Diálogos con el maestro: ¿Cómo te contactaré cuando me vaya?

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—¿Cómo te contactaré cuando me vaya, cuando esté lejos?
—Ya te he enseñado la técnica, ya lo hemos hecho antes. ¿Por qué me preguntas de nuevo?
—Tengo miedo de olvidar. Temo no ser capaz de recordarte, de saber quién eres, por qué debo llamarte, por qué debo buscarte.
—Repasemos de nuevo los pasos: primero debes vivir un tiempo en el mundo del olvido, entre los dolores humanos. Luego, cuando las experiencias hayan sido suficientes para mostrarte el vacío en tu interior, comenzarás a sentir una necesidad de guía, una búsqueda de luz, un llamado.
—Pero cuesta reconocer el llamado. Es la parte más difícil. La última vez, maestro, lo confundí con la búsqueda del éxito y del poder.
—Ya sabes dónde no me encontrarás, pero me buscarás ahí de todas maneras. Ya sabes cómo no me contactarás, pero lo intentarás de todas maneras. No importa cuántas veces te diga “haz esto”, siempre serás como una niña pequeña y buscarás las figuras más llamativas y coloridas primero.
—¿Cómo puedo evitarme tanto dolor, tanto vagar sin sentido antes de llamarte otra vez?
—No puedes, no todavía. Cada vez será más fácil que la anterior. Solo después de equivocarte tantas veces como sea necesario, comprenderás la verdad: no me encuentras detrás de las flores llamativas y los fuegos artificiales. Estoy en la caverna oscura, ahí en donde se necesita una antorcha para entrar.
—Y entonces iré a la caverna, sin luz todavía, y te buscaré en la oscuridad, dando tumbos y cayendo por precipicios ocultos a mi ciega vista.
—Hasta que hayas encendido la luz. Tu visión será limitada, pero ahora, con más prudencia y madurez, seguirás avanzando.
—Si no desmayo, si confío en la antorcha de mi mano, si me sostengo en el camino, te encontraré.
—Me encontrarás.
—Y diré tu nombre.
—Y responderé a tu voz.
—Y volverás a guiarme como lo haces hoy.
—No, no como lo hago hoy. Pero volveré a guiarte y tu prueba será aprender a escuchar.

La magia del silencio (IIb)

Me he jurado no repetir más el ciclo de ruina
en el que yo misma me metí.
Pero implícita está la idea de vencer
a un enemigo que siempre me hace caer.
Anticipo tus interrogantes porque soy tú y lo sabes.
Ahora mismo te estás preguntando
por qué perder la voz es la muerte,
si todavía puedo escribir.
“¡Escribe y dímelo todo!”, piensas.
Piensas mal.
Mis votos me obligan a guardar silencio.
No puedo,
en forma alguna,
darte todo lo que sé,
decirte todo lo que hoy te necesito decir
a través de la escritura.
Ni siquiera el nombre de nuestra orden
me es permitido revelarte.
Te verás obligada a seguir las pistas
de quienes se protegen
tras el velo del secreto.
Ninguno de nosotros jamás
ha puesto por escrito
lo que necesitas descubrir.
Se ha transmitido desde siempre,
desde antes del inicio del tiempo,
de maestro a discípulo,
por medio de la Voz
y solamente de la Voz.

Y yo no puedo decírtelo
porque he perdido la mía.
Y porque he perdido mi Voz,
has debido renacer,
sin el recuerdo de la palabra
que debes emitir.

No conservé mi capacidad de articulación
el tiempo suficiente para emitirla,
para enunciarla,
para pronunciarla a pecho abierto.
Aunque logré escucharla en un susurro,
el proceso quedó inconcluso.
No pudo quedar fijada en la memoria
de mis cuerpos que tú compartes.
No pude darte mi legado.

Tu primera misión es escuchar esa palabra,
la palabra,
tu palabra.

Esa es tu llave. wpid-1446906402_c2c3a6d0da_o-2015-03-17-17-57.jpg
Foto: Alberto Ortiz, 27 setiembre de 2007. Flickr.com (https://www.flickr.com/photos/citizen_poeta/1446906402).

