La magia del silencio (IV): Sé que no puedes resistirte

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Sé que no puedes resistirte.
Lo has intentado de nuevo.
Has tratado de no pensar en mí,
de descartarme como si fuese una locura,
un invento de una imaginación demasiado vívida,
demasiado literaria.

Sigue mintiéndote;
por ahora estás segura.
Dame solo el derecho a la duda.
No me creas.
No es necesario.
Solo imagina qué pasaría
si mis palabras fueran ciertas.

Ya está sucediendo,
¿verdad?
Ya comienzas a sentir
como si no pertenecieras
por completo a este recuerdo,
a este lugar.

Te detienes.
Miras a tu alrededor.
Estás en el centro de todos los ciclones.
Estás en el eje de todas las turbas.
Y, sin embargo,
ninguna te toca.
A ninguna perteneces.
No puedes avanzar en ese frenesí.

Miríadas de personas
avanzan en todas direcciones,
sin pensarlo,
sin detenerse.
¿Hacia dónde marchan?
Sabes que avanzan en círculos,
sobre una misma rueda que gira y gira,
que sube y baja,
que viene y va.
Van de la casa a sus labores,
de la fatiga al hogar…
Se levantan,
comen,
se reproducen,
se duermen,
se vuelven a levantar…

Pero nunca despiertan.
No.
Nunca se despiertan.

Mira con más atención.
No todos están corriendo.
Anúlalos.
Conviértelos en líneas difusas de movimiento.
No veas sus individualidades,
solo las corrientes.
¿Ves esas pequeñas islas,
esos focos de inmovilidad?
Ya sabes lo que son,
o mejor dicho,
quiénes son.

No, espera.
No te precipites a llamarlos.
No todos emanan luz.
Observa con mayor atención.
Unos emiten y otros atraen.
Unos son luminosos, otros son devoradores.
No.
No los califiques
según la burda dualidad
de bien y mal.
Hasta la oscuridad
cumple una función transformadora
en el Universo.

Obsérvalos bien.
¿Qué puedes aprender de ellos?
¿Qué comprendes?
¿Qué deduces?

Ahora olvídalo todo.

Es tu mente actuando.
Tu mente sacando conclusiones.
Tu mente que trata
de acomodar la información
según las estructuras que ya tiene.
Tu mente sola es incapaz
de acceder la realidad.
Sé que todavía no puedes
distinguirlos con toda precisión.
Será más fácil después.
Lo prometo.

Ahora trae tu atención de nuevo hacia mí.
Hacia ti.
¿Ya sabes cuál es tu lugar en la trama?
¿Tienes idea de cuál es tu hilo?
Quieres saberlo.
Quieres que yo te lo diga.
Esa angustia,
ese anhelo
es una máscara de dos facetas.
Fallas en ver la grandeza
de lo pequeño.
Por eso no puedes
escuchar tu verdadera misión.
Me sigues leyendo
porque esperas
que yo haga el trabajo por ti,
que yo te lo diga.
No puedo.
Lo siento, pequeña.
Deberás descubrirlo por ti misma.
No se enuncia con discursos.
No se transmite en imágenes.
No se fuerza con la fe fingida.
Cuando lo sepas, no tendrás dudas.
Paciencia.
Abandona tus expectativas
de un grandilocuente destino
y quedarás en libertad
para hacer tu verdadero recorrido.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.com

La magia del silencio (III): He vivido la furia

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III

He vivido la furia.
La he experimentado con toda la fiereza posible.
He elevado mi voz cuando lo he creído necesario.
He gritado y gritado.
He declarado maldiciones sobre mis enemigos.
He descuartizado y destruido
a quien ha osado levantar
la ira de mis entrañas.

Obnubilada por la furia,
he arrasado pueblos y ciudades,
aniquilado ejércitos,
violado y mandado a violar hombres y mujeres.
He tomado venganza con la sangre de inocentes
y he descargado toda mi violencia en un solo golpe,
una sola palabra,
un solo grito.
Mi voz ha llevado la destrucción y la muerte
a cuanto incauto se me ha opuesto u ofendido.
Mi poder es un vendaval
que desde mi boca lo destruye todo.
Así he vivido.
Así he muerto.
Así he vuelto a vivir,
innumerables veces,
siempre arrastrada
por ese fuego incontrolable
que sale desde mis vísceras.

