El profeta

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Escondido en el baúl se encontraba todavía su viejo diario. Se había rehusado a quemarlo, pero tampoco había sido capaz de releerlo. Ninguno de sus diarios, a decir verdad. En esa noche, que llamar oscura es redundante y no por la ausencia de luna llena, abrió el baúl a pesar del chillido de los goznes, a pesar del olor a moho de las maderas, a pesar de… No. Inenunciable. No todavía. El dolor genuino rehúye de cualquier forma de verbalización o ya no es dolor. Cerró el baúl. Lo abrió de nuevo. Se detuvo. Su mirada se perdió en el vacío mientras la vela crepitaba sobre la mesa. Todo estaba consumado. Ninguno de los eventos acaecidos era reversible. Un hondo vacío le entumecía los músculos. Moverse era un desafío mayor que cargar todas las cadenas del infierno. Afuera, un durmiente amanecer esperaba para tañer otras vidas. La suya estaba por terminar. La suya ya se había terminado. Unos minutos, unas horas más en este cuerpo eran tan solo una extensión de la muerte horrenda en la que se había sumergido apenas unas horas atrás. Sacó despacio el cuaderno envuelto en su cubierta de cuero suave, sucio y viejo. Ahí, en algún sitio, de esos garabatos escritos por otro, estaba la visión de esta noche. Ahí, en alguna página, como un juego o, peor aún, como un mero divertimento, la profecía se escondía detrás de los malos versos. Se rehusaba a leerlos de nuevo, pero estaba obligado a hacerlo. La peste se las había llevado. Tampoco el niño se salvó. La negra muerte. La Muerte. Y él, condenado a sobrevivir, los había enterrado a los tres, solitario, en un mundo doliente. Nadie tenía ojos para nadie más. Todos cargaban a sus muertos o se unían a ellos para podrirse ahí donde la oscuridad les hubiese arrebatado el aliento.
Quiso gritar, pero alguien le robó el grito, desde lejos, en otra casa en donde otro hálito de vida había sido arrebatado. O quizás no había muerto aún, pero las señales de la enfermedad no dejaban esperanza alguna. ¿Qué maldición era esta, sobrevivir a lo más amado? “Vivirás para recordarnos. Vivirás para eternizarnos”, le había dicho ella en su palidez, en su aceptación de lo inevitable. Se equivocaba. Imposible llamarle vida a esta miseria. Sus manos jóvenes temblaban como las de un viejo. En verdad, se veían como las manos del viejo que no quería llegar a ser. ¿Cómo soportar la ancianidad con el recuerdo de esta noche? Las manitas que se aferraron a él antes de enfriarse y desaparecer. Los rizos suaves y perfumados. Los rostros tan amados, tan, pero tan amados, que lo habían abandonado sin piedad. Les había prometido todo. Lo había intentado todo. La muerte no las tocaría a ellas, no, porque él, en su orgullo, se había sentido inmune, las había creído inmunes. La ciencia era su pacto. Estaba protegido por su gran conocimiento, por su medicina, por su verdad. Verdades malditas diseñadas para perseguirlo el resto de su vida. Desgraciada arrogancia hecha pedazos en la noche más negra de su existencia. Y el diario… las páginas del diario volvían de lejos a recordarle quién era, a decirle: “no tienes derecho a la felicidad”. Lento, primero; con desesperación, después, comenzó a buscar. Buscaba y buscaba. Revolcaba. Regresaba y volvía. No. No aquí, tal vez… más allá, después de… sí. Este… este…
Leyó el cuarteto una vez más. ¿Cuántos años tenía cuando lo escribió? ¿Catorce tal vez? ¿Qué terrible musa le había inspirado tal visión? Joven, inmune al amor, le había parecido una excelente manera de entrenarse en la patética poesía amatoria de moda. Una mofa, sí, eso había creído. La mofa del amor doliente, del amante vencido por la enfermedad negra, del espectro que vaga por el mundo añorando y buscando lo perdido. Del viejo que moría sin dejar de amar esos cabellos dorados en sus arrugadas manos. De la miseria más profunda. Solo del peor dolor, seguía su verso, descubre el poeta al visionario, a quien ha accedido los más altos misterios de la enunciación. Poeta, profeta, mago… como en la Antigüedad. No eran indivisibles, decía el verso. Pero toda visión tiene un precio y se ha pagado desde antes de nacer. Tarde o temprano se recolectará la tarifa pactada a cambio del Don. En la noche de la recolecta, había garabateado ese joven, veinte años atrás, sabrás si valió la pena el sacrificio, si tu poder merecía entregar lo más amado. Has dicho sí, sin pensarlo, has aceptado el precio antes de saber que amar de verdad y perder es una muerte peor que cualquier ignorancia. Y esa noche recordarás estos versos olvidados.
Quiso llorar, pero en una puerta cercana le habían robado el llanto. Alguien lloraba con desespero por otra muerte más. Otra más en esta noche inacabable. En esta peste brutal.
No confirmarás si son ciertos tus versos hasta recibir este golpe mortal. Mortal. Mortal eres. Inmortal serás. Has creído todo un juego, un juego nada más. No. Desde ese momento, este momento, ese momento sabrás.
Y ahora sabía. Sí, ahora sabía.
¿Y de qué le servía? No había previsto semejante miseria. ¿Importaba acaso conocer el futuro si había sido incapaz de prevenirlo? No pudo cambiar nada. No pudo siquiera reconocerlo. En vano fueron sus esfuerzos por encontrar una cura. Creía haberla encontrado. En su vanidad, creía haberla encontrado. Ahora su arrogancia lo había dejado sin nada. No. No sin nada. Con esta maldición. Esta maldición por la que lo había dado todo. Esta cara maldición que otrora llamara don. No quiso llevarse nada, salvo los malditos diarios. No quería que fueran encontrados. No debían ser encontrados. No, al menos, antes de desentrañar su significado. Quería morir, pero no podía. Lo había sospechado, pero ahora, al perderlas a ellas, lo había confirmado. Había tratado más pacientes de peste de los que cualquier otro médico en su sano juicio habría aceptado y, sin embargo, aquí estaba todavía. ¿Qué clase de maldición era esta que se había llevado a su familia sin llevárselo a él? Una que no le dejaría morir, no todavía. No todavía.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Ilustración: Vanitas de Pieter Claesz, 1630 (Mauritzhuis, La Haya). Tomada de Wikimedia Commons.