Costa Rica (des)dibujada: Incluso el clima conspira

Incluso el clima conspira. Cada lugar pareciera tener vida propia. Si se vive en Alajuela es fácil distinguir la frontera climática: del Hospital México en adelante todo se nubla y la temperatura desciende de forma dramática en una distancia de menos de 500 metros. San Pedro pareciera cubierto por una enorme nube negra, aún cuando rayos de sol puedan verse a la distancia sobre San José y el Sur. Y algunas veces los rayos de lluvia también pueden distinguirse, como si fueran lanzados por un caprichoso engranaje mecánico a voluntad del programador. Las nubes se esconden con rapidez en el horizonte, y si se las mira fijamente estando en el centro del valle, en el valle del centro, se puede notar un movimiento circular, como si nos rodearan. Una extraña sensación de vértigo puede invadirlo a uno en segundos, porque la imagen más cercana sería la de un domo semiesférico en donde el aire daría vueltas eternamente sobre un mismo eje. Ni siquiera seríamos habitantes de todo un planeta sino de una pequeña plataforma experimental en donde todo fuera reproducido en un tamaño menor.
De ese cielo aplastante, y al mismo tiempo al alcance de los sentidos, puede que provenga la extraña manía del costarricense de caminar atento a sus pies, a la acera y a la calle, pero nunca a los edificios, ni siquiera a los ojos de los otros transeúntes. Extraña posición, según los extranjeros. Para nosotros, es perfectamente natural. Yo, al menos, tropezaría cada diez segundos si no estuviera atenta a las irregularidades del suelo impredecible aún en el asfalto.
Impredecible es la mejor palabra para describir al latinoamericano. Impredecibles también son los costarricenses. [Sí, sí. Y las costarricenses más todavía. Pero yo soy una de esas mujeres a quienes simplemente les interesa ejercer su femineidad y no tanto complicar la redacción con la ambivalencia discursiva y el recargo de artículos femeninos. La femineidad —incluso para las costarricenses— va más lejos que uno conjunto de “a”s puestas por ahí.] Impredecibles en sus actos y en sus juicios. No siempre por su honradez. A menudo por la inverosimilitud de sus actos. Esto le pone sabor a la vida y también la complica.
Pero no solo la gente se renueva. De todas maneras el clima y el paisaje han cambiado en la ciudad de San José. Las fronteras entre el invierno y el verano se diluyen en exóticas alternancias.
De repente, se puede pasear por una ciudad nublada en su mediodía de febrero, haciendo caso omiso del verano reinante en el resto del país, o acaso aspirando a ser ciudad de fines de invierno, como es en ese momento del año en las latitudes industrializadas del Norte. Así y todo, un cierto sofoco invade el aire y pocos transeúntes osarían detenerse a mirar el edificio a su lado o a contemplar al ángel casi eunuco que se yergue entre el Correo y el Club Unión. La visible masculinidad de este ángel desnudo hace pensar en una cierta mojigatería de la ciudad: “¿desnudo? ¡de acuerdo…! Pero que no provoque el escándalo de las damas…”. Sin duda alguna la provoca de todas maneras, pero por su proporción infantil.
Amas de casa con sus hijos recién salidos de la escuela, hombres disfrazados con su máscara de corbata y zapatillas de cuero lustrado, pensionados tranquilos con una pluma en el bolsillo y algunas minifaldas en plataformas ostentando sus rodillas sin pantimedias. Por supuesto que no faltan chapulines y vagabundos, hombres en traje y un sombrero tejano en la cabeza, extranjeros cincuentones de lentes oscuros y ejecutivos de ventas con sus maletines al hombro y sus valijillas de lona. Hoy día la ciudad admite camisas de tono rosado pastel y fucsia lo mismo que cuadros raídos y pantalones de mezclilla. Sandalias y tacones coexisten en la misma acera y a veces, se diría, en la misma mujer. En este paisaje se han insertado las culturas inmigrantes, con sus trajes, colores, comidas y expresiones.
Pero el verano nublado alterna con el invierno de cielos deslumbrantes y atardeceres cromáticos. Todo un día de aprisionamiento laboral bien vale unos minutos al final de la tarde, en esas fechas en que la luz solar se extiende más allá de las seis, mostrando a una ciudad que es ya un fantasma ennegrecido bajo un cianoso cielo matizado con rosas fosforescentes al sur y naranjas encendidos al oeste. Bajo la iluminada penumbra la vida parece más tenue, apenas justa para quedarse por ahí, al pie del kiosco de algún parque, viendo las hojas caer, percibiendo la brisa en los hombros y escuchando el último piar del día.
Algunas veces la luz dorada del sol invade los edificios desde las cuatro de la tarde y transforma las paredes occidentales de concreto en suaves pieles de oro erigidas sobre el hormigueo en retorno al hogar.
Costa Rica (des)dibujada (2012). Fragmento. Esta obra fue ganadora del premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en el año 2001.

