Diálogos con el Maestro: Despierta

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—Despierta, pupila, despierta. Se acabó el tiempo del sueño, es la hora de estar alerta.
—Lo siento, maestro, no logro abrir mis ojos. Se me cierran como dos botones sobre los que ha caído la noche.
—Despierta, pupila, despierta. La luz de la mañana ya tiñe el cielo, es la hora de verlo todo con la mirada interna.
—Lo siento, maestro, no consigo despabilar mis sentidos. Me invitan a seguir entre las cobijas, en el refugio oscuro de la habitación vacía.
—Despierta, pupila, despierta. El sol se acerca al mediodía. La tierra entera ha dejado atrás las brumas de la mañana y se alinea con la luz de más arriba.
—Lo siento, maestro, no consigo enfocar la mirada. Distante te oigo, minúsculo eres ante mis ojos. Estás lejos, muy lejos, y pareciera como si al respecto yo no pudiera hacer nada.
—Despierta, pupila, despierta. Tu hora ha llegado. Aunque tengas miedo y dudas, aunque creas no ser este el momento más indicado; aún así ha llegado tu momento, en medio del viento, en medio del alabastro.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

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Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

Diálogos con el maestro: ¿Cómo te contactaré cuando me vaya?

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—¿Cómo te contactaré cuando me vaya, cuando esté lejos?
—Ya te he enseñado la técnica, ya lo hemos hecho antes. ¿Por qué me preguntas de nuevo?
—Tengo miedo de olvidar. Temo no ser capaz de recordarte, de saber quién eres, por qué debo llamarte, por qué debo buscarte.
—Repasemos de nuevo los pasos: primero debes vivir un tiempo en el mundo del olvido, entre los dolores humanos. Luego, cuando las experiencias hayan sido suficientes para mostrarte el vacío en tu interior, comenzarás a sentir una necesidad de guía, una búsqueda de luz, un llamado.
—Pero cuesta reconocer el llamado. Es la parte más difícil. La última vez, maestro, lo confundí con la búsqueda del éxito y del poder.
—Ya sabes dónde no me encontrarás, pero me buscarás ahí de todas maneras. Ya sabes cómo no me contactarás, pero lo intentarás de todas maneras. No importa cuántas veces te diga “haz esto”, siempre serás como una niña pequeña y buscarás las figuras más llamativas y coloridas primero.
—¿Cómo puedo evitarme tanto dolor, tanto vagar sin sentido antes de llamarte otra vez?
—No puedes, no todavía. Cada vez será más fácil que la anterior. Solo después de equivocarte tantas veces como sea necesario, comprenderás la verdad: no me encuentras detrás de las flores llamativas y los fuegos artificiales. Estoy en la caverna oscura, ahí en donde se necesita una antorcha para entrar.
—Y entonces iré a la caverna, sin luz todavía, y te buscaré en la oscuridad, dando tumbos y cayendo por precipicios ocultos a mi ciega vista.
—Hasta que hayas encendido la luz. Tu visión será limitada, pero ahora, con más prudencia y madurez, seguirás avanzando.
—Si no desmayo, si confío en la antorcha de mi mano, si me sostengo en el camino, te encontraré.
—Me encontrarás.
—Y diré tu nombre.
—Y responderé a tu voz.
—Y volverás a guiarme como lo haces hoy.
—No, no como lo hago hoy. Pero volveré a guiarte y tu prueba será aprender a escuchar.

Diálogos con el Maestro: Tengo miedo de equivocarme

—Tengo miedo de equivocarme, Maestro. Miedo de no hacer bien mis labores. De arruinar los esfuerzos que hemos venido realizando.
—¿Cuál es tu nivel en el sendero?
—Soy apenas una aspirante.
—¿Cuál es el grado de iluminación que has alcanzado?
—Unos pocos vislumbres, maestro. Apenas comienzo a despertarme.
—¿Hasta dónde llega tu sabiduría?
—Aún es escasa, Maestro. De sabiduría no puedo jactarme.
—¿Cuánta experiencia tienes en el servicio?
—Estoy dando mis primeros pasos, Maestro.
—Entonces acepta con amor tus lecciones. Vívelas. Exprímeles hasta la última gota de aprendizaje. En tu error subyace la sabiduría. En tu equivocación, el conocimiento superior. En tu humildad, la capacidad para seguir acrecentando tu estatura interior.

