La magia del silencio (IIa)

¿Cómo llegué de ahí hasta aquí?

No recuerdas ya mi historia,
nuestra historia.

Somos el pálido reflejo de quienes fuimos,
de quienes seremos.

Al otro lado de estas palabras
no puedes sentirme como yo a ti,
que te adivino,
te presiento.

Tú,
en cambio,
me oyes llamarte,
como un grito atravesado en tus entrañas,
como una espiral cuyo vórtice eres tú.

Escúchame bien,
léeme,
revíveme para que te encuentres en mí.

Mi historia comenzó muchos años atrás.

¿Niña?
¿Joven?
No importa ya.

Tus manos no han envejecido todavía.
Te crees que vivirás para siempre.
Te verás joven, por dentro,
sin importar la imagen que te rebote desde el espejo.
Te consolarás con la mentira
de que mi historia no te ocurrirá a ti.

Por eso, sigue leyendo mis palabras.

Sigue.

Tienes miedo.
No recuerdas porque no quieres recordar.
Has dejado de leer.
Lo sé.
Miras hacia afuera
por no mirar hacia adentro.
No sabes si la verdad será superior a ti.
¿Estarás repitiendo la misma experiencia?
Temes reconocer,
en cada palmo de mi historia,
la tuya propia,
la que identificas como tuya.
La que pretendes solo tuya.

Mírate.

Prefieres pensar que no tienes ninguna pista de lo que ocurre.
Que no sabes a dónde se dirigen los eventos.
Que no vislumbras la historia detrás de los accidentes.
Todo es una trama.
Encontrar su nudo es la clave para resolverla.

Sospechas lo que viene.
O crees que lo sospechas y te quedas ahí.
No quieres aceptar que ya la has vivido.
Dentro de ti, lo sabes todo.
Conoces los personajes,
las acciones de cada uno,
lo que te espera.

Pero quisieras no conocerlos.
Quisieras ignorar la historia,
para que te sorprenda.
Quisieras no saber en qué termina,
pero lo sabes de antemano.
Todo parece tan obvio…
¿Por qué no puedes ver esto en tu propia vida?

Obsérvala como si fuera una ficción:
desde fuera.
Abstráete de ella.
Olvida que estás dentro de ella.
Todo será evidente,
claro.
Sabrás a dónde va.
Podrás decidir si repites las viejas acciones,
avanzar hacia el fracaso otra vez,
dejarte engañar por quienes están alrededor.

No me crees, ¿verdad?
Te estás preguntando
cuál es esta historia
que repites una y otra vez.
Quieres saberlo.
Quieres confiar en mí,
pero no puedes.

Te mientes:
no quieres creerme.
De hecho,
quieres que no sea verdad.
Vislumbras detrás de mis palabras
el enorme hastío
de quien ha llegado casi al límite
de no desear nada más. Casi.

Aciertas:
quedan en mí anhelos fuertes.
¿No es acaso algo de venganza
lo que percibes en mi tono?

En mi “tono de voz”,
pensaste,
pero olvidas que ya no tengo tono.
Pero la palabra lo tiene.
Tú lo percibes y se lo añades.
Quien interpreta
pone tanto de sí en la lectura,
que dos personas distintas
no leen jamás
el mismo texto.

Así que, léelo (óyelo) bien:
ese tono de voz viene de tu interior.
Lo reconoces,
lo encuentras
y lo activas con solo leerme otra vez.

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