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Fotografía: Jacqueline Murillo Fernández, 2008. Todos los derechos reservados.

Cambios de imagen

Durante algunos días, este blog estará experimentando cambios en su imagen externa. Mi escaso tiempo disponible para dedicarle a las muchas horas de labor necesarias para lograr un blog atractivo, navegable y útil me obligan a realizar esta acción poco a poco.
Si se topa usted con alguno de esos momentos de incertidumbre visual, y de repente el blog no parece ser lo que era, le agradecemos su paciencia. Esperamos tener pronto una imagen más atractiva y amigable con nuestro principal objetivo: la palabra.

Diálogos con el Maestro: Tengo miedo de equivocarme

—Tengo miedo de equivocarme, Maestro. Miedo de no hacer bien mis labores. De arruinar los esfuerzos que hemos venido realizando.
—¿Cuál es tu nivel en el sendero?
—Soy apenas una aspirante.
—¿Cuál es el grado de iluminación que has alcanzado?
—Unos pocos vislumbres, maestro. Apenas comienzo a despertarme.
—¿Hasta dónde llega tu sabiduría?
—Aún es escasa, Maestro. De sabiduría no puedo jactarme.
—¿Cuánta experiencia tienes en el servicio?
—Estoy dando mis primeros pasos, Maestro.
—Entonces acepta con amor tus lecciones. Vívelas. Exprímeles hasta la última gota de aprendizaje. En tu error subyace la sabiduría. En tu equivocación, el conocimiento superior. En tu humildad, la capacidad para seguir acrecentando tu estatura interior.

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La magia del silencio (IIa)

¿Cómo llegué de ahí hasta aquí?

No recuerdas ya mi historia,
nuestra historia.

Somos el pálido reflejo de quienes fuimos,
de quienes seremos.

Al otro lado de estas palabras
no puedes sentirme como yo a ti,
que te adivino,
te presiento.

Tú,
en cambio,
me oyes llamarte,
como un grito atravesado en tus entrañas,
como una espiral cuyo vórtice eres tú.

Escúchame bien,
léeme,
revíveme para que te encuentres en mí.

Mi historia comenzó muchos años atrás.

¿Niña?
¿Joven?
No importa ya.

Tus manos no han envejecido todavía.
Te crees que vivirás para siempre.
Te verás joven, por dentro,
sin importar la imagen que te rebote desde el espejo.
Te consolarás con la mentira
de que mi historia no te ocurrirá a ti.

Por eso, sigue leyendo mis palabras.

Sigue.

Tienes miedo.
No recuerdas porque no quieres recordar.
Has dejado de leer.
Lo sé.
Miras hacia afuera
por no mirar hacia adentro.
No sabes si la verdad será superior a ti.
¿Estarás repitiendo la misma experiencia?
Temes reconocer,
en cada palmo de mi historia,
la tuya propia,
la que identificas como tuya.
La que pretendes solo tuya.

Mírate.

Prefieres pensar que no tienes ninguna pista de lo que ocurre.
Que no sabes a dónde se dirigen los eventos.
Que no vislumbras la historia detrás de los accidentes.
Todo es una trama.
Encontrar su nudo es la clave para resolverla.

