Diálogos con el Maestro: Despierta

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—Despierta, pupila, despierta. Se acabó el tiempo del sueño, es la hora de estar alerta.
—Lo siento, maestro, no logro abrir mis ojos. Se me cierran como dos botones sobre los que ha caído la noche.
—Despierta, pupila, despierta. La luz de la mañana ya tiñe el cielo, es la hora de verlo todo con la mirada interna.
—Lo siento, maestro, no consigo despabilar mis sentidos. Me invitan a seguir entre las cobijas, en el refugio oscuro de la habitación vacía.
—Despierta, pupila, despierta. El sol se acerca al mediodía. La tierra entera ha dejado atrás las brumas de la mañana y se alinea con la luz de más arriba.
—Lo siento, maestro, no consigo enfocar la mirada. Distante te oigo, minúsculo eres ante mis ojos. Estás lejos, muy lejos, y pareciera como si al respecto yo no pudiera hacer nada.
—Despierta, pupila, despierta. Tu hora ha llegado. Aunque tengas miedo y dudas, aunque creas no ser este el momento más indicado; aún así ha llegado tu momento, en medio del viento, en medio del alabastro.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

El profeta

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Escondido en el baúl se encontraba todavía su viejo diario. Se había rehusado a quemarlo, pero tampoco había sido capaz de releerlo. Ninguno de sus diarios, a decir verdad. En esa noche, que llamar oscura es redundante y no por la ausencia de luna llena, abrió el baúl a pesar del chillido de los goznes, a pesar del olor a moho de las maderas, a pesar de… No. Inenunciable. No todavía. El dolor genuino rehúye de cualquier forma de verbalización o ya no es dolor. Cerró el baúl. Lo abrió de nuevo. Se detuvo. Su mirada se perdió en el vacío mientras la vela crepitaba sobre la mesa. Todo estaba consumado. Ninguno de los eventos acaecidos era reversible. Un hondo vacío le entumecía los músculos. Moverse era un desafío mayor que cargar todas las cadenas del infierno. Afuera, un durmiente amanecer esperaba para tañer otras vidas. La suya estaba por terminar. La suya ya se había terminado. Unos minutos, unas horas más en este cuerpo eran tan solo una extensión de la muerte horrenda en la que se había sumergido apenas unas horas atrás. Sacó despacio el cuaderno envuelto en su cubierta de cuero suave, sucio y viejo. Ahí, en algún sitio, de esos garabatos escritos por otro, estaba la visión de esta noche. Ahí, en alguna página, como un juego o, peor aún, como un mero divertimento, la profecía se escondía detrás de los malos versos. Se rehusaba a leerlos de nuevo, pero estaba obligado a hacerlo. La peste se las había llevado. Tampoco el niño se salvó. La negra muerte. La Muerte. Y él, condenado a sobrevivir, los había enterrado a los tres, solitario, en un mundo doliente. Nadie tenía ojos para nadie más. Todos cargaban a sus muertos o se unían a ellos para podrirse ahí donde la oscuridad les hubiese arrebatado el aliento.
Quiso gritar, pero alguien le robó el grito, desde lejos, en otra casa en donde otro hálito de vida había sido arrebatado. O quizás no había muerto aún, pero las señales de la enfermedad no dejaban esperanza alguna. ¿Qué maldición era esta, sobrevivir a lo más amado? “Vivirás para recordarnos. Vivirás para eternizarnos”, le había dicho ella en su palidez, en su aceptación de lo inevitable. Se equivocaba. Imposible llamarle vida a esta miseria. Sus manos jóvenes temblaban como las de un viejo. En verdad, se veían como las manos del viejo que no quería llegar a ser. ¿Cómo soportar la ancianidad con el recuerdo de esta noche? Las manitas que se aferraron a él antes de enfriarse y desaparecer. Los rizos suaves y perfumados. Los rostros tan amados, tan, pero tan amados, que lo habían abandonado sin piedad. Les había prometido todo. Lo había intentado todo. La muerte no las tocaría a ellas, no, porque él, en su orgullo, se había sentido inmune, las había creído inmunes. La ciencia era su pacto. Estaba protegido por su gran conocimiento, por su medicina, por su verdad. Verdades malditas diseñadas para perseguirlo el resto de su vida. Desgraciada arrogancia hecha pedazos en la noche más negra de su existencia. Y el diario… las páginas del diario volvían de lejos a recordarle quién era, a decirle: “no tienes derecho a la felicidad”. Lento, primero; con desesperación, después, comenzó a buscar. Buscaba y buscaba. Revolcaba. Regresaba y volvía. No. No aquí, tal vez… más allá, después de… sí. Este… este…
