Días ha que no escucho tu voz

—Maestro, días ha que no escucho tu voz, que no sigo tus palabras, que no escucho tus pasos.
—Eres tú, hija, la que ha estado lejos. Necesitabas descanso y lo tomaste. Necesitabas reposo y lo tuviste.
—¿Estás acaso enojado conmigo, Maestro, por mis largos días de ausencia?
—¿Cómo podría estarlo, si el descanso es una de las necesarias facetas de la vida? No podrías alcanzar nada si tu cuerpo fallase por falta de vitalidad o de salud. Es tu deber cuidar de él y hacer que esté en pleno funcionamiento cuando se te llame a la acción.
—Gracias, Maestro. Estoy ya de vuelta y quiero seguir mi camino a tu lado, pero me cuesta escuchar todavía la voz que me dicta los versos.
—¿Has procurado guardar silencio?
—No, Maestro. Por el contrario, me he abandonado al ruido del mundo, al ruido interno, al ruido desde todos lados.
—¿Cómo aspiras entonces a escuchar la voz interior?
—¿No vendrá a mí sin más, con solo desearlo?
—La voz, lo sabes, siempre está ahí, pero sin silencio te será imposible escucharla.
—Pero yo pensé que ya por haberla alcanzado alguna vez…
—¿…que sería igualmente fácil de alcanzar siempre? No, hija, no es así. Deberás siempre hacer el esfuerzo si deseas acallarte lo suficiente para escuchar la voz del silencio.
—¿Y cómo hacer ahora? ¿Corro acaso el riesgo de no volver a escuchar ningún sonido, ninguna historia, ningún verso? Desde que te he venido a buscar, no he escuchado nada. Hay vacío en donde una voz armoniosa debería susurrar la más bella poesía jamás escuchada por mis oídos.
—No trates de forzarla. No será por obligación o persistencia que la voz decida alcanzarte. Deberás aspirarla otra vez, ofrecer tus servicios, volverte a convertir en su escriba.
—Pero Maestro, apenas he escrito cuatro líneas y ya siento un cansancio sobrenatural, una sensación de incapacidad para seguir escribiendo, una pesadez incombatible.
—Ten paciencia. Volver a escribir tras un largo periodo de letargo es similar a volver a caminar tras yacer mucho tiempo en una cama. Los músculos han olvidado cómo moverse. Los huesos han olvidado cómo sostener su peso. Paciente, sin prisa, avanza un verso a la vez, un poema a la vez. Pronto, sin que te des cuenta, estarás escribiendo galeradas de nuevo. Ahora ve y comienza en calma, por algo sencillo, por algo pequeño. Procura escuchar una sola palabra. Todo lo demás vendrá después.

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