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Cuidado con lo que pides, mortal

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Cuidado con lo que pides, mortal, cuidado, yo, la Señora del Recuerdo, te lo digo. Es verdad que un pacto antiguo conmigo has suscrito. Te recuerdo de antaño, de la antigua caverna, de las aguas del río. Te recuerdo de bosques lejanos, de cimas nubosas, de los vientos, las rocas y los caminos. He visto tus muchos rostros, he escuchado tus muchas voces, he conocido tus muchos líos. Ni una sola de tus encarnaciones ha dejado de archivarse en los anaqueles de mis libros. Las hay placenteras y bellas, paradisiacas, tranquilas. Las hay brutales e inmisericordes, crueles, malditas. Ni uno solo de tus momentos de felicidad se ha escapado a mis registros. Ni uno solo de tus actos cruentos, desesperados, estíos. Todo está aquí. Será tuyo, como lo has pedido. Pero antes de darte tus viejos registros, has de conocer, poeta, las posibles consecuencias de esta petición que hoy me has traído.
El recuerdo ha llevado a muchos valientes a la locura, a muchos sabios al suicidio. Si tu corazón no es puro, si no has soltado todo lo que este mundo para ti ha tenido, recordar ahora no será la experiencia placentera que tú has creído. No hay placer en el recuerdo, no hay heroísmo. Vendrán a ti todas juntas las miserias que una y otra vez, y otra más, has vivido. Hombres más grandes que tú, más elevadas almas, he perdido, por darles antes de tiempo el acceso a lo vivido. No es en vano, hijo, hermoso mío, que solo unos cuantos recuerdos, esporádicos, has visto. Vislumbres lejanos, borrosos, sencillos. ¿Cómo puede una de tus encarnaciones aspirar a comprender las décadas y décadas de los muchos hombres que has sido? Dolores más allá de lo humano has visto y más de una vez me has rogado, con sangre por lágrimas, borrarlos de tu libro. Fiel a nuestro pacto, no lo he hecho, como una vez tu alma lo ha pedido, pero te he ayudado a olvidar, por un tiempo, lo sufrido. Soy señora del recuerdo, pero también del olvido, porque solo yo decido para ti, cuando es el momento de levantar la bruma y mostrarte de nuevo los viejos caminos.
Has de demostrarme hoy que en verdad estás listo. Has de pasar las pruebas y los obstáculos que guardan lo que te he prometido. No es pequeña la labor que te encomiendo, no es vana tampoco la petición que me has traído. Si tras estas pruebas logras demostrarme que eres digno, te daré lo que buscas, sin reservas; ninguna condición limitará tu acceso a lo que es tuyo, por ti vivido. Pero si fallas la ordalía, no podré —ni habrá dios que pueda revertirlo— darte tus memorias, ni una de ellas, querido hijo. Quedarán de nuevo resguardadas en la caverna del olvido, para que otra vez, cuando seas digno, puedas venir por tus memorias, cuando estés listo. Una vez por encarnación, una sola, este acceso te puede ser concedido. ¿Estás seguro que estás, para pedirlo, listo? Si fallas, te lo advierto, habrás de morir y renacer antes de volver a pedirlo. Puedes ahora irte, seguir viviendo y volver cuando te creas merecedor de este privilegio. No gastes tu oportunidad en vano, a menos que se te vaya la vida en ello.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Pintura: Mnemósine, de Dante Gabriel Rosetti (1828-1882); foto de la obra: Wikimedia Commons.

Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

Las palabras perdidas

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Ahí estaban las hojas, sí, pero no podía distinguir mi propia escritura. Ininteligibles garabatos llenaban las páginas. Horas de trabajo, mis más grandes versos y no podía comprenderlos. No era solamente yo. Frenético, desesperado, toqué a la puerta de mi casera. Perdida toda noción del tiempo, debí soportar primero sus insultos por despertarla a medianoche. “Por favor, lea esto. Dígame qué dice”. “¿Que lea qué?”. “¡Esto!”, le gritaba desesperado. “¿Qué? Ahí no dice nada”. Estaba fuera de mí. No entendía. Mi obra, mi gran obra, no solo estaba perdida para mí. Debía estar equivocado. Estas no podían ser las hojas en las que había destilado mi más pura creatividad poética. Acusé a la vieja de entrar a mi habitación y robar mis cosas. Me respondió con un portazo y un “váyase para la mierda”. Me devolví a buscar por todas partes. No quería pensar en la posibilidad de un robo tampoco, porque eso sería admitir que mi texto estaba perdido. Levanté el colchón, revolqué mis pertenencias, busqué signos de intrusos en mi cuarto. Nada. “Bueno, me dije, soy el poeta, soy el creador, puedo escribir todo de nuevo”. Y tomé hojas limpias, mi pluma (sí, lujo de escritor de tiempos modernos el de todavía usar pluma para escribir) y me senté en la mesa. Un imaginario reloj comenzó a sonar en mi cabeza. Digo imaginario porque ni eso tenía en aquel cuartucho. Me llevé las uñas a la cara, me estiré en la silla, me eché a morir sobre las páginas. Nada. Ni una palabra. No podía recordar ni una sola de las palabras vertidas la noche anterior. El amanecer me encontró con los ojos vidriosos por las lágrimas de quien por un breve instante tuvo sus sueños en las manos y los perdió.

