Los ojos me arden

—Los ojos me arden, Maestro.
—¿Los has cerrado, para hacerlos descansar de la luz cotidiana?
—Sí, Maestro?
—¿Los has lubricado?
—Sí, maestro.
—¿Has posado tus palmas calientes para ayudarles a relajarse y transmitirles salud?
—Sí, Maestro.
—¿Entonces por qué te arden?
—Porque estoy viendo. Porque voy corriendo, uno a uno, mis velos. Porque la luz está penetrando en ellos. Quieren que los cierre. Quieren que los devuelva a la comodidad de no ver con claridad el mundo.
—¿Por qué?
—El mundo les duele, maestro. Antes no podía ver los detalles, no veía las arrugas, no veía las suciedades, no veía con nitidez las apariencias. Cualquier cuenta podía brillar como oro; cualquier rostro se veía joven ante mis ojos desenfocados.
—¿Y ahora?
—Ahora lo puedo ver todo, Maestro. La luz que entra desde fuera arde, como un fuego. Mis ojos solamente quieren cerrarse, quedarse en la reconfortante oscuridad de los párpados caídos.
—Pero así no pueden ver.
—Exacto, maestro, así no pueden ver. Así pueden regresar a la inconsciencia.
—¿Y es eso lo que tú quieres?
—No, Maestro. Les he ordenado que se abran. Los he amenazado con cortar mis párpados, si se siguen rehusando.
—La luz se recibe voluntariamente, no con imposiciones y órdenes vacías. Llena tus ojos de amor y disipa su miedo a desaparecer fulminados por la luz. Amorosamente, invítalos a ver.

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