El escriba

Nací en la ciudad de Babilonia. Aprendí en la casa de las tabletas el arte dificultoso de combinar los signos y componer las palabras. Al nacer, ya llevaba por dentro la compulsión de escribir y por eso no descansé hasta ser admitido bajo la protección de Nisaba, diosa de los misterios de las medidas del cielo y la tierra, de los registros de mi pueblo y de los nombres de las cosas.
Un cálamo y la arcilla cruda son mis instrumentos de trabajo. Sé cómo tallar y afilar el cálamo hasta alcanzar el grosor perfecto. Sé distinguir la mejor entre muchos tipos de arcilla, por su dureza, su composición, su firmeza tras pasar por los fuegos del horno.
Si el documento no es de gran valor, lo secamos al sol. Será legible durante unos meses, quizás unos pocos años. Tal vez sea destruido y luego y vuelta a utilizar su arcilla.
Pero ay de aquellas palabras que deben ser escritas para permanecer. Días, ¡meses!, antes de hacer el primer trazo, me doy a la tarea de conseguir las mejores arcillas. Hago mezclas cuya composición solo yo conozco. Uso los secretos de la materia para hacer la tableta más fina, más durable, más inquebrantable. Su superficie será fina como la seda y dura como la piedra. Fresca, tendrá la textura perfecta para hacer incisiones legibles y elegantes, no muy profundas, ni muy superficiales. Cocida, permanecerá inmutable por generaciones. Solo así se crean las letras destinadas a ser acariciadas con reverencia.
Mis tabletas son codiciadas por reyes y señores; por sacerdotes y comerciantes. No hay mejores en toda la región. En ciudades lejanas se escucha mi nombre. Mis aprendices son muchos, desean conocer todos mis secretos. Me asedian con sus preguntas: ¿Cómo logro esos trazos tan finos y, al mismo tiempo, profundos? ¿Cómo obtengo esa apariencia de perfección en cada línea, en cada serie? ¿Cómo aprovecho todos los espacios del conjunto con equilibrio y belleza? ¿Cómo encuentro la armonía entre las palabras, en los sonidos, en las cadencias?
Soy un artista y mi arte me exige amasar la arcilla, clavar en ella mi stylo y vigilar los fuegos intensos que son capaces de endurecerla sin destruirla. Cada palabra escrita es hija de un gran esfuerzo.
Mis aprendices se encargan de las tareas más sencillas. Casi todas las tabletas comerciales de mi taller y las decorativas para hogares de nobles y comerciantes, esas que llevan oraciones de protección y atracción de la riqueza, las hacen los más dotados de mis pupilos. Aún así hay momentos y trabajos solo míos, mi privilegio de maestro.
Ya había dejado atrás mi juventud, cuando el rey vino a mí, buscando al mejor de todos los escribas. Me ha encargado un trabajo como pocos: las tablas de la ley sagrada. Deberán ser elaboradas y escritas con la mayor perfección y belleza. Seguí su mandato al instante. He abandonado todas mis otras actividades, me he entregado de lleno a este único trabajo, el que será mi obra maestra.
He pasado muchas lunas eligiendo la arcilla y preparándola en cantidad suficiente. Cada porción de calidad es guardada a la sombra y humedecida con frecuencia para impedir su pulverización. He elaborado, con paciencia, varios cálamos, con una punta finísima, con diversos grosores para alternar ahí donde sea necesario. He hecho mis libaciones y purificaciones. Nisaba, mi patrona, me ha dado su bendición e inspira en mí la palabra divina y la letra perfecta.
Así, estoy plasmando trazo por trazo cada uno de los preceptos de la ley. El proyecto del rey es ambicioso: encontrar un mecanismo para mejorar nuestra ciudad y aliviar las transgresiones inhumanas que día tras día vemos. Todavía tenemos el recuerdo demasiado cercano de una edad de oro, cuando se vivía de la caza y se recolectaban frutos para vivir. Pero el corazón viajero se cansa y las personas buscan un lugar para pacer sus ganados, amamantar sus hijos y esperar la vejez. Por eso vivimos aquí, en estas prósperas tierras, rodeados de la riqueza de la vida que traen las dos grandes serpientes, los dos ríos que son responsables por la vida bajo este sol implacable.
El rey es también implacable, como el sol de nuestras tierras. Lo he visto, embravecido sobre su carruaje, arremeter contra enemigos temibles que, sin embargo, huían cobardes al verle aparecer. También lo he visto cabizbajo, en las noches de luna, rondando el palacio y repasando los informes regulares de sus secretarios. El pueblo acude a él a pedir justicia. Le traen toda clase de problemas: murió mi vaca y creo que aquel vecino envidioso la hechizó; murió mi hijo, así que mataré al hijo de su matador; me han robado mi cosecha y ahora mis hijos morirán de hambre. Lo he visto, a mi señor, llorar en silencio y soledad horas después de haber reído en palacio en algún festín real. Por eso, le creo cuando dice que durante muchos años ha acariciado este proyecto. Hoy, por fin, me ha llamado a su lado para que yo copie las palabras finales, muchas veces escritas y corregidas en tablas que serán al fin destruidas.
—Si no me recuerdan por nada más, que me recuerden por esto —me dice—. Tus manos inscriben las palabras que fundarán una sociedad nueva. Muchas generaciones después de ti las leerán y seguirán. Escribe, escribe, que tus letras vivirán mucho más que tú y yo. Escribe, escribe, que nuestro tiempo ya se agota. La arcilla permanecerá sonora con palabras que serán dichas una y otra vez. Escribe, que veo el futuro de estas tablas y se recordarán aun cuando tus huesos y los míos ya hayan desaparecido. Escribe, que habrá quien no se conforme con nuestra arcilla y decida tallarlas en piedra, a ver si así logra fijarlas en los corazones de sus gentes. Escribe, que para esto hemos nacido.
—Sí, mi señor Hammurabi —murmuro y sigo escribiendo.

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