El círculo protector

Cerró los ojos. Estaba exhausta. Mientras su mente comenzaba a bajar la guardia, en la penumbra entre la vigilia y el sueño, escuchó voces a lo lejos. Parecían los cantos de una iglesia. “¿A esta hora?”, se preguntó. “¿Qué feligreses podrían estar reunidos a esta hora?”. Trató de escuchar, pero no oyó nada. No mientras su mente seguía repitiéndose “no a esta hora…”. Volvió a cerrar los ojos, a sumirse en un silencio interior, y volvió a escuchar los cantos. De nuevo su mente, al reconocerlos, se despertó en un sobresalto. “¡Sí, cantan!”, se repitió. “¿Dónde…?”, pero se desvanecieron los sonidos. Los cantos desaparecían cuando su mente racional intervenía para tratar de interpretarlos.
Decidió, la tercera vez, permanecer alerta. En lugar de un duermevela, de un casi quedarse dormida, casi despierta, inició el esfuerzo monumental de alcanzar el silencio consciente. Y ahí, desde ese silencio, escuchar, sin permitirle a su mente moldear los sonidos, interpretarlos, hacerse ideas preconcebidas de ellos. Tan solo escuchar… Los cantos comenzaron de nuevo. Era un vaivén monótono entre alabanzas y lamentos. Los tonos subían y bajaban, en un ritmo eterno. Haciendo un gran esfuerzo para mantener el trance, comenzó a caminar en la dirección de la que provenía el sonido. Avanzó hacia el corazón del bosque. Las voces se hicieron más claras. La música fue cambiando su tono. Había creído que sería un canto de iglesia, pero no podía distinguir las palabras. El lenguaje se le fusionaba con los acordes, pero los acordes no le hablaban de cristianismo. Las voces se fueron haciendo más y más fuertes. Vio un resplandor. La fuente de la luz era la misma fuente del canto. Corrió, ya no era necesario hacer un gran esfuerzo para que el canto tenue se elevara por encima de los demás ruidos, ahora podía escucharlo sin interrupciones, las voces agudas de las mujeres eran coreadas por tonos bajos, ahora perceptibles. Siguió avanzando hasta vislumbrar un claro en el bosque, dentro del cual seis dólmenes formaban un círculo. Corrió hasta llegar al centro del círculo. En ese instante, todo se detuvo: la luz cesó de brillar, las voces dejaron de cantar. No había nadie. No había fogata alguna, o personas reunidas. Pero esta era la fuente del sublime sonido, estaba segura.
Decidió permanecer en ahí, en el centro. Se sentó, cerró los ojos, e hizo de nuevo silencio. Durante los primeros minutos, no ocurrió nada. Luego los cantos comenzaron de nuevo, esta vez a su alrededor: claros, rítmicos, firmes… Estaban ahí, sin estar ahí. Una voz se desprendió del conjunto, esta le habló en su propia lengua: “Todo suelo que ha sido sagrado alguna vez, permanece sagrado. Su voz es audible para quienes puedan escuchar. Sus cantos son eternos. Mientras permanezcas en el círculo, te guardará la magia de nuestra voz”.
Se despertó. Todavía estaba al pie del árbol, en plena ciudad. Miró a los demás. El círculo protector… Ahora sabía a dónde ir.

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Sientes el cambio

Sientes el cambio. No es perceptible, pero lo sientes en la falta de resistencia. Ya no es tan difícil guardar silencio. Ya no debes hacer un esfuerzo; simplemente estás ahí, callada, escuchando. Pero todavía es artificial, todavía es incompleto. ¿Por qué? Una nueva emoción ha reemplazado a la anterior. En lugar de la compulsión incontrolable por hablar, expresarte, hacerte oír, ahora encuentras una reacción de molestia ante las interrupciones. ¿Por qué no se permiten hablar entre ellos? ¿Por qué nadie está escuchando? Todos están tomando la palabra por tomarla. La están desgastando en cada frase incoherente, cada idea inconclusa, cada balbuceo sin sentido, cada rodeo sin dirección. Se te hace una pérdida de tiempo. Tu reacción emocional salta en formas diversas: enojo, aburrimiento, decepción, distracción, falta de deseo… Ya no sabes qué tienes. Solo sabes que el silencio te está rodeando, te está acorralando, te está obligando a buscar la soledad en lugar del encuentro. Te retiras hacia dentro de ti misma; aunque no lo sepas, aunque los demás te vean tan normal. Sus vidas siguen, te das cuenta. Y pueden vivir sin ti. No les hace falta tu cháchara sin sentido, tus insidiosos comentarios, tus críticas catárticas. No. Pueden vivir bien sin ti. Lo han demostrado. Nadie es indispensable.