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Maestro, reescribo una de mis historias

—Maestro, reescribo una de mis historias.
—¿Y cuál es el problema?
—Cuanto más lo reescribo, menos se asemeja a mi idea original.
—¿Qué tenía de malo tu idea?
—Le faltaba todo: una verdadera trama, acción, personajes interesantes… Tenía conceptos erróneos, todos mezclados.
—¿Y tu reescritura los está arreglando?
—Cada vez más siento como si fuese una obra nueva…
—…que sale de la piel de la vieja. ¿La vieja era publicable?
—No, maestro. Era un adefesio, un bodrio, una mezcolanza sin sentido.
—¿Y la nueva?
—Todavía no lo sé, pero tiene algo de lo que la otra carecía: me seduce.
—¿De qué manera?
—La siento que me sale desde dentro, con una honestidad desgarradora.
—¿Cuál es el problema entonces?
—¿Y la historia original?
—¿Qué con la historia original?
—Está desapareciendo.
—¿No dijiste que era impublicable?
—Sí, maestro.
—Entonces aprende a desapegarte de tus palabras. Si no sirven, el mejor lugar para ellas es el basurero.
—Pero, maestro…
—¿Te duele dejarlas ir?
—Sí, maestro. Yo las traje a este mundo. Les di vida…
—Esa es tu ilusión. No están vivas todavía. Las palabras sin vida son papel muerto.
—¿Y si lo están, maestro?
—Si lo estuvieran, te estarían seduciendo.

¿Qué ve quien puede ver?

—Maestro, ¿qué ve quien puede ver?
—¿Qué ves en este momento.
—Veo la luz que reflejan los objetos, veo las sombras que proyectan, veo formas y colores, veo brillos y destellos, veo o adivino la realidad.
—Pues quien ve reconoce lo real detrás de la realidad, lo tangible detrás del reflejo, la luz que emiten los objetos no solo la que rebota sobre ellos. Quien ve reconoce. Quien reconoce recuerda. Quien recuerda sabe.
—Maestro, he dependido de artefactos para ver desde que tengo memoria. Imperfectos, distorsionadores de la realidad, con tonos correctivos y reflejos por todos lados, pero eran mi seguridad, mi comfort, mi apoyo. Eran mi muleta para ver el mundo. Ahora que no los tengo, siento pánico. Siento que no podré ver sin ellos. Siento que me he quedado ciega.
—Ciega estabas antes que necesitabas tus muletas, tus ayudas, tus anteojos. Ahora la visión que tienes es tuya, el velo que ves es temporal, y la imperfección de tu visión es ilusoria. No compares el mundo con la visión que tenías desde tus anteojos. No temas más.
—No puedo ver bien a la distancia ni a la cercanía. No veo el detalle ni lo pequeño. Tampoco puedo ver con claridad todo el panorama.
—Estás acostumbrada a una visión parcial, teñida, modificada. Acostúmbrate a tu nueva visión y abandona el miedo. El miedo de no ver te impide reconocer lo que ves.
—¿Cómo se siente ver de verdad, maestro?
—Duele.
—¿Por qué me cuesta tanto verte, maestro?
—Porque me confundes con lo irreal; y crees real lo ilusorio. Y les has dado a tus ojos al orden de ver lo ilusorio y declararlo real.
—¿Cómo te reconoceré cuando te vea? ¿Cómo sabré que por fin te estoy viendo?
—Porque ya no tendrás que hacerme esa pregunta.

Los ojos me arden

—Los ojos me arden, Maestro.
—¿Los has cerrado, para hacerlos descansar de la luz cotidiana?
—Sí, Maestro?
—¿Los has lubricado?
—Sí, maestro.
—¿Has posado tus palmas calientes para ayudarles a relajarse y transmitirles salud?
—Sí, Maestro.
—¿Entonces por qué te arden?
—Porque estoy viendo. Porque voy corriendo, uno a uno, mis velos. Porque la luz está penetrando en ellos. Quieren que los cierre. Quieren que los devuelva a la comodidad de no ver con claridad el mundo.
—¿Por qué?
—El mundo les duele, maestro. Antes no podía ver los detalles, no veía las arrugas, no veía las suciedades, no veía con nitidez las apariencias. Cualquier cuenta podía brillar como oro; cualquier rostro se veía joven ante mis ojos desenfocados.
—¿Y ahora?
—Ahora lo puedo ver todo, Maestro. La luz que entra desde fuera arde, como un fuego. Mis ojos solamente quieren cerrarse, quedarse en la reconfortante oscuridad de los párpados caídos.
—Pero así no pueden ver.
—Exacto, maestro, así no pueden ver. Así pueden regresar a la inconsciencia.
—¿Y es eso lo que tú quieres?
—No, Maestro. Les he ordenado que se abran. Los he amenazado con cortar mis párpados, si se siguen rehusando.
—La luz se recibe voluntariamente, no con imposiciones y órdenes vacías. Llena tus ojos de amor y disipa su miedo a desaparecer fulminados por la luz. Amorosamente, invítalos a ver.

