La magia del Silencio: I

Soy una maga de la Palabra y he perdido la Voz.

La enunciación es mi poder creativo,
mi instrumento de transformación
de eso que los ilusos llaman realidad.

Escribo esto en mi mayor desesperación.
Si me estás leyendo, queda una esperanza.

Para cualquier otra persona, ya es de por sí difícil:
las más sencillas acciones de comunicación
se vuelven una tarea monumental,
a menudo finalizada en frustración.
Debes dar gracias,
han osado decirme,
porque conservas tus piernas,
y tus brazos
y tus ojos.
Pero no saben lo que es,
para mí,
perder la habilidad de articular palabras.

Mi voz se ha desvanecido.
He abandonado ya toda expectativa de recuperarla.
Es duro el oficio del bardo que no puede cantar,
del narrador de historias que no puede contar.

Por eso, en esta caverna fría y húmeda,
escribo con fuego mi historia para que tú,
la otra yo,
la que nacerá siglos después
de que yo haya abandonado este cuerpo sin voz,
escuche mi advertencia
y sea capaz de forjar un mejor destino.

Debido a mis errores,
mi propósito se ha retrasado un milenio.
Pero el tiempo no existe.
En un milenio más,
regresaré a este mismo lugar
para rememorar quién soy
y finalizar lo que,
por esta vez
—otra vez—,
ya no puedo terminar.

En mil años no tendré reminiscencia de quién soy.
No recordarás.
Así que debo dejar pistas para mí,
para la otra que seré,
para ti,
y recuperar las migajas de mi pasado,
de mi vida,
de mi propósito.

Me encontraré de nuevo.
Me uniré a mi verdadero ser
y romperé este ciclo de maldiciones de mutismo.

Demasiadas veces ya,
demasiadas vidas,
todos los años de preparación,
todas las enseñanzas,
todos los cuidados han fracasado siempre
por mi incapacidad para recordar.

El mismo error, una y otra vez.
La misma deuda, una y otra vez.
El mismo enemigo, una y otra vez.

Actúo según una obra de teatro
cuyo final no cambiará mientras yo no cambie.
Nacer en tiempos distintos,
encontrar a personas nuevas
no ha servido de nada.

Siempre,
cuando nos encontramos,
todo vuelve a comenzar;
como si fuese la misma historia narrada de nuevo,
de la misma manera,
aunque se actualicen la época, la cultura y el lugar.

Ya no sé si existo
o solo soy un personaje de un drama inmutable.
Quiero pensar que existo
y tengo el poder de finalizar este ciclo de dolor.
Quiero creer en un futuro nuevo.
Un futuro de luz y creación,
de paz y contento.

No más engaños y venganza,
egoísmo y autosatisfacción.

Esta,
lo juro,
será la última encarnación en que pierda mi Voz.
El último olvido.
El último dolor.

La próxima vez trascenderé mi ignorancia
y aprenderé de cada una de mis vidas
la lección
para dejar atrás el inefable destino
al que me encadena mi condición humana.

Mírate;
reconócete en estas líneas.
Descíframe y escúchame,
porque soy yo misma quien te habla.
No le hablo a nadie más que a ti.

Sé que en este instante huyes de mí.
Que te rehúsas a conocer la verdad.
Me temes.
Te temes a ti misma,
lo sabes ya.

¿Quién es esa que te habla con los ecos de tu sombra?
¿Quién eres Tú?

Lo que hice fue imperdonable
y lo pagué con mi talento más preciado.
Caí en los engaños sin escuchar mis alertas internas.
Me mentí una y otra vez.

Me dije: “no me pasará a mí”.
Creí que no podría pasarme a mí.
Pero sucedió.

Escucha las señales,
devela la historia antes de que se desarrolle
y salte de ella.
Cambia.
Abandona el personaje que me llevó a la ruina,
que nos llevará a la ruina, sin cesar jamás,
hasta que podamos romper el ciclo de la maldición
que vendrá una y otra y otra vez,
encadenándonos a esta tierra mortal.

