Maestro, reescribo una de mis historias

—Maestro, reescribo una de mis historias.
—¿Y cuál es el problema?
—Cuanto más lo reescribo, menos se asemeja a mi idea original.
—¿Qué tenía de malo tu idea?
—Le faltaba todo: una verdadera trama, acción, personajes interesantes… Tenía conceptos erróneos, todos mezclados.
—¿Y tu reescritura los está arreglando?
—Cada vez más siento como si fuese una obra nueva…
—…que sale de la piel de la vieja. ¿La vieja era publicable?
—No, maestro. Era un adefesio, un bodrio, una mezcolanza sin sentido.
—¿Y la nueva?
—Todavía no lo sé, pero tiene algo de lo que la otra carecía: me seduce.
—¿De qué manera?
—La siento que me sale desde dentro, con una honestidad desgarradora.
—¿Cuál es el problema entonces?
—¿Y la historia original?
—¿Qué con la historia original?
—Está desapareciendo.
—¿No dijiste que era impublicable?
—Sí, maestro.
—Entonces aprende a desapegarte de tus palabras. Si no sirven, el mejor lugar para ellas es el basurero.
—Pero, maestro…
—¿Te duele dejarlas ir?
—Sí, maestro. Yo las traje a este mundo. Les di vida…
—Esa es tu ilusión. No están vivas todavía. Las palabras sin vida son papel muerto.
—¿Y si lo están, maestro?
—Si lo estuvieran, te estarían seduciendo.

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