El profeta

wpid-1024px-pieter_claesz_002b-2015-05-1-14-03.jpg

Escondido en el baúl se encontraba todavía su viejo diario. Se había rehusado a quemarlo, pero tampoco había sido capaz de releerlo. Ninguno de sus diarios, a decir verdad. En esa noche, que llamar oscura es redundante y no por la ausencia de luna llena, abrió el baúl a pesar del chillido de los goznes, a pesar del olor a moho de las maderas, a pesar de… No. Inenunciable. No todavía. El dolor genuino rehúye de cualquier forma de verbalización o ya no es dolor. Cerró el baúl. Lo abrió de nuevo. Se detuvo. Su mirada se perdió en el vacío mientras la vela crepitaba sobre la mesa. Todo estaba consumado. Ninguno de los eventos acaecidos era reversible. Un hondo vacío le entumecía los músculos. Moverse era un desafío mayor que cargar todas las cadenas del infierno. Afuera, un durmiente amanecer esperaba para tañer otras vidas. La suya estaba por terminar. La suya ya se había terminado. Unos minutos, unas horas más en este cuerpo eran tan solo una extensión de la muerte horrenda en la que se había sumergido apenas unas horas atrás. Sacó despacio el cuaderno envuelto en su cubierta de cuero suave, sucio y viejo. Ahí, en algún sitio, de esos garabatos escritos por otro, estaba la visión de esta noche. Ahí, en alguna página, como un juego o, peor aún, como un mero divertimento, la profecía se escondía detrás de los malos versos. Se rehusaba a leerlos de nuevo, pero estaba obligado a hacerlo. La peste se las había llevado. Tampoco el niño se salvó. La negra muerte. La Muerte. Y él, condenado a sobrevivir, los había enterrado a los tres, solitario, en un mundo doliente. Nadie tenía ojos para nadie más. Todos cargaban a sus muertos o se unían a ellos para podrirse ahí donde la oscuridad les hubiese arrebatado el aliento.
Quiso gritar, pero alguien le robó el grito, desde lejos, en otra casa en donde otro hálito de vida había sido arrebatado. O quizás no había muerto aún, pero las señales de la enfermedad no dejaban esperanza alguna. ¿Qué maldición era esta, sobrevivir a lo más amado? “Vivirás para recordarnos. Vivirás para eternizarnos”, le había dicho ella en su palidez, en su aceptación de lo inevitable. Se equivocaba. Imposible llamarle vida a esta miseria. Sus manos jóvenes temblaban como las de un viejo. En verdad, se veían como las manos del viejo que no quería llegar a ser. ¿Cómo soportar la ancianidad con el recuerdo de esta noche? Las manitas que se aferraron a él antes de enfriarse y desaparecer. Los rizos suaves y perfumados. Los rostros tan amados, tan, pero tan amados, que lo habían abandonado sin piedad. Les había prometido todo. Lo había intentado todo. La muerte no las tocaría a ellas, no, porque él, en su orgullo, se había sentido inmune, las había creído inmunes. La ciencia era su pacto. Estaba protegido por su gran conocimiento, por su medicina, por su verdad. Verdades malditas diseñadas para perseguirlo el resto de su vida. Desgraciada arrogancia hecha pedazos en la noche más negra de su existencia. Y el diario… las páginas del diario volvían de lejos a recordarle quién era, a decirle: “no tienes derecho a la felicidad”. Lento, primero; con desesperación, después, comenzó a buscar. Buscaba y buscaba. Revolcaba. Regresaba y volvía. No. No aquí, tal vez… más allá, después de… sí. Este… este…
Leyó el cuarteto una vez más. ¿Cuántos años tenía cuando lo escribió? ¿Catorce tal vez? ¿Qué terrible musa le había inspirado tal visión? Joven, inmune al amor, le había parecido una excelente manera de entrenarse en la patética poesía amatoria de moda. Una mofa, sí, eso había creído. La mofa del amor doliente, del amante vencido por la enfermedad negra, del espectro que vaga por el mundo añorando y buscando lo perdido. Del viejo que moría sin dejar de amar esos cabellos dorados en sus arrugadas manos. De la miseria más profunda. Solo del peor dolor, seguía su verso, descubre el poeta al visionario, a quien ha accedido los más altos misterios de la enunciación. Poeta, profeta, mago… como en la Antigüedad. No eran indivisibles, decía el verso. Pero toda visión tiene un precio y se ha pagado desde antes de nacer. Tarde o temprano se recolectará la tarifa pactada a cambio del Don. En la noche de la recolecta, había garabateado ese joven, veinte años atrás, sabrás si valió la pena el sacrificio, si tu poder merecía entregar lo más amado. Has dicho sí, sin pensarlo, has aceptado el precio antes de saber que amar de verdad y perder es una muerte peor que cualquier ignorancia. Y esa noche recordarás estos versos olvidados.
Quiso llorar, pero en una puerta cercana le habían robado el llanto. Alguien lloraba con desespero por otra muerte más. Otra más en esta noche inacabable. En esta peste brutal.
No confirmarás si son ciertos tus versos hasta recibir este golpe mortal. Mortal. Mortal eres. Inmortal serás. Has creído todo un juego, un juego nada más. No. Desde ese momento, este momento, ese momento sabrás.
Y ahora sabía. Sí, ahora sabía.
¿Y de qué le servía? No había previsto semejante miseria. ¿Importaba acaso conocer el futuro si había sido incapaz de prevenirlo? No pudo cambiar nada. No pudo siquiera reconocerlo. En vano fueron sus esfuerzos por encontrar una cura. Creía haberla encontrado. En su vanidad, creía haberla encontrado. Ahora su arrogancia lo había dejado sin nada. No. No sin nada. Con esta maldición. Esta maldición por la que lo había dado todo. Esta cara maldición que otrora llamara don. No quiso llevarse nada, salvo los malditos diarios. No quería que fueran encontrados. No debían ser encontrados. No, al menos, antes de desentrañar su significado. Quería morir, pero no podía. Lo había sospechado, pero ahora, al perderlas a ellas, lo había confirmado. Había tratado más pacientes de peste de los que cualquier otro médico en su sano juicio habría aceptado y, sin embargo, aquí estaba todavía. ¿Qué clase de maldición era esta que se había llevado a su familia sin llevárselo a él? Una que no le dejaría morir, no todavía. No todavía.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Ilustración: Vanitas de Pieter Claesz, 1630 (Mauritzhuis, La Haya). Tomada de Wikimedia Commons.