Actúo.
No pienso.
Destruyo.
Aniquilo.
Arraso.

Y solo después, mucho después,
huyo con la cabeza entre las manos y digo
“¿por qué lo hice?”,
“¿era necesario?”.

Tantas veces he matado,
tantas veces he muerto y nunca,
ni una sola vez,
he sido capaz de marchar en silencio,
en paz.

¿Puedo acaso seguir viviendo así?
¿Se detendrá alguna vez la rueda,
si elijo apegarme a mi violenta manera
de enfrentar el mundo?

¿Me escucho?
¿He visto lo que yo misma he dicho?
Enfrentar el mundo.
¿Y quién ha dicho que debo enfrentarlo?
¿No puedo amarlo, vivirlo, saborearlo, soñarlo?

No.

Tengo que conquistarlo, domarlo, corregirlo, quebrantarlo…
Tengo que hacer del mundo el lugar que yo quiero.
¿Por qué no puedo reconocer la belleza
cruda y diáfana de la tierra virgen, pura, sin labrar?
¿Por qué me creo con potestad para moldear la arcilla a mi antojo?

La furia me ha destruido, otra vez.
Y con toda la furia que me queda,
desde mis entrañas,
esta vez grito:
¡No más!
No más.
No más…

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

La magia del silencio (IIb)

Me he jurado no repetir más el ciclo de ruina
en el que yo misma me metí.
Pero implícita está la idea de vencer
a un enemigo que siempre me hace caer.
Anticipo tus interrogantes porque soy tú y lo sabes.
Ahora mismo te estás preguntando
por qué perder la voz es la muerte,
si todavía puedo escribir.
“¡Escribe y dímelo todo!”, piensas.
Piensas mal.
Mis votos me obligan a guardar silencio.
No puedo,
en forma alguna,
darte todo lo que sé,
decirte todo lo que hoy te necesito decir
a través de la escritura.
Ni siquiera el nombre de nuestra orden
me es permitido revelarte.
Te verás obligada a seguir las pistas
de quienes se protegen
tras el velo del secreto.
Ninguno de nosotros jamás
ha puesto por escrito
lo que necesitas descubrir.
Se ha transmitido desde siempre,
desde antes del inicio del tiempo,
de maestro a discípulo,
por medio de la Voz
y solamente de la Voz.

Y yo no puedo decírtelo
porque he perdido la mía.
Y porque he perdido mi Voz,
has debido renacer,
sin el recuerdo de la palabra
que debes emitir.

No conservé mi capacidad de articulación
el tiempo suficiente para emitirla,
para enunciarla,
para pronunciarla a pecho abierto.
Aunque logré escucharla en un susurro,
el proceso quedó inconcluso.
No pudo quedar fijada en la memoria
de mis cuerpos que tú compartes.
No pude darte mi legado.

Tu primera misión es escuchar esa palabra,
la palabra,
tu palabra.

Esa es tu llave. wpid-1446906402_c2c3a6d0da_o-2015-03-17-17-57.jpg
Foto: Alberto Ortiz, 27 setiembre de 2007. Flickr.com (https://www.flickr.com/photos/citizen_poeta/1446906402).

La magia del silencio (IIa)

¿Cómo llegué de ahí hasta aquí?

No recuerdas ya mi historia,
nuestra historia.

Somos el pálido reflejo de quienes fuimos,
de quienes seremos.

Al otro lado de estas palabras
no puedes sentirme como yo a ti,
que te adivino,
te presiento.

Tú,
en cambio,
me oyes llamarte,
como un grito atravesado en tus entrañas,
como una espiral cuyo vórtice eres tú.

Escúchame bien,
léeme,
revíveme para que te encuentres en mí.

Mi historia comenzó muchos años atrás.

¿Niña?
¿Joven?
No importa ya.

Tus manos no han envejecido todavía.
Te crees que vivirás para siempre.
Te verás joven, por dentro,
sin importar la imagen que te rebote desde el espejo.
Te consolarás con la mentira
de que mi historia no te ocurrirá a ti.

Por eso, sigue leyendo mis palabras.

Sigue.

Tienes miedo.
No recuerdas porque no quieres recordar.
Has dejado de leer.
Lo sé.
Miras hacia afuera
por no mirar hacia adentro.
No sabes si la verdad será superior a ti.
¿Estarás repitiendo la misma experiencia?
Temes reconocer,
en cada palmo de mi historia,
la tuya propia,
la que identificas como tuya.
La que pretendes solo tuya.