Sospechas lo que viene.
O crees que lo sospechas y te quedas ahí.
No quieres aceptar que ya la has vivido.
Dentro de ti, lo sabes todo.
Conoces los personajes,
las acciones de cada uno,
lo que te espera.

Pero quisieras no conocerlos.
Quisieras ignorar la historia,
para que te sorprenda.
Quisieras no saber en qué termina,
pero lo sabes de antemano.
Todo parece tan obvio…
¿Por qué no puedes ver esto en tu propia vida?

Obsérvala como si fuera una ficción:
desde fuera.
Abstráete de ella.
Olvida que estás dentro de ella.
Todo será evidente,
claro.
Sabrás a dónde va.
Podrás decidir si repites las viejas acciones,
avanzar hacia el fracaso otra vez,
dejarte engañar por quienes están alrededor.

No me crees, ¿verdad?
Te estás preguntando
cuál es esta historia
que repites una y otra vez.
Quieres saberlo.
Quieres confiar en mí,
pero no puedes.

Te mientes:
no quieres creerme.
De hecho,
quieres que no sea verdad.
Vislumbras detrás de mis palabras
el enorme hastío
de quien ha llegado casi al límite
de no desear nada más. Casi.

Aciertas:
quedan en mí anhelos fuertes.
¿No es acaso algo de venganza
lo que percibes en mi tono?

En mi “tono de voz”,
pensaste,
pero olvidas que ya no tengo tono.
Pero la palabra lo tiene.
Tú lo percibes y se lo añades.
Quien interpreta
pone tanto de sí en la lectura,
que dos personas distintas
no leen jamás
el mismo texto.

Así que, léelo (óyelo) bien:
ese tono de voz viene de tu interior.
Lo reconoces,
lo encuentras
y lo activas con solo leerme otra vez.

El valle de la Poesía

Cuentan las antiguas leyendas, la historia de dos hermanos que una noche tuvieron el mismo sueño. En su sueño vieron un hermoso valle. En el valle, cientos de hombres y mujeres cantaban los más sublimes versos jamás escuchados. El Valle de la Poesía, les susurró el viento su nombre. Solo un auténtico poeta sería admitido ahí. Solo de la mano de un auténtico poeta se podría entrar. Ambos hermanos despertaron con tal ardor por la visión recibida, que de inmediato decidieron partir a la búsqueda de tal lugar.

Ambos sabían que jamás alcanzarían el valle sin antes convertirse en poetas ellos mismos, así que decidieron iniciar el proceso de aprendizaje del oficio. Cada uno encontró un maestro.

Por caminos distintos, ambos partieron, con el deseo de llegar algún día, cuanto antes, al valle tan añorado.

Los años pasaron y un día, en una mañana cualquiera, sus pasos se volvieron a encontrar. De cabellos grises y rostros ceñudos, reconocieron aún así al hermano de antaño.

—¿Adónde te llevaron tus pasos, hermano?

—Mi maestro, te digo, fue una gran elección. Me enseñó los secretos de la métrica y el ritmo, me obligó a adquirir vasto y variado vocabulario, me dio la técnica para leer mis palabras ante los grandes públicos, me presentó frente a las grandes audiencias. De su mano, aprendí a elevar mi voz por encima de los gentiles y a hacerme admirar por quienes me escuchan. De él aprendí las mejores combinaciones de versos para despertar el clamor de las masas. ¿No ves acaso la riqueza de mis ropas y la salud de mi barriga? No hay lugar en donde no se me reciba con honores, opíparos banquetes y exquisitas bebidas. Soy grande entre los grandes y mis versos se cantan por toda la tierra. Y tú, hermano, ¿qué has logrado?

