Código de vestimenta

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Hace unos días, tuve que cumplir mis deberes al atender la reunión de padres de la escuela a la que asiste mi hijo y a la que, en su momento, asistirá mi hija. Estas reuniones suelen estar cargadas de información administrativa de rigor. No son mis reuniones favoritas, no lo voy a negar. Igual hay que ir.
Conforme avanzaba la noche, se tocaron muy diversos temas, desde presentar al personal docente hasta el código de vestimenta para los padres.
Sí. Leyó bien. Para los padres, no para los hijos.
La vestimenta de los niños y niñas está asegurada por el uniforme. Agradezco estos tiempos en que las niñas ya no están obligadas a ir con enaguas, como me tocó a mí en su tiempo, así que tampoco es tan necesario ya advertir en contra de las minifaldas. ¿Cierto?
Cuál fue mi sorpresa cuando se comenzó a explicar en qué consistía el código de vestimenta para los padres. Me corrijo: no fue para los padres. Fue para las madres.
Aun cuando se decía que era “en general”, los ejemplos que se pusieron fueron de mujeres que llegaban casi en pijamas a dejar a sus hijos o en minifaldas reveladoras, en especial, cuando las madres se inclinaban a recoger algo o a abrir la cajuela de sus vehículos.
La persona que exponía en el escenario, una mujer, por cierto, trató de añadirle algo de mímica a la explicación, de modo que no quedara la menor duda de lo que estaba solicitando. “Y yo —decía, mientras gesticulaba moviendo los brazos— al ver esto, poniéndome detrás de ellas, para que los guardas no las vieran”.
Hasta aquí, no creo que esta sea una historia anómala. Muy por el contrario, es lo que siempre se nos dice a las mujeres: “no mostrés los pechos, no te pongás minifaldas, no te agachés con enaguas, no te pongás ropa tallada”.
La docente continuó, aduciendo que la institución estaba llena de muchachos y que ella no podía controlar lo que pasaba por sus mentes.
Como siempre, para variar, la mujer es entonces la que tiene la culpa de los pensamientos retorcidos de los “pobres” adolescentes en etapa de revoltijo emocional.
Los pensamientos “pecaminosos” se producen en las mentes de los hombres —los estudiantes, los guardas, los padres, los docentes— pero somos las madres las que debemos guardar el decoro. En ningún momento se mencionó que los hombres debían cuidarse de no llegar en pantaloneta o con ropa ajustada, “por los pensamientos que podrían pasar por las cabezas de las muchachas”. Sí, cómo no, ¡como las muchachas no tienen hormonas ni pensamientos sexuales cruzan sus cabezas! O tal vez sea porque verle a un hombre las piernas peludas puede ser más antierótico que provocativo. El caso es que nada se mencionó de los padres, solo de las madres.
Las estadísticas prueban que las mujeres son violadas sin importar su vestimenta. Son agredidas tanto si usan minifaldas como si usan ropa floja y holgada. Son irrespetadas tanto si usan anteojos como si no los usan. Son acosadas si son hermosas o si no lo son. Incluso son abusadas aunque tengan discapacidades físicas y mentales. El único requisito real para ser objeto de agresión sexual, en cualquiera de sus formas, es ser mujeres.
No. Me corrijo. No es ser mujeres. Es tener la malísima suerte de cruzarse con un reverendo imbécil que tiene deseos pecaminosos de asaltar sexualmente a una mujer. O a un hombre. ¿O es que pensaban que solo las mujeres son objeto de abuso? Pero a ellos nadie les dice: “te vestiste provocador, fue tu culpa”.
Es hora de dejar de pensar que vamos a resolver la situación de una institución educativa con un código de vestimenta moralista impuesto a las mujeres por otras mujeres.
No se me malentienda. A mí no me gusta usar minifaldas ni enaguas, del todo, así que no estoy defendiendo el uso de ningún estilo de ropa en particular. Si alguien quiere defender eso, que lo defienda. No seré yo. Y sobre todo no seré yo, porque he tenido que vivir el acoso callejero con cualquier ropa que ande, floja o tallada, corta o larga.
Mi problema no es con la ropa, es con la actitud. Creer que arreglar la ropa es moldear la actitud es un error. En especial, creer que arreglar la ropa de la víctima va a acabar con los victimarios es un error más grande todavía. El problema de actitud está en la mirada de los hombres no en la ropa de las mujeres.
En mi mundo ideal, en mi escuela ideal, la docente que con tanta vehemencia llamaba a las madres a vestirse de forma decorosa no habría dicho: “tápese porque la están viendo”. Habría dicho: “Siéntanse seguras, mamás, porque en este colegio les enseñamos a nuestros varones a respetar a las mujeres. Sepan, madres, que sus hijas están seguras no porque las tapamos de las miradas lascivas de los guardas, sino porque hemos educado a nuestros hombres (guardas, estudiantes, padres, docentes, directores) para respetar a las mujeres a toda costa; aunque estuvieran desnudas, no las tocarían porque conocen el autocontrol”.
O mejor aún: la ropa no habría tenido que generar ningún comentario del todo. Eso sí, habría visto directrices sobre el abordaje de una visión inclusiva, equitativa y respetuosa del género en el aula.
En cambio, lo que se dijo de manera implícita es más preocupante: las niñas y las madres de esa institución son mujeres en riesgo —y son demoníacas tentadoras—, porque nadie piensa que educar a los hombres sea necesario. Ellos seguirán siendo una causa perdida y son las mujeres las responsables de no provocarlos. Son las mujeres las que deben autorregular sus ropas y no los hombres los que deben autorregular sus instintos.
Cuesta mucho dejar en evidencia las raíces de una visión patriarcal del mundo. Estas pequeñas cosas, estos pequeños detalles, son tan solo una muestra de los muchos cambios todavía pendientes en nuestra sociedad que se dice libre, tolerante, abierta y favorecedora de los derechos para las mujeres. Y, sin embargo, todavía sentimos que es necesario decirnos cómo vestir para que los hombres nos vean o, como en este caso, para que no nos vean, no piensen, no sientan y, por lo tanto, no nos asalten.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2017. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

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3 comentarios sobre “Código de vestimenta

  1. Qué ejemplo más bueno para sintetizar tantos códigos no explícitos y una forma de estructurar donde uno no es responsable de sus actos (sobre todo si es hombre) y la culpa es de los otros (sobre todo de ellas). Me están gustando mucho tus escritos. Llegué aquí a través de Nisaba, un blog muy útil y ameno, no dejes de escribir en él, es de gran ayuda 🙂

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