Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

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Imagina un mundo con tus propias reglas

—Imagina un mundo con tus propias reglas. No te limites, no te sometas a las restricciones de la razón. No te dejes guiar por el intelecto. Pon ahí lo que quieras. Suéñalo, aliméntalo, vívelo… Es tu mundo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—No puedo creer en un mundo en donde las piedras vuelen, los pájaros hablen y el sol brille hasta en la oscuridad de la noche.
—¿Por qué no?
—Mira a tu alrededor, maestro. Mira las piedras caer, escucha los pájaros enmudecer, siente el frío del sol al ponerse en el ocaso.
—No, despierta. Abre tus ojos otra vez, y otra vez, y otra vez. Vuelve a despertar. Despeja las brumas del engaño. ¿Ves por fin la verdadera realidad?
—No, maestro. Todo sigue igual.
—Entonces ese es el mundo que quieres. Si te apegas a él, úsalo tal cual. Si lo dejas ir, reinvéntalo.
—Y en tu mundo, maestro, ¿qué se ve?
—En mi mundo, niña mía, tus piedras vuelan y tú en ellas, tus pájaros hablan y tú les contestas, y el sol… el sol jamás deja de brillar en tus ojos y en el punto más elevado de tu cabeza. Cuando veas tu mundo con mis ojos, estarás lista para cantar tus versos.

¿Por qué quieres aprender a contar historias?

—¿Por qué quieres aprender a contar historias?

—Porque me encanta escucharlas, escaparme con ellas, fugarme a países lejanos que me alejan de aquí, de esta miseria, de esta cotidiana tranquilidad.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para recibir la admiración de las multitudes, ganar el favor de los señores, ganar tantas monedas como pueda contener el más grande de los palacios.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para sacármelas de adentro, para que dejen de atravesarse en mi garganta, para que me dejen en paz.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para dejar un legado, vivir para siempre, deleitar a otros con mis propias creaciones.

—¿Por qué quieres contar historias?

—Para ayudar a otros. Nada hago bien sino la palabra. Que sirva para algo y contribuya, aun con una sola sonrisa, a aliviar el dolor en el mundo.

—Pero no tienes garantía. Nadie te asegura que tus cantos puedan cambiar ni un milímetro la dureza de la más suave de las rocas.

—Pero pueden conmover el corazón de un justo y eso me basta.