Cuidado con lo que pides, mortal

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Cuidado con lo que pides, mortal, cuidado, yo, la Señora del Recuerdo, te lo digo. Es verdad que un pacto antiguo conmigo has suscrito. Te recuerdo de antaño, de la antigua caverna, de las aguas del río. Te recuerdo de bosques lejanos, de cimas nubosas, de los vientos, las rocas y los caminos. He visto tus muchos rostros, he escuchado tus muchas voces, he conocido tus muchos líos. Ni una sola de tus encarnaciones ha dejado de archivarse en los anaqueles de mis libros. Las hay placenteras y bellas, paradisiacas, tranquilas. Las hay brutales e inmisericordes, crueles, malditas. Ni uno solo de tus momentos de felicidad se ha escapado a mis registros. Ni uno solo de tus actos cruentos, desesperados, estíos. Todo está aquí. Será tuyo, como lo has pedido. Pero antes de darte tus viejos registros, has de conocer, poeta, las posibles consecuencias de esta petición que hoy me has traído.
El recuerdo ha llevado a muchos valientes a la locura, a muchos sabios al suicidio. Si tu corazón no es puro, si no has soltado todo lo que este mundo para ti ha tenido, recordar ahora no será la experiencia placentera que tú has creído. No hay placer en el recuerdo, no hay heroísmo. Vendrán a ti todas juntas las miserias que una y otra vez, y otra más, has vivido. Hombres más grandes que tú, más elevadas almas, he perdido, por darles antes de tiempo el acceso a lo vivido. No es en vano, hijo, hermoso mío, que solo unos cuantos recuerdos, esporádicos, has visto. Vislumbres lejanos, borrosos, sencillos. ¿Cómo puede una de tus encarnaciones aspirar a comprender las décadas y décadas de los muchos hombres que has sido? Dolores más allá de lo humano has visto y más de una vez me has rogado, con sangre por lágrimas, borrarlos de tu libro. Fiel a nuestro pacto, no lo he hecho, como una vez tu alma lo ha pedido, pero te he ayudado a olvidar, por un tiempo, lo sufrido. Soy señora del recuerdo, pero también del olvido, porque solo yo decido para ti, cuando es el momento de levantar la bruma y mostrarte de nuevo los viejos caminos.
Has de demostrarme hoy que en verdad estás listo. Has de pasar las pruebas y los obstáculos que guardan lo que te he prometido. No es pequeña la labor que te encomiendo, no es vana tampoco la petición que me has traído. Si tras estas pruebas logras demostrarme que eres digno, te daré lo que buscas, sin reservas; ninguna condición limitará tu acceso a lo que es tuyo, por ti vivido. Pero si fallas la ordalía, no podré —ni habrá dios que pueda revertirlo— darte tus memorias, ni una de ellas, querido hijo. Quedarán de nuevo resguardadas en la caverna del olvido, para que otra vez, cuando seas digno, puedas venir por tus memorias, cuando estés listo. Una vez por encarnación, una sola, este acceso te puede ser concedido. ¿Estás seguro que estás, para pedirlo, listo? Si fallas, te lo advierto, habrás de morir y renacer antes de volver a pedirlo. Puedes ahora irte, seguir viviendo y volver cuando te creas merecedor de este privilegio. No gastes tu oportunidad en vano, a menos que se te vaya la vida en ello.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Pintura: Mnemósine, de Dante Gabriel Rosetti (1828-1882); foto de la obra: Wikimedia Commons.

La magia del silencio (III): He vivido la furia

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III

He vivido la furia.
La he experimentado con toda la fiereza posible.
He elevado mi voz cuando lo he creído necesario.
He gritado y gritado.
He declarado maldiciones sobre mis enemigos.
He descuartizado y destruido
a quien ha osado levantar
la ira de mis entrañas.