—Mi maestro, en cambio, me llevó al corazón del bosque y me hizo bajar a las entrañas de la tierra. Ahí, solos, me enseñó a renunciar a la palabra y a entrar en mí mismo. Con mi Yo interno me llevó. Me enseñó los misterios de la naturaleza y de la Vida, me obligó a abandonar mis ambiciones y falsedades, destruyó mis máscaras y mis vanidades. Me enseñó a callar y, por encima de todo, a escuchar. Mi maestro me hizo ver la luz que disipa toda oscuridad.

—¿Y tus versos? ¿Acaso te enseñó la métrica dorada de los hexámetros y endecasílabos? ¿Te instruyó en las técnicas de las escuelas de los antiguos? ¿Te obligó a buscar la palabra precisa y el verbo perfecto?

—No.

—¿Y te dio las artes de la retórica, del embellecimiento de las palabras, del engaño y la obnubilación de las conciencias?

—No.

—¿Y te señaló la manera de ganarte el sustento mediante la admiración y el elogio?

—No.

—Entonces, ¿qué te enseñó tu maestro?

—Me enseñó la verdadera Poesía, la que trasciende las palabras, la que proviene de más arriba, de más lejos, de más adentro.

—Jamás he escuchado de tal arte. Poesía es, hermano mío, el artilugio del verbo, la imagen efectista, la expurgación de los errores, el más estricto apego a las complejas reglas solo conocidas de los expertos. Te propongo esto: un duelo deberemos hacer para ver quién de nosotros es el mejor poeta. Así sabremos quién puede ingresar al Valle de la Poesía.

Se dice que ambos hermanos se sentaron en medio de la plaza y unos cuantos privilegiados que pasaban por ahí presenciaron lo que a continuación se narra.
El primero de ellos tomó la palabra y comenzó a cantar con sus versos el azul del cielo, el llanto de un niño, el amor a la mujer hermosa, la perfidia de la traición… Sus versos eran prodigiosos y perfectos. No había en ellos repeticiones. Los vocablos eran elevados hasta lo incomprensible y, por ello, todos le dieron su admiración y aplauso. En medio de la pompa, regodeado en la admiración de la multitud, el hermano se sintió seguro de su triunfo.

Entonces, el segundo de ellos tomó su lugar en el centro de la plaza. Con movimientos lentos, sin arengar a los presentes, tomó asiento. Cerró los ojos, respiró profundo y unió ambas manos frente a su pecho. Entonó una sola nota, una larga nota que comenzó grave y siguió, intensa, fuerte y pareja, mientras capturaba a cada una de las personas que a su alrededor esperaban los versos. El poeta fue cambiando la entonación y la nota se fue convirtiendo en un canto. Y quienes lo escuchaban se iban quedando prendados de ese canto, que se multiplicaba en tonos diversos en sus oídos, se transformaba en visiones, les tocaba la piel y les hacía vibrar en lugares del cuerpo que ya no recordaban como suyos. El canto, en el que suavemente iban tomando forma las palabras, los envolvía y los transportaba a prados coloridos, arcoíris deliciosos, abundantes praderas sembradas de las más aromáticas flores. Se veían rodeados de cervatillos que daban cabriolas y de aves que les regalaban su trino. Una luz cálida les calentaba el alma, aunque sabían que las nubes grises y los primeros vientos invernales los rodeaban. El canto abrió paso a las visiones y las visiones a auténticas experiencias. Aunque las palabras llegaban hasta sus oídos, no eran solo vocablos ni estaban vacíos: habían sido transportados de golpe a otro lugar, a otro tiempo, a otro Yo.
Cuando el segundo hermano terminó su canto, quienes habían tenido la dicha de escucharlo, sintieron el final de su embeleso como el más duro de los castigos, como si hubiesen sido arrancados del paraíso, como si el recuerdo de ese lugar fuese el único motivo por el cual seguir viviendo.

No hubo aplauso, tan solo un silencio incorruptible. Quienes antes alabaron y lisonjearon al primero de los hermanos poetas se habían retirado a un lugar de su interior hasta ahora desconocido. Se buscaban desde dentro, en lo más profundo de su verdadero Ser. Uno a uno, se marcharon quedos, temerosos de que sus palabras profanas, inmerecedoras, corruptas, rompieran el recuerdo del asombroso lugar que por un breve instante habían podido visitar.