¿Quién soy?
Mira dentro de ti misma y lo sabrás.

¿Qué quiero?
Lo mismo que tú.

Quiero dejar de dar vueltas
y vueltas en la ingrata rueda de la fortuna,
hacia arriba y hacia abajo,
sin avanzar.

Siempre termino en el mismo lugar:
muerta,
sin voz,
lista para un comienzo más.

Tengo encima la condena de Sísifo.
Y lo único que me diferencia de los demás mortales
es la maldición de la consciencia:
ellos giran en el tiovivo,
pero no lo saben.

¿Cómo te sentirías al rotar y rotar
y saberlo,
comprobar que no avanzas,
que no llegas a ningún lugar,
que todo a tu alrededor es una ilusión?

El suicidio no es una opción.
No te libera
porque todo vuelve a comenzar.

En cualquier dirección que avances,
siempre regresarás al centro.

En cualquier tiempo que nazcas,
siempre repetirás la misma cadena de eventos.

En cualquier cultura que nazcas,
siempre traicionarás tus enseñanzas
para repetir el patrón conocido,
que llevas incorporado
en la memoria remota de tus huesos.

¿Cómo salir de aquí?

Una sola respuesta:
comprende que la Rueda es una ilusión.

En el claro del bosque

En el claro del bosque veo la luz del sol.
En el claro del bosque veo la luz de las estrellas.
Cuento los días y las estaciones.
Cribo los granos de la molienda.
Escucho las palabras del pasado.
Susurro los cantos del futuro.
Tallo y esculpo los signos de los dioses.

¿Quién es el bardo?

—¿Quién es el bardo? ¿Quién es el poeta? ¿Acaso no lo sabes?

—No me digas que es el creador, el omnipotente, el omnipresente. Me resisto a creer que el poeta tenga tanto poder.

—Desde los tiempos antiguos, el verdadero bardo ha sido el cantor que teje las vidas de los humanos, las vidas pasadas, presentes y futuras. Las descubre, las sigue, las cuenta, las crea con sus palabras y las recrea cada vez que las canta. El poeta es el señor de la historia, de las ideas, de la filosofía… El poeta canta y emite con su canto la Vida, perpetúa la Vida, sostiene la Vida. Abre la puerta al pasado y deja ver quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes podremos ser. Mira hacia el futuro y por eso le creen adivino. ¡Qué ilusa manera de comprender lo que realmente hace el poeta! No adivina, sabe. ¿Cuántas personas han nacido, muerto, agonizado y revivido en este preciso momento? Aquel de todos los poetas que ha abierto su consciencia al saber total lo sabe, lo sufre, lo tolera únicamente por el amor que le tiene a la humanidad.

¿Crees que ser un poeta es un privilegio, una razón para obtener favores, recibir dádivas, rodearse de gente poderosa y escuchar, por doquier, halagos y elogios? Te equivocas. Ser poeta no es recibir laudes ni aplausos, no es vivir entre sedas y lujos, no es ser superior a los demás seres humanos. Ser poeta es amar con un amor tan infinito, tan grande, tan imposible, que se confunde con el dolor. Te duele el dolor, te duele la vida, te duele la muerte… Te duele ver a los humanos distraídos en la ilusión de la muerte. El poeta ha muerto y renacido, ha conocido el universo completo y ha entrado en el sueño antes de volver a la vida. El poeta ha conocido el inframundo y, al salir, se ha traído la Vida consigo.

Que el que quiera ser Poeta sepa de antemano el dolor de la Poesía. No elijas este oficio por las razones equivocadas. Llevarás un peso superior a tus fuerzas y serás responsable por cada una de tus palabras. Cree en ellas, vitalízalas con tu propio hálito, déjalas salir en tu inmenso dolor por el mundo, en tu inmenso amor por el mundo. Pero recuerda: tus palabras también pueden convertirse en dolor, en destrucción, en ruina. Jamás digas palabra vana, jamás invoques la tormenta sin saber primero si esa es la voluntad de la Vida.