Enunciar el mundo

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Enunciar el mundo. Esa es quizás la principal función de la palabra. Antes de ser un instrumento de comunicación, la palabra se nos muestra en las mitologías como el acto mismo de creación. Enunciar el mundo significa crearlo, hacerlo carne. Enunciar el mundo significa darle vida.
Observo a un niño que juega con una niña. El sol dorado de la tarde cae sobre ellos. Los zancudos hacen conmigo su festín, pero dejan en paz a los niños, que están en continuo movimiento. Juntan piedras de un suelo acostumbrado a tener niños encima. Piedras que en sus manos se vuelven preciosas. Son bolas, son palomas, son tesoros. Las piedras son juguetes que se amoldan a la imaginación. Juegan con ellas, como si no existiese bien más útil en el universo. Las transforman con sus mentes, con sus palabras, en cualquier objeto que esté a su alcance. Real o imaginario, no importa. En sus manos, todo el mundo es imaginario y, por lo tanto, todo es real. Sus palabras de niños crean el universo una y otra vez.
Las palabras creadoras no son más que materia. Generadoras de materia. Son la parte más concreta y más densa de la creación. Son la lengua y la voz, pero no son la divinidad misma. El verbo es el dios más cercano a la muerte, porque es el que manifiesta el mundo que llegará, a su debido tiempo, a su inevitable destrucción.
El Dios que habla, que enuncia el universo, a veces parece un niño jugando con sus piedras o, con su arcilla, dicen las historias antiguas. Un niño que convirtió la arcilla en un sueño, el sueño en una palabra, la palabra en una realidad. Y le insufló la vida. La palabra, aliento divino, creó el mundo, creó lo que llamamos vida. ¿Es esto la vida o es tan solo un instante mientras se desvanece el aliento de un dios que nos canta para existir?

© Jacqueline Murillo Fernández, 2017. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

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Se adentró en el bosque

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Se adentró en el bosque. Por un instante sintió un leve mareo, tal vez provocado por el aroma a musgo fresco o quizás por un aire más cargado de oxígeno de lo que estaba acostumbrada a inhalar. Sentía la humedad en los poros de la piel, aun sin que cayera una sola gota de agua. Los sonidos del bosque hacían coro, en un silencio plagado de vida y movimiento adivinado, sin ser visto.
Con cada paso, bosque adentro, dejaba atrás un fragmento de sí misma. Su pasado, su mundo como lo había creído acabado y listo, se estaba desvaneciendo. Tenía miedo. Lo sabía. Pero no del bosque. Tenía miedo de esta mujer que llevaba por dentro y que se sentía a cada minuto más cómoda entre los árboles. Su pánico le gritaba que regresara. Quería paralizarla. Su respiración se aceleró y comenzó a sentirse como si algo le oprimiera el pecho. Era una angustia indecible. Quiso volver, pero ya no veía su propio camino. Ya no se veía más que follaje en todas direcciones.
Unos pasos más y sus pies fueron envueltos por una raíz. Cayó, rodó, se ensució. No más ropa limpia. No más manos sin tierra. No más vida de papel y lápiz. Estaba aquí, sola. Gritó, primero con timidez. Luego a todo pulmón. Miró hacia arriba. Una lluvia muy fina comenzó a caer. La copa de este árbol inmenso, altísimo, se estremeció suavemente. Desde arriba, desde la copa del árbol, unos rayos de sol se suspendían en las gotas de lluvia que la acariciaban, la tranquilizaban, se absorbían en sus ropas sin hacerla pensar en frío, esta vez, sino en la fuerza que podía llamar de las aguas. Se quedó unos instantes inmóvil, con los ojos cerrados, respirando, con el pecho abierto y el rostro hacia la copa invisible de un árbol que había decidido acogerla en su instante de pánico. Poco a poco el miedo se iba retirando. Este bosque era suyo. Y ella era del bosque. Reconocerlo hacía replegarse sus miedos. Ahora lo entendía. No era a sus atacantes a quienes temía; era a sí misma… A un yo antiguo, irreconocible, hasta ahora oculto en esta fachada de juventud e inocencia que la había hecho equivocarse ya tantas veces en tan poco tiempo.

Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Las palabras perdidas

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Ahí estaban las hojas, sí, pero no podía distinguir mi propia escritura. Ininteligibles garabatos llenaban las páginas. Horas de trabajo, mis más grandes versos y no podía comprenderlos. No era solamente yo. Frenético, desesperado, toqué a la puerta de mi casera. Perdida toda noción del tiempo, debí soportar primero sus insultos por despertarla a medianoche. “Por favor, lea esto. Dígame qué dice”. “¿Que lea qué?”. “¡Esto!”, le gritaba desesperado. “¿Qué? Ahí no dice nada”. Estaba fuera de mí. No entendía. Mi obra, mi gran obra, no solo estaba perdida para mí. Debía estar equivocado. Estas no podían ser las hojas en las que había destilado mi más pura creatividad poética. Acusé a la vieja de entrar a mi habitación y robar mis cosas. Me respondió con un portazo y un “váyase para la mierda”. Me devolví a buscar por todas partes. No quería pensar en la posibilidad de un robo tampoco, porque eso sería admitir que mi texto estaba perdido. Levanté el colchón, revolqué mis pertenencias, busqué signos de intrusos en mi cuarto. Nada. “Bueno, me dije, soy el poeta, soy el creador, puedo escribir todo de nuevo”. Y tomé hojas limpias, mi pluma (sí, lujo de escritor de tiempos modernos el de todavía usar pluma para escribir) y me senté en la mesa. Un imaginario reloj comenzó a sonar en mi cabeza. Digo imaginario porque ni eso tenía en aquel cuartucho. Me llevé las uñas a la cara, me estiré en la silla, me eché a morir sobre las páginas. Nada. Ni una palabra. No podía recordar ni una sola de las palabras vertidas la noche anterior. El amanecer me encontró con los ojos vidriosos por las lágrimas de quien por un breve instante tuvo sus sueños en las manos y los perdió.

Diálogos con el maestro: ¿Cómo te contactaré cuando me vaya?

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—¿Cómo te contactaré cuando me vaya, cuando esté lejos?
—Ya te he enseñado la técnica, ya lo hemos hecho antes. ¿Por qué me preguntas de nuevo?
—Tengo miedo de olvidar. Temo no ser capaz de recordarte, de saber quién eres, por qué debo llamarte, por qué debo buscarte.
—Repasemos de nuevo los pasos: primero debes vivir un tiempo en el mundo del olvido, entre los dolores humanos. Luego, cuando las experiencias hayan sido suficientes para mostrarte el vacío en tu interior, comenzarás a sentir una necesidad de guía, una búsqueda de luz, un llamado.
—Pero cuesta reconocer el llamado. Es la parte más difícil. La última vez, maestro, lo confundí con la búsqueda del éxito y del poder.
—Ya sabes dónde no me encontrarás, pero me buscarás ahí de todas maneras. Ya sabes cómo no me contactarás, pero lo intentarás de todas maneras. No importa cuántas veces te diga “haz esto”, siempre serás como una niña pequeña y buscarás las figuras más llamativas y coloridas primero.
—¿Cómo puedo evitarme tanto dolor, tanto vagar sin sentido antes de llamarte otra vez?
—No puedes, no todavía. Cada vez será más fácil que la anterior. Solo después de equivocarte tantas veces como sea necesario, comprenderás la verdad: no me encuentras detrás de las flores llamativas y los fuegos artificiales. Estoy en la caverna oscura, ahí en donde se necesita una antorcha para entrar.
—Y entonces iré a la caverna, sin luz todavía, y te buscaré en la oscuridad, dando tumbos y cayendo por precipicios ocultos a mi ciega vista.
—Hasta que hayas encendido la luz. Tu visión será limitada, pero ahora, con más prudencia y madurez, seguirás avanzando.
—Si no desmayo, si confío en la antorcha de mi mano, si me sostengo en el camino, te encontraré.
—Me encontrarás.
—Y diré tu nombre.
—Y responderé a tu voz.
—Y volverás a guiarme como lo haces hoy.
—No, no como lo hago hoy. Pero volveré a guiarte y tu prueba será aprender a escuchar.