Y sin embargo, a pesar de todo, aún sabes que no has alcanzado el silencio pleno. No el interno. No el de la palabra visible, escrita, tallada. Todavía bulles. Ya no hablas, pero escribes. Ya no alzas la voz, pero a veces tu silencio es un grito. Y otros también lo sienten.

No sufras. No llores. No calles. No es callar el silencio. Es la ausencia de emisión. El silencio es un estado de quietud. Ahora me doy cuenta. Aquí, sin voz, en el fondo de esta caverna de la que no habré de salir más en esta encarnación.
Escúchame bien, siéntete y siénteme. Somos una y la misma. ¿Cuántas veces te lo he dicho ya? Si ahora puedo rozar el silencio, entonces tú también lo has hecho. La experiencia, el recuerdo, están en ti porque están en mí. Búscalos, hazlos emerger. ¿Lo sientes? Tus lágrimas me dicen que sí. Porque yo lo siento y es mi experiencia de este instante la que tú estás recordando, reviviendo… ¿Te das cuenta de que no hay vacío? El silencio no es ausencia de ruido; no es ausencia. Punto.

El origen de tu enfermedad

No comprendes los síntomas de tu cuerpo. Todavía piensas que un dolor de cabeza, un ardor de garganta, un dolor en el pecho son el producto de alguna patología cotidiana, explicable solo por la interacción entre tus huesos, músculos y venas. Crees en la ciencia médica y en lo que te ha dicho. Nada hay en el ser humano fuera del cuerpo físico visible, tangible, palpable.

Por eso no comprendes el origen real de tu enfermedad. Por eso buscas y buscas en tus recuerdos la corriente de aire que te dio una gripe más fuerte de lo común y el estornudo ajeno que trajo hasta ti un virus violento, capaz de anidarse en tu laringe, inflamarla y hacerla callar bajo un ardor indecible. Literalmente indecible, sin tu voz.
Los médicos, igual que tú, tantean y tantean tu historia personal, te interrogan sobre lo que hiciste, bebiste o gritaste. Te analizan la sangre y buscan los indicios de alguna de las muchas enfermedades identificadas, clasificadas y organizadas en su corpus de saber.

Su ciencia no deja nada en claro. Te miran perplejos tras su inmenso esfuerzo por no parecer desconcertados. Guardan un gesto grave, disimulan su ignorancia y te cambian la receta.

—Probemos esto.

Y te vas a la farmacia con una inyección nueva, una pastilla nueva, un ungüento nuevo… Ninguno, ni uno solo, te hace efecto.

No conocen –no pueden conocer– la causa real de tu afección. No busques más en la ciencia externa, una ciencia en pañales, en pleno estado incipiente de desarrollo. Avanza ahora hacia la ciencia oculta y aprende nuevas premisas para comprender la naturaleza. Conocerás el mundo de las causas. Solo entonces tu enfermedad –y su cura– serán transparentes para ti.

Los milagros

Los milagros. ¿Qué son los milagros? ¿Acaso retar la realidad más contundente? ¿Desafiar las leyes de la física o la medicina? ¿Una venturosa casualidad? ¿El soplo de las alas de una mariposa? Los milagros. Esos tan ansiados, soñados, deseados y solicitados milagros en las lágrimas de los devotos, en las rodillas de los penitentes, en los pies hinchados de los romeros, en los bastones de los peregrinos. Los milagros cuando se piden con auténtica fe dejan de ser teatro, dejan de ser esperanza, dejan de ser sueño… Se acumulan y convierten en energía pura dirigida con un objetivo único y bien definido. El milagro siempre es derivado de una enunciación, de una correcta enunciación. El orante pide y la Señora escucha. La lágrima se suelta y alimenta la petición. El objeto, la ofrenda, es una instrucción clara y precisa de aquello solicitado. La gratitud es una obligación, una vez recibido el milagro. Estas reglas básicas las saben los romeros de todas las épocas; incluso aquellos cuyo destino no es Roma sino Guadalupe, Fátima, Lourdes o el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. Con el monumental esfuerzo de caminar, de enfocarse, de ir, se pide el milagro. Con el mismo esfuerzo en forma de ofrenda, se dan las gracias. La Señora, compasiva, responde a quienes abren y traen un corazón sincero. La Señora jamás cierra sus oídos. Sus miles de ayudantes, con amor y compasión, escuchan los ruegos y se preparan para ayudar a realizarlos.
¿Y yo, qué pido? ¿Y vos, qué pedís?