Los dos hermanos se quedaron solos de nuevo. El primer hermano, el famoso, el grande, bajó la mirada. No era necesario proclamar al ganador.

El escriba

Nací en la ciudad de Babilonia. Aprendí en la casa de las tabletas el arte dificultoso de combinar los signos y componer las palabras. Al nacer, ya llevaba por dentro la compulsión de escribir y por eso no descansé hasta ser admitido bajo la protección de Nisaba, diosa de los misterios de las medidas del cielo y la tierra, de los registros de mi pueblo y de los nombres de las cosas.
Un cálamo y la arcilla cruda son mis instrumentos de trabajo. Sé cómo tallar y afilar el cálamo hasta alcanzar el grosor perfecto. Sé distinguir la mejor entre muchos tipos de arcilla, por su dureza, su composición, su firmeza tras pasar por los fuegos del horno.
Si el documento no es de gran valor, lo secamos al sol. Será legible durante unos meses, quizás unos pocos años. Tal vez sea destruido y luego y vuelta a utilizar su arcilla.
Pero ay de aquellas palabras que deben ser escritas para permanecer. Días, ¡meses!, antes de hacer el primer trazo, me doy a la tarea de conseguir las mejores arcillas. Hago mezclas cuya composición solo yo conozco. Uso los secretos de la materia para hacer la tableta más fina, más durable, más inquebrantable. Su superficie será fina como la seda y dura como la piedra. Fresca, tendrá la textura perfecta para hacer incisiones legibles y elegantes, no muy profundas, ni muy superficiales. Cocida, permanecerá inmutable por generaciones. Solo así se crean las letras destinadas a ser acariciadas con reverencia.
Mis tabletas son codiciadas por reyes y señores; por sacerdotes y comerciantes. No hay mejores en toda la región. En ciudades lejanas se escucha mi nombre. Mis aprendices son muchos, desean conocer todos mis secretos. Me asedian con sus preguntas: ¿Cómo logro esos trazos tan finos y, al mismo tiempo, profundos? ¿Cómo obtengo esa apariencia de perfección en cada línea, en cada serie? ¿Cómo aprovecho todos los espacios del conjunto con equilibrio y belleza? ¿Cómo encuentro la armonía entre las palabras, en los sonidos, en las cadencias?
Soy un artista y mi arte me exige amasar la arcilla, clavar en ella mi stylo y vigilar los fuegos intensos que son capaces de endurecerla sin destruirla. Cada palabra escrita es hija de un gran esfuerzo.
Mis aprendices se encargan de las tareas más sencillas. Casi todas las tabletas comerciales de mi taller y las decorativas para hogares de nobles y comerciantes, esas que llevan oraciones de protección y atracción de la riqueza, las hacen los más dotados de mis pupilos. Aún así hay momentos y trabajos solo míos, mi privilegio de maestro.
Ya había dejado atrás mi juventud, cuando el rey vino a mí, buscando al mejor de todos los escribas. Me ha encargado un trabajo como pocos: las tablas de la ley sagrada. Deberán ser elaboradas y escritas con la mayor perfección y belleza. Seguí su mandato al instante. He abandonado todas mis otras actividades, me he entregado de lleno a este único trabajo, el que será mi obra maestra.
He pasado muchas lunas eligiendo la arcilla y preparándola en cantidad suficiente. Cada porción de calidad es guardada a la sombra y humedecida con frecuencia para impedir su pulverización. He elaborado, con paciencia, varios cálamos, con una punta finísima, con diversos grosores para alternar ahí donde sea necesario. He hecho mis libaciones y purificaciones. Nisaba, mi patrona, me ha dado su bendición e inspira en mí la palabra divina y la letra perfecta.
Así, estoy plasmando trazo por trazo cada uno de los preceptos de la ley. El proyecto del rey es ambicioso: encontrar un mecanismo para mejorar nuestra ciudad y aliviar las transgresiones inhumanas que día tras día vemos. Todavía tenemos el recuerdo demasiado cercano de una edad de oro, cuando se vivía de la caza y se recolectaban frutos para vivir. Pero el corazón viajero se cansa y las personas buscan un lugar para pacer sus ganados, amamantar sus hijos y esperar la vejez. Por eso vivimos aquí, en estas prósperas tierras, rodeados de la riqueza de la vida que traen las dos grandes serpientes, los dos ríos que son responsables por la vida bajo este sol implacable.
El rey es también implacable, como el sol de nuestras tierras. Lo he visto, embravecido sobre su carruaje, arremeter contra enemigos temibles que, sin embargo, huían cobardes al verle aparecer. También lo he visto cabizbajo, en las noches de luna, rondando el palacio y repasando los informes regulares de sus secretarios. El pueblo acude a él a pedir justicia. Le traen toda clase de problemas: murió mi vaca y creo que aquel vecino envidioso la hechizó; murió mi hijo, así que mataré al hijo de su matador; me han robado mi cosecha y ahora mis hijos morirán de hambre. Lo he visto, a mi señor, llorar en silencio y soledad horas después de haber reído en palacio en algún festín real. Por eso, le creo cuando dice que durante muchos años ha acariciado este proyecto. Hoy, por fin, me ha llamado a su lado para que yo copie las palabras finales, muchas veces escritas y corregidas en tablas que serán al fin destruidas.
—Si no me recuerdan por nada más, que me recuerden por esto —me dice—. Tus manos inscriben las palabras que fundarán una sociedad nueva. Muchas generaciones después de ti las leerán y seguirán. Escribe, escribe, que tus letras vivirán mucho más que tú y yo. Escribe, escribe, que nuestro tiempo ya se agota. La arcilla permanecerá sonora con palabras que serán dichas una y otra vez. Escribe, que veo el futuro de estas tablas y se recordarán aun cuando tus huesos y los míos ya hayan desaparecido. Escribe, que habrá quien no se conforme con nuestra arcilla y decida tallarlas en piedra, a ver si así logra fijarlas en los corazones de sus gentes. Escribe, que para esto hemos nacido.
—Sí, mi señor Hammurabi —murmuro y sigo escribiendo.