El escriba

Nací en la ciudad de Babilonia. Aprendí en la casa de las tabletas el arte dificultoso de combinar los signos y componer las palabras. Al nacer, ya llevaba por dentro la compulsión de escribir y por eso no descansé hasta ser admitido bajo la protección de Nisaba, diosa de los misterios de las medidas del cielo y la tierra, de los registros de mi pueblo y de los nombres de las cosas.
Un cálamo y la arcilla cruda son mis instrumentos de trabajo. Sé cómo tallar y afilar el cálamo hasta alcanzar el grosor perfecto. Sé distinguir la mejor entre muchos tipos de arcilla, por su dureza, su composición, su firmeza tras pasar por los fuegos del horno.
Si el documento no es de gran valor, lo secamos al sol. Será legible durante unos meses, quizás unos pocos años. Tal vez sea destruido y luego y vuelta a utilizar su arcilla.
Pero ay de aquellas palabras que deben ser escritas para permanecer. Días, ¡meses!, antes de hacer el primer trazo, me doy a la tarea de conseguir las mejores arcillas. Hago mezclas cuya composición solo yo conozco. Uso los secretos de la materia para hacer la tableta más fina, más durable, más inquebrantable. Su superficie será fina como la seda y dura como la piedra. Fresca, tendrá la textura perfecta para hacer incisiones legibles y elegantes, no muy profundas, ni muy superficiales. Cocida, permanecerá inmutable por generaciones. Solo así se crean las letras destinadas a ser acariciadas con reverencia.
Mis tabletas son codiciadas por reyes y señores; por sacerdotes y comerciantes. No hay mejores en toda la región. En ciudades lejanas se escucha mi nombre. Mis aprendices son muchos, desean conocer todos mis secretos. Me asedian con sus preguntas: ¿Cómo logro esos trazos tan finos y, al mismo tiempo, profundos? ¿Cómo obtengo esa apariencia de perfección en cada línea, en cada serie? ¿Cómo aprovecho todos los espacios del conjunto con equilibrio y belleza? ¿Cómo encuentro la armonía entre las palabras, en los sonidos, en las cadencias?
Soy un artista y mi arte me exige amasar la arcilla, clavar en ella mi stylo y vigilar los fuegos intensos que son capaces de endurecerla sin destruirla. Cada palabra escrita es hija de un gran esfuerzo.
Mis aprendices se encargan de las tareas más sencillas. Casi todas las tabletas comerciales de mi taller y las decorativas para hogares de nobles y comerciantes, esas que llevan oraciones de protección y atracción de la riqueza, las hacen los más dotados de mis pupilos. Aún así hay momentos y trabajos solo míos, mi privilegio de maestro.
Ya había dejado atrás mi juventud, cuando el rey vino a mí, buscando al mejor de todos los escribas. Me ha encargado un trabajo como pocos: las tablas de la ley sagrada. Deberán ser elaboradas y escritas con la mayor perfección y belleza. Seguí su mandato al instante. He abandonado todas mis otras actividades, me he entregado de lleno a este único trabajo, el que será mi obra maestra.
He pasado muchas lunas eligiendo la arcilla y preparándola en cantidad suficiente. Cada porción de calidad es guardada a la sombra y humedecida con frecuencia para impedir su pulverización. He elaborado, con paciencia, varios cálamos, con una punta finísima, con diversos grosores para alternar ahí donde sea necesario. He hecho mis libaciones y purificaciones. Nisaba, mi patrona, me ha dado su bendición e inspira en mí la palabra divina y la letra perfecta.
Así, estoy plasmando trazo por trazo cada uno de los preceptos de la ley. El proyecto del rey es ambicioso: encontrar un mecanismo para mejorar nuestra ciudad y aliviar las transgresiones inhumanas que día tras día vemos. Todavía tenemos el recuerdo demasiado cercano de una edad de oro, cuando se vivía de la caza y se recolectaban frutos para vivir. Pero el corazón viajero se cansa y las personas buscan un lugar para pacer sus ganados, amamantar sus hijos y esperar la vejez. Por eso vivimos aquí, en estas prósperas tierras, rodeados de la riqueza de la vida que traen las dos grandes serpientes, los dos ríos que son responsables por la vida bajo este sol implacable.
El rey es también implacable, como el sol de nuestras tierras. Lo he visto, embravecido sobre su carruaje, arremeter contra enemigos temibles que, sin embargo, huían cobardes al verle aparecer. También lo he visto cabizbajo, en las noches de luna, rondando el palacio y repasando los informes regulares de sus secretarios. El pueblo acude a él a pedir justicia. Le traen toda clase de problemas: murió mi vaca y creo que aquel vecino envidioso la hechizó; murió mi hijo, así que mataré al hijo de su matador; me han robado mi cosecha y ahora mis hijos morirán de hambre. Lo he visto, a mi señor, llorar en silencio y soledad horas después de haber reído en palacio en algún festín real. Por eso, le creo cuando dice que durante muchos años ha acariciado este proyecto. Hoy, por fin, me ha llamado a su lado para que yo copie las palabras finales, muchas veces escritas y corregidas en tablas que serán al fin destruidas.
—Si no me recuerdan por nada más, que me recuerden por esto —me dice—. Tus manos inscriben las palabras que fundarán una sociedad nueva. Muchas generaciones después de ti las leerán y seguirán. Escribe, escribe, que tus letras vivirán mucho más que tú y yo. Escribe, escribe, que nuestro tiempo ya se agota. La arcilla permanecerá sonora con palabras que serán dichas una y otra vez. Escribe, que veo el futuro de estas tablas y se recordarán aun cuando tus huesos y los míos ya hayan desaparecido. Escribe, que habrá quien no se conforme con nuestra arcilla y decida tallarlas en piedra, a ver si así logra fijarlas en los corazones de sus gentes. Escribe, que para esto hemos nacido.
—Sí, mi señor Hammurabi —murmuro y sigo escribiendo.

Maestro, reescribo una de mis historias

—Maestro, reescribo una de mis historias.
—¿Y cuál es el problema?
—Cuanto más lo reescribo, menos se asemeja a mi idea original.
—¿Qué tenía de malo tu idea?
—Le faltaba todo: una verdadera trama, acción, personajes interesantes… Tenía conceptos erróneos, todos mezclados.
—¿Y tu reescritura los está arreglando?
—Cada vez más siento como si fuese una obra nueva…
—…que sale de la piel de la vieja. ¿La vieja era publicable?
—No, maestro. Era un adefesio, un bodrio, una mezcolanza sin sentido.
—¿Y la nueva?
—Todavía no lo sé, pero tiene algo de lo que la otra carecía: me seduce.
—¿De qué manera?
—La siento que me sale desde dentro, con una honestidad desgarradora.
—¿Cuál es el problema entonces?
—¿Y la historia original?
—¿Qué con la historia original?
—Está desapareciendo.
—¿No dijiste que era impublicable?
—Sí, maestro.
—Entonces aprende a desapegarte de tus palabras. Si no sirven, el mejor lugar para ellas es el basurero.
—Pero, maestro…
—¿Te duele dejarlas ir?
—Sí, maestro. Yo las traje a este mundo. Les di vida…
—Esa es tu ilusión. No están vivas todavía. Las palabras sin vida son papel muerto.
—¿Y si lo están, maestro?
—Si lo estuvieran, te estarían seduciendo.