Camp NaNoWriMo agosto 2012

Dentro de pocas horas se inicia la segunda maratón de escritura del año 2012, esta vez con el campamento NaNoWriMo del mes de agosto. Mi primera experiencia en el Mes Nacional de Escritura de Novela fue un fracaso. Para la segunda vuelta, había aprendido mis lecciones y logré terminar con dos días de anticipación. La tercera vez, en junio de este año, logré terminar a pesar de todo: la gripe, la laringitis, mis labores cotidianas…

Ahora vengo por más.

La historia que comencé en noviembre del 2011 no se ha terminado; y si bien la regla de la maratón es escribir una historia nueva cada vez, a mi propósito personal le sirve más seguir añadiéndole escenas y conflictos a mi experimento novelístico, de cincuenta mil en cincuenta mil palabras, si es necesario. Esta será la tercera jornada de escritura y, espero, la última para comenzar el proceso de revisión.

¿Dónde está la ganancia? En los metros y metros de páginas arrebatadas del silencio gracias a la fuerza de voluntad. La motivación de llegar hasta la meta me ha obligado siempre a no fenecer, a escribir sin pensar, a soltar toda la porquería sobre la página en blanco. De cuando en cuando, en medio de la basura, van apareciendo las joyas. Cuando se tienen suficientes, hasta van formando un patrón. Así, si de ciento cincuenta mil palabras lograra cincuenta mil buenas, ya tendría un gran éxito y sería esta, sin duda, una maratón con más beneficios que la satisfacción de llegar hasta el final.

¡Que comience el reto!

Hasta la piedra se convierte en polvo

—¿Cuánto de lo que hoy hacemos recordaré en un año, en diez, en cien?
—Muy poco. Tal vez la huella de este momento. Tal vez algunas de las sensaciones. Tal vez un aroma inadvertido. Pero los detalles… los detalles se borran, los rostros se gastan, las voces desaparecen. Quien llegues a ser reemplazará a esta que eres ahora. Y la que eres ahora, la que tan segura te crees ser, la que con tanta firmeza cree estar haciendo lo correcto en este instante, se habrá desvanecido. Y la futura yo no sabrá con precisión por qué tomaste esta o aquella decisión. Será como ver a alguien más, a alguien que eras tú y no eras tú.
—Entonces hagamos un esfuerzo supremo por recordar lo que de este momento podamos recordar. No miento cuando te digo que esto me gustaría dejarlo grabado en piedra.
—Y no miento cuando te digo que hasta la piedra, tarde o temprano, se convierte en polvo.

Los sabios de los árboles

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En todas las culturas, en todas las épocas, los sabios de los árboles son quienes han conocido el secreto. Han cambiado de nombre, de un pueblo a otro. Han reconocido a los dioses en muchas de sus formas: a veces como un roble, otras como un fresno, unas más como un tejo. Baianos, baobabs, robles, ceibas… Algunos árboles son más favorecidos que otros, pero en todos habita alguna de las vidas del mundo espiritual. Y de estas vidas, algunas son pequeñas y otras colosales.

Los sabios de la antigüedad sabían cómo hablar con estas vidas colosales. Las pálidas sombras de las historias de antaño solo conservan palabras crípticas, como “dioses”, para referirse a estas entidades antiguas que se han sacrificado por la humanidad.

Si lees la leyenda una y otra vez, en un pueblo y en otro, verás siempre algunos rasgos comunes que apuntan hacia la verdad oculta y conservada solamente por los antiguos sabios. Estas entidades mayores, estos señores del tiempo y de la vida, se han ofrecido a sí mismos para crear en la tierra puentes de contacto entre el reino divino y el humano. Han sacrificado su propio camino evolutivo por compasión y amor. Y así han elegido permanecer tanto tiempo como les sea posible.

Los árboles son las criaturas más grandes y longevas que han conocido los humanos.

Ahí donde un árbol colosal se levanta, la vida crece y se multiplica. La vida bulle. La vida vive.