Mírate.

Prefieres pensar que no tienes ninguna pista de lo que ocurre.
Que no sabes a dónde se dirigen los eventos.
Que no vislumbras la historia detrás de los accidentes.
Todo es una trama.
Encontrar su nudo es la clave para resolverla.

Sospechas lo que viene.
O crees que lo sospechas y te quedas ahí.
No quieres aceptar que ya la has vivido.
Dentro de ti, lo sabes todo.
Conoces los personajes,
las acciones de cada uno,
lo que te espera.

Pero quisieras no conocerlos.
Quisieras ignorar la historia,
para que te sorprenda.
Quisieras no saber en qué termina,
pero lo sabes de antemano.
Todo parece tan obvio…
¿Por qué no puedes ver esto en tu propia vida?

Obsérvala como si fuera una ficción:
desde fuera.
Abstráete de ella.
Olvida que estás dentro de ella.
Todo será evidente,
claro.
Sabrás a dónde va.
Podrás decidir si repites las viejas acciones,
avanzar hacia el fracaso otra vez,
dejarte engañar por quienes están alrededor.

No me crees, ¿verdad?
Te estás preguntando
cuál es esta historia
que repites una y otra vez.
Quieres saberlo.
Quieres confiar en mí,
pero no puedes.

Te mientes:
no quieres creerme.
De hecho,
quieres que no sea verdad.
Vislumbras detrás de mis palabras
el enorme hastío
de quien ha llegado casi al límite
de no desear nada más. Casi.

Aciertas:
quedan en mí anhelos fuertes.
¿No es acaso algo de venganza
lo que percibes en mi tono?

En mi “tono de voz”,
pensaste,
pero olvidas que ya no tengo tono.
Pero la palabra lo tiene.
Tú lo percibes y se lo añades.
Quien interpreta
pone tanto de sí en la lectura,
que dos personas distintas
no leen jamás
el mismo texto.

Así que, léelo (óyelo) bien:
ese tono de voz viene de tu interior.
Lo reconoces,
lo encuentras
y lo activas con solo leerme otra vez.

La magia del Silencio: I

Soy una maga de la Palabra y he perdido la Voz.

La enunciación es mi poder creativo,
mi instrumento de transformación
de eso que los ilusos llaman realidad.

Escribo esto en mi mayor desesperación.
Si me estás leyendo, queda una esperanza.

Para cualquier otra persona, ya es de por sí difícil:
las más sencillas acciones de comunicación
se vuelven una tarea monumental,
a menudo finalizada en frustración.
Debes dar gracias,
han osado decirme,
porque conservas tus piernas,
y tus brazos
y tus ojos.
Pero no saben lo que es,
para mí,
perder la habilidad de articular palabras.

Mi voz se ha desvanecido.
He abandonado ya toda expectativa de recuperarla.
Es duro el oficio del bardo que no puede cantar,
del narrador de historias que no puede contar.

Por eso, en esta caverna fría y húmeda,
escribo con fuego mi historia para que tú,
la otra yo,
la que nacerá siglos después
de que yo haya abandonado este cuerpo sin voz,
escuche mi advertencia
y sea capaz de forjar un mejor destino.

Debido a mis errores,
mi propósito se ha retrasado un milenio.
Pero el tiempo no existe.
En un milenio más,
regresaré a este mismo lugar
para rememorar quién soy
y finalizar lo que,
por esta vez
—otra vez—,
ya no puedo terminar.

En mil años no tendré reminiscencia de quién soy.
No recordarás.
Así que debo dejar pistas para mí,
para la otra que seré,
para ti,
y recuperar las migajas de mi pasado,
de mi vida,
de mi propósito.

Me encontraré de nuevo.
Me uniré a mi verdadero ser
y romperé este ciclo de maldiciones de mutismo.

Demasiadas veces ya,
demasiadas vidas,
todos los años de preparación,
todas las enseñanzas,
todos los cuidados han fracasado siempre
por mi incapacidad para recordar.

El mismo error, una y otra vez.
La misma deuda, una y otra vez.
El mismo enemigo, una y otra vez.

Actúo según una obra de teatro
cuyo final no cambiará mientras yo no cambie.
Nacer en tiempos distintos,
encontrar a personas nuevas
no ha servido de nada.