La piedra angular (I)

… los primeros pasos de un pueblo a su prosperidad futura, deben dirigirse a conocer sus posibilidades y hacer que se conozcan de los demás pueblos…
BRAULIO CARRILLO COLINA, 1839

 

Me levanto esta mañana y recuerdo. De niña la luz del sol entraba bifurcada en densos rayos por la ventana del Este. Esto producía el hermoso fenómeno de tornar absolutamente visibles las partículas de polvo. Todas y cada una de ellas dejaban ver su reflejo al contacto con la luz. Yo las miraba embobada. Cada partícula parecía un visitante supraterrestre que viajaba en los rayos del sol. Mi padre abrillantaba con betún sus zapatos y mi madre preparaba el desayuno. Mi hermano no tenía todavía la edad suficiente para ir conmigo. Iba al kínder por vez primera. Ahí, en ese momento, comenzó mi vida consciente en las esferas de la educación.

Hoy me encuentro ante el primer año de mi vida en que no soy estudiante. Atravesé uno por uno todos los umbrales. Crucé el pórtico que separaba el kínder de los pasillos de la escuela. Recorrí, un aula al año, cada pabellón: primaria, tercer ciclo, cuarto ciclo. Abandoné para siempre los portones del colegio y me transporté en el “bus de la U”. Elegí mi carrera (mi edificio, mi escuela, mis compañeros, mis colegas) y continué estudiando. Continué y continué. Un título primero. Otro después. Ahora ya puedo mirar hacia atrás y sentir que he concluido. En verdad, ¿he concluido?

[Fragmento de La piedra angular: ¿Educación? en Costa Rica. Heredia: Editorial de la Universidad Nacional, 2007. Primer lugar en el Certamen UNA Palabra. El libro puede adquirirse en la Universidad Nacional o, en línea, en la Librería Legado: http://editlegado.com/la-piedra-angular-educacion-en-costa-rica.html].