¿Quieres ser uno de los nuestros? ¿Quieres pertenecer a la antigua orden de los sabios de los árboles? Entonces deberás aprender a ver con ojos no humanos, a oír con oídos divinos, a sentir como sienten los espíritus y los dioses. Has de ver más allá del velo de lo que llamas realidad para percibir al señor en cada árbol, rama, raíz y planta del planeta.

El árbol es el espíritu y el sabio su voz. Por eso has de aprender a callar y escuchar, pero también a hablar y enunciar. Escucha el susurro de los árboles para que puedas emitir su canto. El oráculo ha hablado.

Fotografía: Jacqueline Murillo Fernández, 2010, Monteverde, Costa Rica.

Se ha hecho el silencio

Se ha hecho el silencio y no te has dado cuenta. Ya no caen las gotas de lluvia en las latas henchidas de agua. Ya no descienden los chorros por los bajantes de agua. Nadie ha despertado aún y el silencio es total. Escuchas tu respiración. Ningún otro sonido atrae tu consciencia. El ruido ha terminado y no te has dado cuenta. ¿Por qué? Lo habías hecho a un lado. Lo estabas ignorando. Cuando tu atención lo soltó por fin, cuando dejaste de emitir juicios sobre el ruido, simplemente desapareció. Dejó de alimentarse de ti. No podía sino detenerse.

El ruido lo creas tú. Puedes estar en silencio en medio del barullo externo más brutal. Puedes hacer ruido en medio del silencio externo más perfecto. El ruido lo creas tú. Suéltalo y encontrarás la paz. Recuerda este instante de silencio para cuando te sientas desfallecer por el esfuerzo de alejar el barullo.

¿Cuál vergüenza es mayor?

—El descubrimiento de las esferas es una de nuestras mayores vergüenzas.

—Y de sus más grandes tesoros.

—¿Cómo es posible que las encuentren y, en lugar de preservarlas, las remuevan sin pensar y se las repartan como basura?

—¿Qué esperabas que hicieran?

—¡Por Dios! Que ya habían descubierto hacía un siglo las ruinas mayas, ya Occidente había hecho el ridículo de dispararle a la Esfinge y ya se estaban excavando sitios arqueológicos de valor en India y la antigua Mesopotamia. ¿No te parece que para la década de los cuarenta ya era hora de tenerle un poquito de respeto al pasado?

—Es la misma época en que hacen brutalidades en las pirámides para robarse las riquezas de las tumbas de los faraones. ¿No has oído hablar sobre la maldición de Tutankamón?

—Sí.

—¿Recuerdas el año?

—No, pero me lo vas a decir.

—1922.

—Casi veinte años antes.

—Muy pocos para que la humanidad aprenda algo de valor, ¿no te parece?

—¿Tan brutos somos?

—Tan brutos somos que mientras aquí estaban removiendo piedras para plantar bananos, Hitler invadía Polonia y comenzaba la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuál vergüenza te parece mayor? ¿Sembrar banano o tratar de exterminar a una nación?

Ambos se callaron.

(Nota: este extracto forma parte de mi cuota de hoy para CampNaNoWriMo. Se publica crudo, como salió de mi teclado).

Camp NaNoWriMo: una novela en treinta días

Hoy es el primer día de junio. ¿Qué significa esto para quienes amamos participar en maratones de escritura? Ha comenzado de forma oficial la primera oportunidad para participar en el Campamento NaNoWriMo, la edición veraniega del National Novel Writing Month: el mes nacional de escritura de novelas, que se da cita en noviembre de cada año desde 1999.

El evento reúne escritores y escritoras de todas las latitudes, a través de un sitio web en donde se le da seguimiento al progreso diario de creación de una novela.

El reto es sencillo: cincuenta mil palabras, treinta días, 1666,666 palabras diarias (¡bestial número!, aunque se puede redondear a 1667). No hay requisito alguno adicional: ni calidad, ni trama ni pulimento para publicación. Solo el deseo de escribir y obligarse a llegar hasta la meta, sin importar procrastinaciones, resistencias, autosabotajes, excusas y demás mecanismos del inconsciente para evitar cumplir el objetivo: escribir sin reservas ni trabas de ninguna especie.

La fundación a cargo de la actividad, The Office of Letters and Light, ha extendido el reto de escribir una novela en treinta días a tres oportunidades distintas en el año: junio, agosto y noviembre.

Elija cuál le conviene más y no lo piense, únase al campamento y ¡escriba! Yo comienzo hoy. ¿Llegaré a la meta? No lo sé. Ya se lo contaré.