir en este mundo de varones?

—¿Y qué si lo haces?

—Dejaré de ser quien soy, me perderé a mí misma, no podré reconocer mi propio reflejo.

—¿Quién eres? ¿El reflejo o la consciencia inmutable que lo emite?

—Solo sé que no soy el reflejo.

—¿Lo arriesgarías todo por el reflejo o es el que se refleja quien importa?

—El que se refleja.

—Entonces ve y averigua quién eres, sin confundirte con tu reflejo. Y cuando lo sepas, libera al poeta que llevas dentro. Lo demás vendrá por su propio peso.