Diálogos con el Maestro: Tengo miedo de equivocarme

—Tengo miedo de equivocarme, Maestro. Miedo de no hacer bien mis labores. De arruinar los esfuerzos que hemos venido realizando.
—¿Cuál es tu nivel en el sendero?
—Soy apenas una aspirante.
—¿Cuál es el grado de iluminación que has alcanzado?
—Unos pocos vislumbres, maestro. Apenas comienzo a despertarme.
—¿Hasta dónde llega tu sabiduría?
—Aún es escasa, Maestro. De sabiduría no puedo jactarme.
—¿Cuánta experiencia tienes en el servicio?
—Estoy dando mis primeros pasos, Maestro.
—Entonces acepta con amor tus lecciones. Vívelas. Exprímeles hasta la última gota de aprendizaje. En tu error subyace la sabiduría. En tu equivocación, el conocimiento superior. En tu humildad, la capacidad para seguir acrecentando tu estatura interior.

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Días ha que no escucho tu voz

—Maestro, días ha que no escucho tu voz, que no sigo tus palabras, que no escucho tus pasos.
—Eres tú, hija, la que ha estado lejos. Necesitabas descanso y lo tomaste. Necesitabas reposo y lo tuviste.
—¿Estás acaso enojado conmigo, Maestro, por mis largos días de ausencia?
—¿Cómo podría estarlo, si el descanso es una de las necesarias facetas de la vida? No podrías alcanzar nada si tu cuerpo fallase por falta de vitalidad o de salud. Es tu deber cuidar de él y hacer que esté en pleno funcionamiento cuando se te llame a la acción.
—Gracias, Maestro. Estoy ya de vuelta y quiero seguir mi camino a tu lado, pero me cuesta escuchar todavía la voz que me dicta los versos.
—¿Has procurado guardar silencio?
—No, Maestro. Por el contrario, me he abandonado al ruido del mundo, al ruido interno, al ruido desde todos lados.
—¿Cómo aspiras entonces a escuchar la voz interior?
—¿No vendrá a mí sin más, con solo desearlo?
—La voz, lo sabes, siempre está ahí, pero sin silencio te será imposible escucharla.
—Pero yo pensé que ya por haberla alcanzado alguna vez…
—¿…que sería igualmente fácil de alcanzar siempre? No, hija, no es así. Deberás siempre hacer el esfuerzo si deseas acallarte lo suficiente para escuchar la voz del silencio.
—¿Y cómo hacer ahora? ¿Corro acaso el riesgo de no volver a escuchar ningún sonido, ninguna historia, ningún verso? Desde que te he venido a buscar, no he escuchado nada. Hay vacío en donde una voz armoniosa debería susurrar la más bella poesía jamás escuchada por mis oídos.
—No trates de forzarla. No será por obligación o persistencia que la voz decida alcanzarte. Deberás aspirarla otra vez, ofrecer tus servicios, volverte a convertir en su escriba.
—Pero Maestro, apenas he escrito cuatro líneas y ya siento un cansancio sobrenatural, una sensación de incapacidad para seguir escribiendo, una pesadez incombatible.
—Ten paciencia. Volver a escribir tras un largo periodo de letargo es similar a volver a caminar tras yacer mucho tiempo en una cama. Los músculos han olvidado cómo moverse. Los huesos han olvidado cómo sostener su peso. Paciente, sin prisa, avanza un verso a la vez, un poema a la vez. Pronto, sin que te des cuenta, estarás escribiendo galeradas de nuevo. Ahora ve y comienza en calma, por algo sencillo, por algo pequeño. Procura escuchar una sola palabra. Todo lo demás vendrá después.

