Se adentró en el bosque

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Se adentró en el bosque. Por un instante sintió un leve mareo, tal vez provocado por el aroma a musgo fresco o quizás por un aire más cargado de oxígeno de lo que estaba acostumbrada a inhalar. Sentía la humedad en los poros de la piel, aun sin que cayera una sola gota de agua. Los sonidos del bosque hacían coro, en un silencio plagado de vida y movimiento adivinado, sin ser visto.
Con cada paso, bosque adentro, dejaba atrás un fragmento de sí misma. Su pasado, su mundo como lo había creído acabado y listo, se estaba desvaneciendo. Tenía miedo. Lo sabía. Pero no del bosque. Tenía miedo de esta mujer que llevaba por dentro y que se sentía a cada minuto más cómoda entre los árboles. Su pánico le gritaba que regresara. Quería paralizarla. Su respiración se aceleró y comenzó a sentirse como si algo le oprimiera el pecho. Era una angustia indecible. Quiso volver, pero ya no veía su propio camino. Ya no se veía más que follaje en todas direcciones.
Unos pasos más y sus pies fueron envueltos por una raíz. Cayó, rodó, se ensució. No más ropa limpia. No más manos sin tierra. No más vida de papel y lápiz. Estaba aquí, sola. Gritó, primero con timidez. Luego a todo pulmón. Miró hacia arriba. Una lluvia muy fina comenzó a caer. La copa de este árbol inmenso, altísimo, se estremeció suavemente. Desde arriba, desde la copa del árbol, unos rayos de sol se suspendían en las gotas de lluvia que la acariciaban, la tranquilizaban, se absorbían en sus ropas sin hacerla pensar en frío, esta vez, sino en la fuerza que podía llamar de las aguas. Se quedó unos instantes inmóvil, con los ojos cerrados, respirando, con el pecho abierto y el rostro hacia la copa invisible de un árbol que había decidido acogerla en su instante de pánico. Poco a poco el miedo se iba retirando. Este bosque era suyo. Y ella era del bosque. Reconocerlo hacía replegarse sus miedos. Ahora lo entendía. No era a sus atacantes a quienes temía; era a sí misma… A un yo antiguo, irreconocible, hasta ahora oculto en esta fachada de juventud e inocencia que la había hecho equivocarse ya tantas veces en tan poco tiempo.

Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

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Estoy en un bosque

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Estoy en un bosque, cualquier bosque.
Puedo crearlo como yo quiera, creerlo como yo quiera.
Puedo llenarlo de luz o de sombras,
de musgos o de hojas,
de vida o de putrefacción.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo colarme por escondrijos entre las raíces
de árboles viejos, muy viejos
o trepar por las lianas hasta las copas de los más
altos de los colosos por encima de manos de tigre y parásitas.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo poblarlo de criaturas mágicas
luminosas y oscuras, poderosas y débiles.
Puedo vagar por rincones desconocidos
entre flores y espinos,
entre frutos dulces y venenosos,
entre animales amigos y enemigos.

Este bosque es mío, con sus aguas y sus lluvias,
con sus tiempos de estío.

Se abre para recibirme,
sin luces eléctricas,
sin estruendosos motores,
sin chácharas necias.

Este bosque no está en medio de ciudades
ni rodeado por factorías humeantes.

Este bosque,
mi bosque,
mágico y hermoso,
brutal y terrible,
solo existe aquí:
entre tú y yo,
en estos versos verdes,
en estos ojos soñadores,
en este instante
de bosques desvanecidos.

Bosque adentro

¿Dónde más se encuentran las más antiguas verdades?
¿Dónde más habitan los más ancianos
de nuestros eternos señores del tiempo?
¿Dónde, sino en el bosque,
yace la semilla de la vida?

Canta, poeta, el canto del bosque.
Lleva la voz de los antiguos
hasta las colinas de asfalto,
las montañas de concreto,
las sonoras monstruosidades
que ustedes,
humanos,
reconocen ahora como
su lugar de habitación y sustento.

Canta nuestro lamento.
Llora con el llanto de la lluvia.
Llora,
te digo,
con el llanto del bosque profundo,
de la selva virgen,
de la tundra inviolada,
de la montaña protegida
por brumas mortales.

Llora con el llanto
de los arbóreos seres
que aún permanecemos,
firmes,
vitales,
sensibles,
en nuestro antiguo refugio,
la tierra que nos dio la vida,
en la tierra que nos cubrirá
tras nuestra muerte.

Canta con el canto de la madera hueca,
del tronco caído,
del jaguar
y el cocodrilo.

Gorjea y grita,
canta y gruñe,
sisea y pita
los llantos del bosque,
los clamores del bosque,
las peticiones del bosque.

Canta,
poeta,
canta
el canto de la vida.