Leyó el cuarteto una vez más. ¿Cuántos años tenía cuando lo escribió? ¿Catorce tal vez? ¿Qué terrible musa le había inspirado tal visión? Joven, inmune al amor, le había parecido una excelente manera de entrenarse en la patética poesía amatoria de moda. Una mofa, sí, eso había creído. La mofa del amor doliente, del amante vencido por la enfermedad negra, del espectro que vaga por el mundo añorando y buscando lo perdido. Del viejo que moría sin dejar de amar esos cabellos dorados en sus arrugadas manos. De la miseria más profunda. Solo del peor dolor, seguía su verso, descubre el poeta al visionario, a quien ha accedido los más altos misterios de la enunciación. Poeta, profeta, mago… como en la Antigüedad. No eran indivisibles, decía el verso. Pero toda visión tiene un precio y se ha pagado desde antes de nacer. Tarde o temprano se recolectará la tarifa pactada a cambio del Don. En la noche de la recolecta, había garabateado ese joven, veinte años atrás, sabrás si valió la pena el sacrificio, si tu poder merecía entregar lo más amado. Has dicho sí, sin pensarlo, has aceptado el precio antes de saber que amar de verdad y perder es una muerte peor que cualquier ignorancia. Y esa noche recordarás estos versos olvidados.
Quiso llorar, pero en una puerta cercana le habían robado el llanto. Alguien lloraba con desespero por otra muerte más. Otra más en esta noche inacabable. En esta peste brutal.
No confirmarás si son ciertos tus versos hasta recibir este golpe mortal. Mortal. Mortal eres. Inmortal serás. Has creído todo un juego, un juego nada más. No. Desde ese momento, este momento, ese momento sabrás.
Y ahora sabía. Sí, ahora sabía.
¿Y de qué le servía? No había previsto semejante miseria. ¿Importaba acaso conocer el futuro si había sido incapaz de prevenirlo? No pudo cambiar nada. No pudo siquiera reconocerlo. En vano fueron sus esfuerzos por encontrar una cura. Creía haberla encontrado. En su vanidad, creía haberla encontrado. Ahora su arrogancia lo había dejado sin nada. No. No sin nada. Con esta maldición. Esta maldición por la que lo había dado todo. Esta cara maldición que otrora llamara don. No quiso llevarse nada, salvo los malditos diarios. No quería que fueran encontrados. No debían ser encontrados. No, al menos, antes de desentrañar su significado. Quería morir, pero no podía. Lo había sospechado, pero ahora, al perderlas a ellas, lo había confirmado. Había tratado más pacientes de peste de los que cualquier otro médico en su sano juicio habría aceptado y, sin embargo, aquí estaba todavía. ¿Qué clase de maldición era esta que se había llevado a su familia sin llevárselo a él? Una que no le dejaría morir, no todavía. No todavía.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Ilustración: Vanitas de Pieter Claesz, 1630 (Mauritzhuis, La Haya). Tomada de Wikimedia Commons.

La magia del silencio (IV): Sé que no puedes resistirte

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Sé que no puedes resistirte.
Lo has intentado de nuevo.
Has tratado de no pensar en mí,
de descartarme como si fuese una locura,
un invento de una imaginación demasiado vívida,
demasiado literaria.

Sigue mintiéndote;
por ahora estás segura.
Dame solo el derecho a la duda.
No me creas.
No es necesario.
Solo imagina qué pasaría
si mis palabras fueran ciertas.

Ya está sucediendo,
¿verdad?
Ya comienzas a sentir
como si no pertenecieras
por completo a este recuerdo,
a este lugar.