El círculo protector

Cerró los ojos. Estaba exhausta. Mientras su mente comenzaba a bajar la guardia, en la penumbra entre la vigilia y el sueño, escuchó voces a lo lejos. Parecían los cantos de una iglesia. “¿A esta hora?”, se preguntó. “¿Qué feligreses podrían estar reunidos a esta hora?”. Trató de escuchar, pero no oyó nada. No mientras su mente seguía repitiéndose “no a esta hora…”. Volvió a cerrar los ojos, a sumirse en un silencio interior, y volvió a escuchar los cantos. De nuevo su mente, al reconocerlos, se despertó en un sobresalto. “¡Sí, cantan!”, se repitió. “¿Dónde…?”, pero se desvanecieron los sonidos. Los cantos desaparecían cuando su mente racional intervenía para tratar de interpretarlos.
Decidió, la tercera vez, permanecer alerta. En lugar de un duermevela, de un casi quedarse dormida, casi despierta, inició el esfuerzo monumental de alcanzar el silencio consciente. Y ahí, desde ese silencio, escuchar, sin permitirle a su mente moldear los sonidos, interpretarlos, hacerse ideas preconcebidas de ellos. Tan solo escuchar… Los cantos comenzaron de nuevo. Era un vaivén monótono entre alabanzas y lamentos. Los tonos subían y bajaban, en un ritmo eterno. Haciendo un gran esfuerzo para mantener el trance, comenzó a caminar en la dirección de la que provenía el sonido. Avanzó hacia el corazón del bosque. Las voces se hicieron más claras. La música fue cambiando su tono. Había creído que sería un canto de iglesia, pero no podía distinguir las palabras. El lenguaje se le fusionaba con los acordes, pero los acordes no le hablaban de cristianismo. Las voces se fueron haciendo más y más fuertes. Vio un resplandor. La fuente de la luz era la misma fuente del canto. Corrió, ya no era necesario hacer un gran esfuerzo para que el canto tenue se elevara por encima de los demás ruidos, ahora podía escucharlo sin interrupciones, las voces agudas de las mujeres eran coreadas por tonos bajos, ahora perceptibles. Siguió avanzando hasta vislumbrar un claro en el bosque, dentro del cual seis dólmenes formaban un círculo. Corrió hasta llegar al centro del círculo. En ese instante, todo se detuvo: la luz cesó de brillar, las voces dejaron de cantar. No había nadie. No había fogata alguna, o personas reunidas. Pero esta era la fuente del sublime sonido, estaba segura.
Decidió permanecer en ahí, en el centro. Se sentó, cerró los ojos, e hizo de nuevo silencio. Durante los primeros minutos, no ocurrió nada. Luego los cantos comenzaron de nuevo, esta vez a su alrededor: claros, rítmicos, firmes… Estaban ahí, sin estar ahí. Una voz se desprendió del conjunto, esta le habló en su propia lengua: “Todo suelo que ha sido sagrado alguna vez, permanece sagrado. Su voz es audible para quienes puedan escuchar. Sus cantos son eternos. Mientras permanezcas en el círculo, te guardará la magia de nuestra voz”.
Se despertó. Todavía estaba al pie del árbol, en plena ciudad. Miró a los demás. El círculo protector… Ahora sabía a dónde ir.

Inspiración

Vi tus versos pero no me convencieron. No pude encontrar en ellos la vitalidad de la palabra sagrada. No, me dijiste, no se suponía que fuese sagrada, la poesía es belleza, no sacralidad. No, te respondí, te equivocas. No conoces qué es la poesía si has evadido su esencia, su auténtica esencia. ¿Qué es la esencia, me preguntaste, si no un mero invento de filósofos desocupados? No de filósofos cualquiera, de los verdaderos filósofos, te respondí. Me suenan vacías tus palabras, absurdas, indecisas, indefinidas. No sabes lo que es la poesía, me dijiste. Lo inaprehensible no puede ponerse en palabras; lo auténticamente abstracto huye de las concretas representaciones humanas. Si eres incapaz de alcanzar las más sutiles y finas abstracciones, eres incapaz de hacer poesía y de comprenderla, te dije. No me vengas de nuevo con el tema de la inspiración; eso es un cuento de viejas, un lugar común de tiempos medievales, un absurdo de románticos y hippies, me dijiste. No conoces la técnica para la correcta inspiración, no has trabajado en cómo obtenerla, no tienes la menor idea de lo que significa. No emplees palabras cuyo significado desconoces o reconoces tan solo de sus usos populares. No haces más que el ridículo y te pierdes la oportunidad de acceder la inspiración de la que hablaban los antiguos. No los ignorantes de la Edad Media; los Antiguos, los que pertenecieron a las antiguas escuelas de los verdaderos poetas, te dije, sin esperanzas de que me comprendieras. Guardaste silencio y por fin me preguntaste cómo se llegaba a la tal inspiración, a esa cosa que, de plano, dejaba ya de significar por no poder accederla del todo. No podrás hacerlo en un día, ni siquiera en un año, te dije. Necesitas de toda una vida, de varias vidas, de comprender quién eres en verdad y cómo hacer que Ese auténtico ser se exprese con plenitud en esta máscara con la que hablo. Menos me comprendiste, lo sé, pero esta vez tuviste el decoro de mantenerte callado. Y en ese silencio, en ese breve y fugaz silencio, durante un instante, la chispa de la Inspiración te tocó.