El círculo protector

Cerró los ojos. Estaba exhausta. Mientras su mente comenzaba a bajar la guardia, en la penumbra entre la vigilia y el sueño, escuchó voces a lo lejos. Parecían los cantos de una iglesia. “¿A esta hora?”, se preguntó. “¿Qué feligreses podrían estar reunidos a esta hora?”. Trató de escuchar, pero no oyó nada. No mientras su mente seguía repitiéndose “no a esta hora…”. Volvió a cerrar los ojos, a sumirse en un silencio interior, y volvió a escuchar los cantos. De nuevo su mente, al reconocerlos, se despertó en un sobresalto. “¡Sí, cantan!”, se repitió. “¿Dónde…?”, pero se desvanecieron los sonidos. Los cantos desaparecían cuando su mente racional intervenía para tratar de interpretarlos.
Decidió, la tercera vez, permanecer alerta. En lugar de un duermevela, de un casi quedarse dormida, casi despierta, inició el esfuerzo monumental de alcanzar el silencio consciente. Y ahí, desde ese silencio, escuchar, sin permitirle a su mente moldear los sonidos, interpretarlos, hacerse ideas preconcebidas de ellos. Tan solo escuchar… Los cantos comenzaron de nuevo. Era un vaivén monótono entre alabanzas y lamentos. Los tonos subían y bajaban, en un ritmo eterno. Haciendo un gran esfuerzo para mantener el trance, comenzó a caminar en la dirección de la que provenía el sonido. Avanzó hacia el corazón del bosque. Las voces se hicieron más claras. La música fue cambiando su tono. Había creído que sería un canto de iglesia, pero no podía distinguir las palabras. El lenguaje se le fusionaba con los acordes, pero los acordes no le hablaban de cristianismo. Las voces se fueron haciendo más y más fuertes. Vio un resplandor. La fuente de la luz era la misma fuente del canto. Corrió, ya no era necesario hacer un gran esfuerzo para que el canto tenue se elevara por encima de los demás ruidos, ahora podía escucharlo sin interrupciones, las voces agudas de las mujeres eran coreadas por tonos bajos, ahora perceptibles. Siguió avanzando hasta vislumbrar un claro en el bosque, dentro del cual seis dólmenes formaban un círculo. Corrió hasta llegar al centro del círculo. En ese instante, todo se detuvo: la luz cesó de brillar, las voces dejaron de cantar. No había nadie. No había fogata alguna, o personas reunidas. Pero esta era la fuente del sublime sonido, estaba segura.
Decidió permanecer en ahí, en el centro. Se sentó, cerró los ojos, e hizo de nuevo silencio. Durante los primeros minutos, no ocurrió nada. Luego los cantos comenzaron de nuevo, esta vez a su alrededor: claros, rítmicos, firmes… Estaban ahí, sin estar ahí. Una voz se desprendió del conjunto, esta le habló en su propia lengua: “Todo suelo que ha sido sagrado alguna vez, permanece sagrado. Su voz es audible para quienes puedan escuchar. Sus cantos son eternos. Mientras permanezcas en el círculo, te guardará la magia de nuestra voz”.
Se despertó. Todavía estaba al pie del árbol, en plena ciudad. Miró a los demás. El círculo protector… Ahora sabía a dónde ir.

Dicen que hay un roble

Dicen que hay un roble antiguo
como las cenizas del tiempo.
Un roble que ha visto nacer a los hombres
y parir a las mujeres
y los observa en su inevitable devenir.

Dicen que hay un roble
de frondosas ramas
y grueso tronco.
Un roble que sostiene el cielo
para cubrir a la humanidad.

Dicen que hay un roble robusto,
fuerte e imbatible.
Un roble que es solaz
de quienes buscan alivio
de sus tribuladas cargas.

Dicen que hay un roble generoso
de raíces profundas.
Un roble que es padre de los humanos
aun si no reconocen en él su fuerza vital.

Dicen que hay un roble
de astucia certera
y sabiduría eterna.
Un roble que susurra al oído
de quien sabe escuchar.

Dicen que hay un roble,
con sus ramas extendidas
y una sombra generosa.
Un roble que cobija
al peregrino cansado
en su caminar.

Dicen que hay un roble alto,
muy alto,
con un arcoíris en su copa.
Un roble que conecta los mundos
hasta llegar a tu dios.

Dicen que hay un roble
de dulce fragancia
y sedosa corteza.
Un roble que conoce tu pasado
y espera tu regreso
con inagotable paciencia.

Dicen que hay un roble
de néctar embriagador.
Un roble que puede darte
la bendición del olvido
si la necesita tu corazón.

Dicen que hay un roble
en las brumas del ocaso
susurrando tu nombre.
Un roble que conoce
el día de tu próxima muerte
y tu descanso final.

¿Lo escuchas?
¿Puedes oír su llamado?
Guarda silencio.
La voz del roble no para nunca de susurrar.
Eres tú quien hace ruido
con la vana esperanza de hacerlo callar.

Escucha el susurro de los árboles

Escucha el susurro de los árboles.

No puedes oírlo confinada en las paredes de cemento, sobre los caminos de asfalto y desde tu torre de cristal.

Escucha el llamado de los árboles.

Aun cuando no puedes verlos, los sientes: sus raíces te tocan las plantas de los pies; su savia se te mete en las venas como si siempre hubiese estado ahí.

