¿Qué ve quien puede ver?

—Maestro, ¿qué ve quien puede ver?
—¿Qué ves en este momento.
—Veo la luz que reflejan los objetos, veo las sombras que proyectan, veo formas y colores, veo brillos y destellos, veo o adivino la realidad.
—Pues quien ve reconoce lo real detrás de la realidad, lo tangible detrás del reflejo, la luz que emiten los objetos no solo la que rebota sobre ellos. Quien ve reconoce. Quien reconoce recuerda. Quien recuerda sabe.
—Maestro, he dependido de artefactos para ver desde que tengo memoria. Imperfectos, distorsionadores de la realidad, con tonos correctivos y reflejos por todos lados, pero eran mi seguridad, mi comfort, mi apoyo. Eran mi muleta para ver el mundo. Ahora que no los tengo, siento pánico. Siento que no podré ver sin ellos. Siento que me he quedado ciega.
—Ciega estabas antes que necesitabas tus muletas, tus ayudas, tus anteojos. Ahora la visión que tienes es tuya, el velo que ves es temporal, y la imperfección de tu visión es ilusoria. No compares el mundo con la visión que tenías desde tus anteojos. No temas más.
—No puedo ver bien a la distancia ni a la cercanía. No veo el detalle ni lo pequeño. Tampoco puedo ver con claridad todo el panorama.
—Estás acostumbrada a una visión parcial, teñida, modificada. Acostúmbrate a tu nueva visión y abandona el miedo. El miedo de no ver te impide reconocer lo que ves.
—¿Cómo se siente ver de verdad, maestro?
—Duele.
—¿Por qué me cuesta tanto verte, maestro?
—Porque me confundes con lo irreal; y crees real lo ilusorio. Y les has dado a tus ojos al orden de ver lo ilusorio y declararlo real.
—¿Cómo te reconoceré cuando te vea? ¿Cómo sabré que por fin te estoy viendo?
—Porque ya no tendrás que hacerme esa pregunta.

Sigues sin encontrarla

[Poema XII de La magia del silencio]

Sigues sin encontrarla.
No puedes verla.
Ves la historia de todos los demás.
Sabes de inmediato
cuál va a ser el desenlace.
Pero la tuya, tu propia historia,
se te esconde como un velo.
Ni siquiera conoces a tus personajes.
Crees conocerlos,
pero la idea
que te has forjado de ellos
es superficial y errónea.
Los odias o los amas.

No.
Te mientes.

Mantienes con tus personajes
la misma distancia
que interpones en la vida real,
con los otros.

Por eso no puedes sentir a tus personajes,
no puedes escucharlos,
no puedes sencillamente observarlos.

¿Por qué no los observas,
sin juzgarlos,
nada más averiguando quiénes son,
cómo son,
qué hacen,
qué esperan de la vida?

Tienes miedo de los rumbos
a los que la observación llana puede llevarte.
Temes lo que esta historia
es capaz de revelar de ti.
Por eso huyes.
Sigues huyendo.
Me temes.
No quieres leerme.
Más, todavía:
no quieres escribirme.

Tienes mi propio temor:
el de repetir,
el de volver a experimentar,
uno a uno,
los mismos fracasos,
los mismos errores.
Los mismos desgraciados
momentos de autoengaño
cuando te creíste en la cima
y solo estabas en el preludio
de precipitarte al vacío.

¿Qué miedo te detiene?
¿Tus propios pecados?
No sabes lo que es pecar,
no lo sabes todavía.
Te sientes sumida
en la inmediatez de tu entorno,
pero tu visión
tiene muy poco alcance.

Remóntate.
Elévate.
Mira desde lo alto.

El camino que se te esconde bajo los pies
se revela cuando dejas de mirar las piedras
y eres capaz de distinguir su trazado.

Elévate.
Remóntate.
Salte de ti misma.

Deja atrás tu pequeña y miserable
esquina de confianza.
Tu historia no te encontrará
mientras sigas apegada
a tus paranoias personales.
Te juzgas y,
solo por eso,
lo que más temes en el mundo
es ser juzgada.
Y te sientes juzgada a cada paso.
Aquello que das
recibes.
Y sabes muy bien lo que has dado.
Y ahora,
si puedes verlo,
lo sientes y lo lloras,
porque lo ves devuelto en tu cara,
como todo en la vida:
todo regresará siempre
al lugar de donde partió.

¿Todavía sigues sin comprender tu historia?
Desengáñate.
La historia eres tú.

Los ojos me arden

—Los ojos me arden, Maestro.
—¿Los has cerrado, para hacerlos descansar de la luz cotidiana?
—Sí, Maestro?
—¿Los has lubricado?
—Sí, maestro.
—¿Has posado tus palmas calientes para ayudarles a relajarse y transmitirles salud?
—Sí, Maestro.
—¿Entonces por qué te arden?
—Porque estoy viendo. Porque voy corriendo, uno a uno, mis velos. Porque la luz está penetrando en ellos. Quieren que los cierre. Quieren que los devuelva a la comodidad de no ver con claridad el mundo.
—¿Por qué?
—El mundo les duele, maestro. Antes no podía ver los detalles, no veía las arrugas, no veía las suciedades, no veía con nitidez las apariencias. Cualquier cuenta podía brillar como oro; cualquier rostro se veía joven ante mis ojos desenfocados.
—¿Y ahora?
—Ahora lo puedo ver todo, Maestro. La luz que entra desde fuera arde, como un fuego. Mis ojos solamente quieren cerrarse, quedarse en la reconfortante oscuridad de los párpados caídos.
—Pero así no pueden ver.
—Exacto, maestro, así no pueden ver. Así pueden regresar a la inconsciencia.
—¿Y es eso lo que tú quieres?
—No, Maestro. Les he ordenado que se abran. Los he amenazado con cortar mis párpados, si se siguen rehusando.
—La luz se recibe voluntariamente, no con imposiciones y órdenes vacías. Llena tus ojos de amor y disipa su miedo a desaparecer fulminados por la luz. Amorosamente, invítalos a ver.