Sigues sin encontrarla

[Poema XII de La magia del silencio]

Sigues sin encontrarla.
No puedes verla.
Ves la historia de todos los demás.
Sabes de inmediato
cuál va a ser el desenlace.
Pero la tuya, tu propia historia,
se te esconde como un velo.
Ni siquiera conoces a tus personajes.
Crees conocerlos,
pero la idea
que te has forjado de ellos
es superficial y errónea.
Los odias o los amas.

No.
Te mientes.

Mantienes con tus personajes
la misma distancia
que interpones en la vida real,
con los otros.

Por eso no puedes sentir a tus personajes,
no puedes escucharlos,
no puedes sencillamente observarlos.

¿Por qué no los observas,
sin juzgarlos,
nada más averiguando quiénes son,
cómo son,
qué hacen,
qué esperan de la vida?

Tienes miedo de los rumbos
a los que la observación llana puede llevarte.
Temes lo que esta historia
es capaz de revelar de ti.
Por eso huyes.
Sigues huyendo.
Me temes.
No quieres leerme.
Más, todavía:
no quieres escribirme.

Tienes mi propio temor:
el de repetir,
el de volver a experimentar,
uno a uno,
los mismos fracasos,
los mismos errores.
Los mismos desgraciados
momentos de autoengaño
cuando te creíste en la cima
y solo estabas en el preludio
de precipitarte al vacío.

¿Qué miedo te detiene?
¿Tus propios pecados?
No sabes lo que es pecar,
no lo sabes todavía.
Te sientes sumida
en la inmediatez de tu entorno,
pero tu visión
tiene muy poco alcance.

Remóntate.
Elévate.
Mira desde lo alto.

El camino que se te esconde bajo los pies
se revela cuando dejas de mirar las piedras
y eres capaz de distinguir su trazado.

Elévate.
Remóntate.
Salte de ti misma.

Deja atrás tu pequeña y miserable
esquina de confianza.
Tu historia no te encontrará
mientras sigas apegada
a tus paranoias personales.
Te juzgas y,
solo por eso,
lo que más temes en el mundo
es ser juzgada.
Y te sientes juzgada a cada paso.
Aquello que das
recibes.
Y sabes muy bien lo que has dado.
Y ahora,
si puedes verlo,
lo sientes y lo lloras,
porque lo ves devuelto en tu cara,
como todo en la vida:
todo regresará siempre
al lugar de donde partió.

¿Todavía sigues sin comprender tu historia?
Desengáñate.
La historia eres tú.

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