Días ha que no escucho tu voz

—Maestro, días ha que no escucho tu voz, que no sigo tus palabras, que no escucho tus pasos.
—Eres tú, hija, la que ha estado lejos. Necesitabas descanso y lo tomaste. Necesitabas reposo y lo tuviste.
—¿Estás acaso enojado conmigo, Maestro, por mis largos días de ausencia?
—¿Cómo podría estarlo, si el descanso es una de las necesarias facetas de la vida? No podrías alcanzar nada si tu cuerpo fallase por falta de vitalidad o de salud. Es tu deber cuidar de él y hacer que esté en pleno funcionamiento cuando se te llame a la acción.
—Gracias, Maestro. Estoy ya de vuelta y quiero seguir mi camino a tu lado, pero me cuesta escuchar todavía la voz que me dicta los versos.
—¿Has procurado guardar silencio?
—No, Maestro. Por el contrario, me he abandonado al ruido del mundo, al ruido interno, al ruido desde todos lados.
—¿Cómo aspiras entonces a escuchar la voz interior?
—¿No vendrá a mí sin más, con solo desearlo?
—La voz, lo sabes, siempre está ahí, pero sin silencio te será imposible escucharla.
—Pero yo pensé que ya por haberla alcanzado alguna vez…
—¿…que sería igualmente fácil de alcanzar siempre? No, hija, no es así. Deberás siempre hacer el esfuerzo si deseas acallarte lo suficiente para escuchar la voz del silencio.
—¿Y cómo hacer ahora? ¿Corro acaso el riesgo de no volver a escuchar ningún sonido, ninguna historia, ningún verso? Desde que te he venido a buscar, no he escuchado nada. Hay vacío en donde una voz armoniosa debería susurrar la más bella poesía jamás escuchada por mis oídos.
—No trates de forzarla. No será por obligación o persistencia que la voz decida alcanzarte. Deberás aspirarla otra vez, ofrecer tus servicios, volverte a convertir en su escriba.
—Pero Maestro, apenas he escrito cuatro líneas y ya siento un cansancio sobrenatural, una sensación de incapacidad para seguir escribiendo, una pesadez incombatible.
—Ten paciencia. Volver a escribir tras un largo periodo de letargo es similar a volver a caminar tras yacer mucho tiempo en una cama. Los músculos han olvidado cómo moverse. Los huesos han olvidado cómo sostener su peso. Paciente, sin prisa, avanza un verso a la vez, un poema a la vez. Pronto, sin que te des cuenta, estarás escribiendo galeradas de nuevo. Ahora ve y comienza en calma, por algo sencillo, por algo pequeño. Procura escuchar una sola palabra. Todo lo demás vendrá después.

¿Será que soy poeta?

—Maestro, ¿será que soy poeta? No logro, no puedo, no consigo escribir ficción. Trato de narrar una historia, unos personajes, unas vidas, y solo capto versos. Hermosos y tristes, pero inconexos, poéticos, simbólicos versos.

—¿Y por qué sufres? ¿Por qué te quejas? ¿Ves a esa barahúnda de poetastros que me acosan con sus versos tristes y sus noches blancas, con la esperanza de que los acoja bajo mi ala y les enseñe los misterios de los bardos? Sueñan con cantarle a la diosa, deliran por escribir uno, al menos un solo verso verdadero, un verso inspirado, un auténtico canto a la Vida y a la Muerte. Sueñan con ser poetas y hasta, en su delirio, se dicen poetas sin serlo. Y tú, ¿por qué sufres de tener lo que otros tanto anhelan?

—Porque lo que soy no es lo que yo quería ser, lo que creía ser.

—Conócete a ti misma y comprenderás la vanidad de la ilusión. Déjate llevar por tu pulsión interior y exprésate sin ambages ni remordimientos. Sigue tu pluma, dale rienda suelta a tu poesía, desátala contra la mar bravía y déjala que se apodere de ti. Danza en su frenesí, llora en su tormenta, deambula en su errante camino de palabra poética. Deja atrás tus miedos. Tumba tus estructuras. Libera al poeta que hay en ti.

—¿Y si me pierdo en el éxtasis de la poesía?

—¿Y qué si lo haces?

—¿No perderé acaso la cordura, el aprecio por esta vida mundana, las habilidades básicas que me permiten sobrevivir en este mundo de varones?

—¿Y qué si lo haces?

—Dejaré de ser quien soy, me perderé a mí misma, no podré reconocer mi propio reflejo.

—¿Quién eres? ¿El reflejo o la consciencia inmutable que lo emite?

—Solo sé que no soy el reflejo.

—¿Lo arriesgarías todo por el reflejo o es el que se refleja quien importa?

—El que se refleja.

—Entonces ve y averigua quién eres, sin confundirte con tu reflejo. Y cuando lo sepas, libera al poeta que llevas dentro. Lo demás vendrá por su propio peso.

No puedes pensar

—Déjame pensarlo.

—No. No puedes pensar. Está prohibido.

—Pero…

—El poeta que depende de su mente para narrar historias es un poeta menor, un letrado, un intelectual a lo sumo, pero no es un poeta. Usa tu intuición. Elévate por encima de los vendavales de la mente. Encuentra las palabras, atrápalas, tráelas de vuelta hasta los oídos de los humanos y entrégalas con toda la dulzura de la que seas capaz.

—¿Cómo sabré cuando esté haciendo esto, maestro?

—Solamente lo sabrás, no tendrás dudas.