Siempre,
cuando nos encontramos,
todo vuelve a comenzar;
como si fuese la misma historia narrada de nuevo,
de la misma manera,
aunque se actualicen la época, la cultura y el lugar.

Ya no sé si existo
o solo soy un personaje de un drama inmutable.
Quiero pensar que existo
y tengo el poder de finalizar este ciclo de dolor.
Quiero creer en un futuro nuevo.
Un futuro de luz y creación,
de paz y contento.

No más engaños y venganza,
egoísmo y autosatisfacción.

Esta,
lo juro,
será la última encarnación en que pierda mi Voz.
El último olvido.
El último dolor.

La próxima vez trascenderé mi ignorancia
y aprenderé de cada una de mis vidas
la lección
para dejar atrás el inefable destino
al que me encadena mi condición humana.

Mírate;
reconócete en estas líneas.
Descíframe y escúchame,
porque soy yo misma quien te habla.
No le hablo a nadie más que a ti.

Sé que en este instante huyes de mí.
Que te rehúsas a conocer la verdad.
Me temes.
Te temes a ti misma,
lo sabes ya.

¿Quién es esa que te habla con los ecos de tu sombra?
¿Quién eres Tú?

Lo que hice fue imperdonable
y lo pagué con mi talento más preciado.
Caí en los engaños sin escuchar mis alertas internas.
Me mentí una y otra vez.

Me dije: “no me pasará a mí”.
Creí que no podría pasarme a mí.
Pero sucedió.

Escucha las señales,
devela la historia antes de que se desarrolle
y salte de ella.
Cambia.
Abandona el personaje que me llevó a la ruina,
que nos llevará a la ruina, sin cesar jamás,
hasta que podamos romper el ciclo de la maldición
que vendrá una y otra y otra vez,
encadenándonos a esta tierra mortal.

¿Quién soy?
Mira dentro de ti misma y lo sabrás.

¿Qué quiero?
Lo mismo que tú.

Quiero dejar de dar vueltas
y vueltas en la ingrata rueda de la fortuna,
hacia arriba y hacia abajo,
sin avanzar.

Siempre termino en el mismo lugar:
muerta,
sin voz,
lista para un comienzo más.

Tengo encima la condena de Sísifo.
Y lo único que me diferencia de los demás mortales
es la maldición de la consciencia:
ellos giran en el tiovivo,
pero no lo saben.

¿Cómo te sentirías al rotar y rotar
y saberlo,
comprobar que no avanzas,
que no llegas a ningún lugar,
que todo a tu alrededor es una ilusión?

El suicidio no es una opción.
No te libera
porque todo vuelve a comenzar.

En cualquier dirección que avances,
siempre regresarás al centro.

En cualquier tiempo que nazcas,
siempre repetirás la misma cadena de eventos.

En cualquier cultura que nazcas,
siempre traicionarás tus enseñanzas
para repetir el patrón conocido,
que llevas incorporado
en la memoria remota de tus huesos.

¿Cómo salir de aquí?

Una sola respuesta:
comprende que la Rueda es una ilusión.

Sientes el cambio

Sientes el cambio. No es perceptible, pero lo sientes en la falta de resistencia. Ya no es tan difícil guardar silencio. Ya no debes hacer un esfuerzo; simplemente estás ahí, callada, escuchando. Pero todavía es artificial, todavía es incompleto. ¿Por qué? Una nueva emoción ha reemplazado a la anterior. En lugar de la compulsión incontrolable por hablar, expresarte, hacerte oír, ahora encuentras una reacción de molestia ante las interrupciones. ¿Por qué no se permiten hablar entre ellos? ¿Por qué nadie está escuchando? Todos están tomando la palabra por tomarla. La están desgastando en cada frase incoherente, cada idea inconclusa, cada balbuceo sin sentido, cada rodeo sin dirección. Se te hace una pérdida de tiempo. Tu reacción emocional salta en formas diversas: enojo, aburrimiento, decepción, distracción, falta de deseo… Ya no sabes qué tienes. Solo sabes que el silencio te está rodeando, te está acorralando, te está obligando a buscar la soledad en lugar del encuentro. Te retiras hacia dentro de ti misma; aunque no lo sepas, aunque los demás te vean tan normal. Sus vidas siguen, te das cuenta. Y pueden vivir sin ti. No les hace falta tu cháchara sin sentido, tus insidiosos comentarios, tus críticas catárticas. No. Pueden vivir bien sin ti. Lo han demostrado. Nadie es indispensable.