¿Será que soy poeta?

—Maestro, ¿será que soy poeta? No logro, no puedo, no consigo escribir ficción. Trato de narrar una historia, unos personajes, unas vidas, y solo capto versos. Hermosos y tristes, pero inconexos, poéticos, simbólicos versos.

—¿Y por qué sufres? ¿Por qué te quejas? ¿Ves a esa barahúnda de poetastros que me acosan con sus versos tristes y sus noches blancas, con la esperanza de que los acoja bajo mi ala y les enseñe los misterios de los bardos? Sueñan con cantarle a la diosa, deliran por escribir uno, al menos un solo verso verdadero, un verso inspirado, un auténtico canto a la Vida y a la Muerte. Sueñan con ser poetas y hasta, en su delirio, se dicen poetas sin serlo. Y tú, ¿por qué sufres de tener lo que otros tanto anhelan?

—Porque lo que soy no es lo que yo quería ser, lo que creía ser.

—Conócete a ti misma y comprenderás la vanidad de la ilusión. Déjate llevar por tu pulsión interior y exprésate sin ambages ni remordimientos. Sigue tu pluma, dale rienda suelta a tu poesía, desátala contra la mar bravía y déjala que se apodere de ti. Danza en su frenesí, llora en su tormenta, deambula en su errante camino de palabra poética. Deja atrás tus miedos. Tumba tus estructuras. Libera al poeta que hay en ti.

—¿Y si me pierdo en el éxtasis de la poesía?

—¿Y qué si lo haces?

—¿No perderé acaso la cordura, el aprecio por esta vida mundana, las habilidades básicas que me permiten sobrevivir en este mundo de varones?

—¿Y qué si lo haces?

—Dejaré de ser quien soy, me perderé a mí misma, no podré reconocer mi propio reflejo.

—¿Quién eres? ¿El reflejo o la consciencia inmutable que lo emite?

—Solo sé que no soy el reflejo.

—¿Lo arriesgarías todo por el reflejo o es el que se refleja quien importa?

—El que se refleja.

—Entonces ve y averigua quién eres, sin confundirte con tu reflejo. Y cuando lo sepas, libera al poeta que llevas dentro. Lo demás vendrá por su propio peso.

Los milagros

Los milagros. ¿Qué son los milagros? ¿Acaso retar la realidad más contundente? ¿Desafiar las leyes de la física o la medicina? ¿Una venturosa casualidad? ¿El soplo de las alas de una mariposa? Los milagros. Esos tan ansiados, soñados, deseados y solicitados milagros en las lágrimas de los devotos, en las rodillas de los penitentes, en los pies hinchados de los romeros, en los bastones de los peregrinos. Los milagros cuando se piden con auténtica fe dejan de ser teatro, dejan de ser esperanza, dejan de ser sueño… Se acumulan y convierten en energía pura dirigida con un objetivo único y bien definido. El milagro siempre es derivado de una enunciación, de una correcta enunciación. El orante pide y la Señora escucha. La lágrima se suelta y alimenta la petición. El objeto, la ofrenda, es una instrucción clara y precisa de aquello solicitado. La gratitud es una obligación, una vez recibido el milagro. Estas reglas básicas las saben los romeros de todas las épocas; incluso aquellos cuyo destino no es Roma sino Guadalupe, Fátima, Lourdes o el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. Con el monumental esfuerzo de caminar, de enfocarse, de ir, se pide el milagro. Con el mismo esfuerzo en forma de ofrenda, se dan las gracias. La Señora, compasiva, responde a quienes abren y traen un corazón sincero. La Señora jamás cierra sus oídos. Sus miles de ayudantes, con amor y compasión, escuchan los ruegos y se preparan para ayudar a realizarlos.
¿Y yo, qué pido? ¿Y vos, qué pedís?