Te detienes.
Miras a tu alrededor.
Estás en el centro de todos los ciclones.
Estás en el eje de todas las turbas.
Y, sin embargo,
ninguna te toca.
A ninguna perteneces.
No puedes avanzar en ese frenesí.

Miríadas de personas
avanzan en todas direcciones,
sin pensarlo,
sin detenerse.
¿Hacia dónde marchan?
Sabes que avanzan en círculos,
sobre una misma rueda que gira y gira,
que sube y baja,
que viene y va.
Van de la casa a sus labores,
de la fatiga al hogar…
Se levantan,
comen,
se reproducen,
se duermen,
se vuelven a levantar…

Pero nunca despiertan.
No.
Nunca se despiertan.

Mira con más atención.
No todos están corriendo.
Anúlalos.
Conviértelos en líneas difusas de movimiento.
No veas sus individualidades,
solo las corrientes.
¿Ves esas pequeñas islas,
esos focos de inmovilidad?
Ya sabes lo que son,
o mejor dicho,
quiénes son.

No, espera.
No te precipites a llamarlos.
No todos emanan luz.
Observa con mayor atención.
Unos emiten y otros atraen.
Unos son luminosos, otros son devoradores.
No.
No los califiques
según la burda dualidad
de bien y mal.
Hasta la oscuridad
cumple una función transformadora
en el Universo.

Obsérvalos bien.
¿Qué puedes aprender de ellos?
¿Qué comprendes?
¿Qué deduces?

Ahora olvídalo todo.

Es tu mente actuando.
Tu mente sacando conclusiones.
Tu mente que trata
de acomodar la información
según las estructuras que ya tiene.
Tu mente sola es incapaz
de acceder la realidad.
Sé que todavía no puedes
distinguirlos con toda precisión.
Será más fácil después.
Lo prometo.

Ahora trae tu atención de nuevo hacia mí.
Hacia ti.
¿Ya sabes cuál es tu lugar en la trama?
¿Tienes idea de cuál es tu hilo?
Quieres saberlo.
Quieres que yo te lo diga.
Esa angustia,
ese anhelo
es una máscara de dos facetas.
Fallas en ver la grandeza
de lo pequeño.
Por eso no puedes
escuchar tu verdadera misión.
Me sigues leyendo
porque esperas
que yo haga el trabajo por ti,
que yo te lo diga.
No puedo.
Lo siento, pequeña.
Deberás descubrirlo por ti misma.
No se enuncia con discursos.
No se transmite en imágenes.
No se fuerza con la fe fingida.
Cuando lo sepas, no tendrás dudas.
Paciencia.
Abandona tus expectativas
de un grandilocuente destino
y quedarás en libertad
para hacer tu verdadero recorrido.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.com

Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

Las palabras perdidas

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Ahí estaban las hojas, sí, pero no podía distinguir mi propia escritura. Ininteligibles garabatos llenaban las páginas. Horas de trabajo, mis más grandes versos y no podía comprenderlos. No era solamente yo. Frenético, desesperado, toqué a la puerta de mi casera. Perdida toda noción del tiempo, debí soportar primero sus insultos por despertarla a medianoche. “Por favor, lea esto. Dígame qué dice”. “¿Que lea qué?”. “¡Esto!”, le gritaba desesperado. “¿Qué? Ahí no dice nada”. Estaba fuera de mí. No entendía. Mi obra, mi gran obra, no solo estaba perdida para mí. Debía estar equivocado. Estas no podían ser las hojas en las que había destilado mi más pura creatividad poética. Acusé a la vieja de entrar a mi habitación y robar mis cosas. Me respondió con un portazo y un “váyase para la mierda”. Me devolví a buscar por todas partes. No quería pensar en la posibilidad de un robo tampoco, porque eso sería admitir que mi texto estaba perdido. Levanté el colchón, revolqué mis pertenencias, busqué signos de intrusos en mi cuarto. Nada. “Bueno, me dije, soy el poeta, soy el creador, puedo escribir todo de nuevo”. Y tomé hojas limpias, mi pluma (sí, lujo de escritor de tiempos modernos el de todavía usar pluma para escribir) y me senté en la mesa. Un imaginario reloj comenzó a sonar en mi cabeza. Digo imaginario porque ni eso tenía en aquel cuartucho. Me llevé las uñas a la cara, me estiré en la silla, me eché a morir sobre las páginas. Nada. Ni una palabra. No podía recordar ni una sola de las palabras vertidas la noche anterior. El amanecer me encontró con los ojos vidriosos por las lágrimas de quien por un breve instante tuvo sus sueños en las manos y los perdió.

