El valle de la Poesía

Cuentan las antiguas leyendas, la historia de dos hermanos que una noche tuvieron el mismo sueño. En su sueño vieron un hermoso valle. En el valle, cientos de hombres y mujeres cantaban los más sublimes versos jamás escuchados. El Valle de la Poesía, les susurró el viento su nombre. Solo un auténtico poeta sería admitido ahí. Solo de la mano de un auténtico poeta se podría entrar. Ambos hermanos despertaron con tal ardor por la visión recibida, que de inmediato decidieron partir a la búsqueda de tal lugar.

Ambos sabían que jamás alcanzarían el valle sin antes convertirse en poetas ellos mismos, así que decidieron iniciar el proceso de aprendizaje del oficio. Cada uno encontró un maestro.

Por caminos distintos, ambos partieron, con el deseo de llegar algún día, cuanto antes, al valle tan añorado.

Los años pasaron y un día, en una mañana cualquiera, sus pasos se volvieron a encontrar. De cabellos grises y rostros ceñudos, reconocieron aún así al hermano de antaño.

—¿Adónde te llevaron tus pasos, hermano?

—Mi maestro, te digo, fue una gran elección. Me enseñó los secretos de la métrica y el ritmo, me obligó a adquirir vasto y variado vocabulario, me dio la técnica para leer mis palabras ante los grandes públicos, me presentó frente a las grandes audiencias. De su mano, aprendí a elevar mi voz por encima de los gentiles y a hacerme admirar por quienes me escuchan. De él aprendí las mejores combinaciones de versos para despertar el clamor de las masas. ¿No ves acaso la riqueza de mis ropas y la salud de mi barriga? No hay lugar en donde no se me reciba con honores, opíparos banquetes y exquisitas bebidas. Soy grande entre los grandes y mis versos se cantan por toda la tierra. Y tú, hermano, ¿qué has logrado?

—Mi maestro, en cambio, me llevó al corazón del bosque y me hizo bajar a las entrañas de la tierra. Ahí, solos, me enseñó a renunciar a la palabra y a entrar en mí mismo. Con mi Yo interno me llevó. Me enseñó los misterios de la naturaleza y de la Vida, me obligó a abandonar mis ambiciones y falsedades, destruyó mis máscaras y mis vanidades. Me enseñó a callar y, por encima de todo, a escuchar. Mi maestro me hizo ver la luz que disipa toda oscuridad.

—¿Y tus versos? ¿Acaso te enseñó la métrica dorada de los hexámetros y endecasílabos? ¿Te instruyó en las técnicas de las escuelas de los antiguos? ¿Te obligó a buscar la palabra precisa y el verbo perfecto?

—No.

—¿Y te dio las artes de la retórica, del embellecimiento de las palabras, del engaño y la obnubilación de las conciencias?

—No.

—¿Y te señaló la manera de ganarte el sustento mediante la admiración y el elogio?

—No.

—Entonces, ¿qué te enseñó tu maestro?

—Me enseñó la verdadera Poesía, la que trasciende las palabras, la que proviene de más arriba, de más lejos, de más adentro.

—Jamás he escuchado de tal arte. Poesía es, hermano mío, el artilugio del verbo, la imagen efectista, la expurgación de los errores, el más estricto apego a las complejas reglas solo conocidas de los expertos. Te propongo esto: un duelo deberemos hacer para ver quién de nosotros es el mejor poeta. Así sabremos quién puede ingresar al Valle de la Poesía.

Se dice que ambos hermanos se sentaron en medio de la plaza y unos cuantos privilegiados que pasaban por ahí presenciaron lo que a continuación se narra.
El primero de ellos tomó la palabra y comenzó a cantar con sus versos el azul del cielo, el llanto de un niño, el amor a la mujer hermosa, la perfidia de la traición… Sus versos eran prodigiosos y perfectos. No había en ellos repeticiones. Los vocablos eran elevados hasta lo incomprensible y, por ello, todos le dieron su admiración y aplauso. En medio de la pompa, regodeado en la admiración de la multitud, el hermano se sintió seguro de su triunfo.

Entonces, el segundo de ellos tomó su lugar en el centro de la plaza. Con movimientos lentos, sin arengar a los presentes, tomó asiento. Cerró los ojos, respiró profundo y unió ambas manos frente a su pecho. Entonó una sola nota, una larga nota que comenzó grave y siguió, intensa, fuerte y pareja, mientras capturaba a cada una de las personas que a su alrededor esperaban los versos. El poeta fue cambiando la entonación y la nota se fue convirtiendo en un canto. Y quienes lo escuchaban se iban quedando prendados de ese canto, que se multiplicaba en tonos diversos en sus oídos, se transformaba en visiones, les tocaba la piel y les hacía vibrar en lugares del cuerpo que ya no recordaban como suyos. El canto, en el que suavemente iban tomando forma las palabras, los envolvía y los transportaba a prados coloridos, arcoíris deliciosos, abundantes praderas sembradas de las más aromáticas flores. Se veían rodeados de cervatillos que daban cabriolas y de aves que les regalaban su trino. Una luz cálida les calentaba el alma, aunque sabían que las nubes grises y los primeros vientos invernales los rodeaban. El canto abrió paso a las visiones y las visiones a auténticas experiencias. Aunque las palabras llegaban hasta sus oídos, no eran solo vocablos ni estaban vacíos: habían sido transportados de golpe a otro lugar, a otro tiempo, a otro Yo.
Cuando el segundo hermano terminó su canto, quienes habían tenido la dicha de escucharlo, sintieron el final de su embeleso como el más duro de los castigos, como si hubiesen sido arrancados del paraíso, como si el recuerdo de ese lugar fuese el único motivo por el cual seguir viviendo.

No hubo aplauso, tan solo un silencio incorruptible. Quienes antes alabaron y lisonjearon al primero de los hermanos poetas se habían retirado a un lugar de su interior hasta ahora desconocido. Se buscaban desde dentro, en lo más profundo de su verdadero Ser. Uno a uno, se marcharon quedos, temerosos de que sus palabras profanas, inmerecedoras, corruptas, rompieran el recuerdo del asombroso lugar que por un breve instante habían podido visitar.

Los dos hermanos se quedaron solos de nuevo. El primer hermano, el famoso, el grande, bajó la mirada. No era necesario proclamar al ganador.

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