Y sin embargo, a pesar de todo, aún sabes que no has alcanzado el silencio pleno. No el interno. No el de la palabra visible, escrita, tallada. Todavía bulles. Ya no hablas, pero escribes. Ya no alzas la voz, pero a veces tu silencio es un grito. Y otros también lo sienten.

No sufras. No llores. No calles. No es callar el silencio. Es la ausencia de emisión. El silencio es un estado de quietud. Ahora me doy cuenta. Aquí, sin voz, en el fondo de esta caverna de la que no habré de salir más en esta encarnación.
Escúchame bien, siéntete y siénteme. Somos una y la misma. ¿Cuántas veces te lo he dicho ya? Si ahora puedo rozar el silencio, entonces tú también lo has hecho. La experiencia, el recuerdo, están en ti porque están en mí. Búscalos, hazlos emerger. ¿Lo sientes? Tus lágrimas me dicen que sí. Porque yo lo siento y es mi experiencia de este instante la que tú estás recordando, reviviendo… ¿Te das cuenta de que no hay vacío? El silencio no es ausencia de ruido; no es ausencia. Punto.

El origen de tu enfermedad

No comprendes los síntomas de tu cuerpo. Todavía piensas que un dolor de cabeza, un ardor de garganta, un dolor en el pecho son el producto de alguna patología cotidiana, explicable solo por la interacción entre tus huesos, músculos y venas. Crees en la ciencia médica y en lo que te ha dicho. Nada hay en el ser humano fuera del cuerpo físico visible, tangible, palpable.

Por eso no comprendes el origen real de tu enfermedad. Por eso buscas y buscas en tus recuerdos la corriente de aire que te dio una gripe más fuerte de lo común y el estornudo ajeno que trajo hasta ti un virus violento, capaz de anidarse en tu laringe, inflamarla y hacerla callar bajo un ardor indecible. Literalmente indecible, sin tu voz.
Los médicos, igual que tú, tantean y tantean tu historia personal, te interrogan sobre lo que hiciste, bebiste o gritaste. Te analizan la sangre y buscan los indicios de alguna de las muchas enfermedades identificadas, clasificadas y organizadas en su corpus de saber.

Su ciencia no deja nada en claro. Te miran perplejos tras su inmenso esfuerzo por no parecer desconcertados. Guardan un gesto grave, disimulan su ignorancia y te cambian la receta.

—Probemos esto.

Y te vas a la farmacia con una inyección nueva, una pastilla nueva, un ungüento nuevo… Ninguno, ni uno solo, te hace efecto.

No conocen –no pueden conocer– la causa real de tu afección. No busques más en la ciencia externa, una ciencia en pañales, en pleno estado incipiente de desarrollo. Avanza ahora hacia la ciencia oculta y aprende nuevas premisas para comprender la naturaleza. Conocerás el mundo de las causas. Solo entonces tu enfermedad –y su cura– serán transparentes para ti.

Libérate

Has decidido castigarte. Crees en el castigo como la mejor forma de fijar en la memoria la lección. Piensas haber actuado mal y, antes de recibirlo de otros, blandes el flagelo contra tu propia carne. No sabes de dónde proviene este impulso arraigado en tu más honda memoria. Huyes hurgar en tus recuerdos. Temes encontrar la fuente. Temes volver a un dolor superior a tu capacidad para soportarlo. ¿Qué fuerza irracional te lleva a adoptar el castigo como tu único medio de aprendizaje? Libérate, te lo ordeno yo, que conozco el origen de tu automanipulación. Libérate. Cree en mi palabra de voz añeja, de años perdidos, de sueños pasados. No me evadas. No pienses en otra cosa. Distraes tu energía para no renunciar al placer masoquista del castigo autoimpuesto. Detéctalo en ti. Aíslalo. Observa su verdadero rostro. Eso no eres tú. Eso no es parte de ti. Eso es un peso arrastrado de una vida de abuso y sumisión. Una vida en que olvidaste cómo ejercer tu libertad. Libérate. Te lo ordeno. Libérate. Te lo suplico. Guarda el aprendizaje pero deja ir el autocastigo. Es tiempo de recuperar la libertad. La verdadera libertad. Es la hora de tu liberación.