Escucha el clamor de los árboles.

Aun cuando no los talas tú misma, sientes el dolor de los cientos de miles de troncos que en este momento sucumben en todo el orbe. Escuchas el estruendo que cae sobre la selva. Distingues el grito de piedad que emite el árbol en su última caída. Los ilusos lo confunden con el mero sonido de la madera. Es en realidad el último aliento del coloso en el momento de sucumbir.

Escucha el canto de los árboles.

Bosque adentro, adonde muy pocos son admitidos, un coro de árboles danza y canta, canta y danza, a la espera de las edades del tiempo, mientras los mortales siguen su vida y sueñan con descubrir los secretos de la inmortalidad.

En el claro del bosque

En el claro del bosque veo la luz del sol.
En el claro del bosque veo la luz de las estrellas.
Cuento los días y las estaciones.
Cribo los granos de la molienda.
Escucho las palabras del pasado.
Susurro los cantos del futuro.
Tallo y esculpo los signos de los dioses.

Los sabios de los árboles

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En todas las culturas, en todas las épocas, los sabios de los árboles son quienes han conocido el secreto. Han cambiado de nombre, de un pueblo a otro. Han reconocido a los dioses en muchas de sus formas: a veces como un roble, otras como un fresno, unas más como un tejo. Baianos, baobabs, robles, ceibas… Algunos árboles son más favorecidos que otros, pero en todos habita alguna de las vidas del mundo espiritual. Y de estas vidas, algunas son pequeñas y otras colosales.

Los sabios de la antigüedad sabían cómo hablar con estas vidas colosales. Las pálidas sombras de las historias de antaño solo conservan palabras crípticas, como “dioses”, para referirse a estas entidades antiguas que se han sacrificado por la humanidad.

Si lees la leyenda una y otra vez, en un pueblo y en otro, verás siempre algunos rasgos comunes que apuntan hacia la verdad oculta y conservada solamente por los antiguos sabios. Estas entidades mayores, estos señores del tiempo y de la vida, se han ofrecido a sí mismos para crear en la tierra puentes de contacto entre el reino divino y el humano. Han sacrificado su propio camino evolutivo por compasión y amor. Y así han elegido permanecer tanto tiempo como les sea posible.

Los árboles son las criaturas más grandes y longevas que han conocido los humanos.

Ahí donde un árbol colosal se levanta, la vida crece y se multiplica. La vida bulle. La vida vive.

¿Quieres ser uno de los nuestros? ¿Quieres pertenecer a la antigua orden de los sabios de los árboles? Entonces deberás aprender a ver con ojos no humanos, a oír con oídos divinos, a sentir como sienten los espíritus y los dioses. Has de ver más allá del velo de lo que llamas realidad para percibir al señor en cada árbol, rama, raíz y planta del planeta.

El árbol es el espíritu y el sabio su voz. Por eso has de aprender a callar y escuchar, pero también a hablar y enunciar. Escucha el susurro de los árboles para que puedas emitir su canto. El oráculo ha hablado.

Fotografía: Jacqueline Murillo Fernández, 2010, Monteverde, Costa Rica.

Los árboles

El árbol es el primer lugar habitado por la humanidad. Es el lugar en donde los seres humanos más primitivos, los primates primigenios, nuestros hermanos más remotos, tomaron consciencia de sí mismos, descubrieron su otredad y articularon sus primeros sonidos. Los árboles son el lugar en donde los humanos abandonaron para siempre la inconsciencia de los animales, la inocencia de no saber quiénes eran, de no conocer su desnudez. Las copas de los árboles fueron el primer paraíso, la zona segura de vida y protección, el lugar en donde la vida es saltar de una rama a otra y huir de la muerte que yace en el suelo, en el reino de las sombras, en el lugar en donde habitan el tigre, la serpiente y el cocodrilo. Los árboles fueron el refugio compasivo y seguro en donde se puede vivir sin conocer el mundo, sin la ciencia, sin saber que puede existir algo más que los árboles. Abajo, las sombras; arriba, en la copa, la luz, los seres del aire, las nubes, la cálida y brillante emanación que llega desde el cielo como la más grata y cálida bendición. De los cielos también las aguas y los rayos, brutales en su golpe a la tierra. Pero antes del fuego, mucho antes del fuego y de la herramienta, antes de la palabra articulada, antes del caminar erguido… antes de todo esto, estuvieron los árboles.

La tierra de en medio, Midgard, la zona de la copa del árbol era el lugar seguro, entre el lugar de la muerte, la tierra negra y sombría, tenebrosa y cubierta de engañosas hojas y plantas que ocultan los más temibles peligros, las fauces de animales hambrientos y el silencioso silbido de las bestias rastreras y los insectos mortales.

Los árboles estaban por encima de todo y lo proporcionaban todo: frutos jugosos y nutritivos, sombras, columpios, lugares de reposo y de encuentro. Zona para jugar y descansar. Los árboles: primer paraíso de los seres humanos antes de saberse, sentirse, conocerse seres humanos.
Árboles, los más antiguos compañeros, guías y guardianes de los humanos.