La magia del silencio (IIb)

Me he jurado no repetir más el ciclo de ruina
en el que yo misma me metí.
Pero implícita está la idea de vencer
a un enemigo que siempre me hace caer.
Anticipo tus interrogantes porque soy tú y lo sabes.
Ahora mismo te estás preguntando
por qué perder la voz es la muerte,
si todavía puedo escribir.
“¡Escribe y dímelo todo!”, piensas.
Piensas mal.
Mis votos me obligan a guardar silencio.
No puedo,
en forma alguna,
darte todo lo que sé,
decirte todo lo que hoy te necesito decir
a través de la escritura.
Ni siquiera el nombre de nuestra orden
me es permitido revelarte.
Te verás obligada a seguir las pistas
de quienes se protegen
tras el velo del secreto.
Ninguno de nosotros jamás
ha puesto por escrito
lo que necesitas descubrir.
Se ha transmitido desde siempre,
desde antes del inicio del tiempo,
de maestro a discípulo,
por medio de la Voz
y solamente de la Voz.

Y yo no puedo decírtelo
porque he perdido la mía.
Y porque he perdido mi Voz,
has debido renacer,
sin el recuerdo de la palabra
que debes emitir.

No conservé mi capacidad de articulación
el tiempo suficiente para emitirla,
para enunciarla,
para pronunciarla a pecho abierto.
Aunque logré escucharla en un susurro,
el proceso quedó inconcluso.
No pudo quedar fijada en la memoria
de mis cuerpos que tú compartes.
No pude darte mi legado.

Tu primera misión es escuchar esa palabra,
la palabra,
tu palabra.

Esa es tu llave. wpid-1446906402_c2c3a6d0da_o-2015-03-17-17-57.jpg
Foto: Alberto Ortiz, 27 setiembre de 2007. Flickr.com (https://www.flickr.com/photos/citizen_poeta/1446906402).

¿Qué ve quien puede ver?

—Maestro, ¿qué ve quien puede ver?
—¿Qué ves en este momento.
—Veo la luz que reflejan los objetos, veo las sombras que proyectan, veo formas y colores, veo brillos y destellos, veo o adivino la realidad.
—Pues quien ve reconoce lo real detrás de la realidad, lo tangible detrás del reflejo, la luz que emiten los objetos no solo la que rebota sobre ellos. Quien ve reconoce. Quien reconoce recuerda. Quien recuerda sabe.
—Maestro, he dependido de artefactos para ver desde que tengo memoria. Imperfectos, distorsionadores de la realidad, con tonos correctivos y reflejos por todos lados, pero eran mi seguridad, mi comfort, mi apoyo. Eran mi muleta para ver el mundo. Ahora que no los tengo, siento pánico. Siento que no podré ver sin ellos. Siento que me he quedado ciega.
—Ciega estabas antes que necesitabas tus muletas, tus ayudas, tus anteojos. Ahora la visión que tienes es tuya, el velo que ves es temporal, y la imperfección de tu visión es ilusoria. No compares el mundo con la visión que tenías desde tus anteojos. No temas más.
—No puedo ver bien a la distancia ni a la cercanía. No veo el detalle ni lo pequeño. Tampoco puedo ver con claridad todo el panorama.
—Estás acostumbrada a una visión parcial, teñida, modificada. Acostúmbrate a tu nueva visión y abandona el miedo. El miedo de no ver te impide reconocer lo que ves.
—¿Cómo se siente ver de verdad, maestro?
—Duele.
—¿Por qué me cuesta tanto verte, maestro?
—Porque me confundes con lo irreal; y crees real lo ilusorio. Y les has dado a tus ojos al orden de ver lo ilusorio y declararlo real.
—¿Cómo te reconoceré cuando te vea? ¿Cómo sabré que por fin te estoy viendo?
—Porque ya no tendrás que hacerme esa pregunta.