Obnubilada por la furia,
he arrasado pueblos y ciudades,
aniquilado ejércitos,
violado y mandado a violar hombres y mujeres.
He tomado venganza con la sangre de inocentes
y he descargado toda mi violencia en un solo golpe,
una sola palabra,
un solo grito.
Mi voz ha llevado la destrucción y la muerte
a cuanto incauto se me ha opuesto u ofendido.
Mi poder es un vendaval
que desde mi boca lo destruye todo.
Así he vivido.
Así he muerto.
Así he vuelto a vivir,
innumerables veces,
siempre arrastrada
por ese fuego incontrolable
que sale desde mis vísceras.

Actúo.
No pienso.
Destruyo.
Aniquilo.
Arraso.

Y solo después, mucho después,
huyo con la cabeza entre las manos y digo
“¿por qué lo hice?”,
“¿era necesario?”.

Tantas veces he matado,
tantas veces he muerto y nunca,
ni una sola vez,
he sido capaz de marchar en silencio,
en paz.

¿Puedo acaso seguir viviendo así?
¿Se detendrá alguna vez la rueda,
si elijo apegarme a mi violenta manera
de enfrentar el mundo?

¿Me escucho?
¿He visto lo que yo misma he dicho?
Enfrentar el mundo.
¿Y quién ha dicho que debo enfrentarlo?
¿No puedo amarlo, vivirlo, saborearlo, soñarlo?

No.

Tengo que conquistarlo, domarlo, corregirlo, quebrantarlo…
Tengo que hacer del mundo el lugar que yo quiero.
¿Por qué no puedo reconocer la belleza
cruda y diáfana de la tierra virgen, pura, sin labrar?
¿Por qué me creo con potestad para moldear la arcilla a mi antojo?

La furia me ha destruido, otra vez.
Y con toda la furia que me queda,
desde mis entrañas,
esta vez grito:
¡No más!
No más.
No más…

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Estoy en un bosque

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Estoy en un bosque, cualquier bosque.
Puedo crearlo como yo quiera, creerlo como yo quiera.
Puedo llenarlo de luz o de sombras,
de musgos o de hojas,
de vida o de putrefacción.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo colarme por escondrijos entre las raíces
de árboles viejos, muy viejos
o trepar por las lianas hasta las copas de los más
altos de los colosos por encima de manos de tigre y parásitas.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo poblarlo de criaturas mágicas
luminosas y oscuras, poderosas y débiles.
Puedo vagar por rincones desconocidos
entre flores y espinos,
entre frutos dulces y venenosos,
entre animales amigos y enemigos.

Este bosque es mío, con sus aguas y sus lluvias,
con sus tiempos de estío.

Se abre para recibirme,
sin luces eléctricas,
sin estruendosos motores,
sin chácharas necias.

Este bosque no está en medio de ciudades
ni rodeado por factorías humeantes.

Este bosque,
mi bosque,
mágico y hermoso,
brutal y terrible,
solo existe aquí:
entre tú y yo,
en estos versos verdes,
en estos ojos soñadores,
en este instante
de bosques desvanecidos.

Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

Las palabras perdidas

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Ahí estaban las hojas, sí, pero no podía distinguir mi propia escritura. Ininteligibles garabatos llenaban las páginas. Horas de trabajo, mis más grandes versos y no podía comprenderlos. No era solamente yo. Frenético, desesperado, toqué a la puerta de mi casera. Perdida toda noción del tiempo, debí soportar primero sus insultos por despertarla a medianoche. “Por favor, lea esto. Dígame qué dice”. “¿Que lea qué?”. “¡Esto!”, le gritaba desesperado. “¿Qué? Ahí no dice nada”. Estaba fuera de mí. No entendía. Mi obra, mi gran obra, no solo estaba perdida para mí. Debía estar equivocado. Estas no podían ser las hojas en las que había destilado mi más pura creatividad poética. Acusé a la vieja de entrar a mi habitación y robar mis cosas. Me respondió con un portazo y un “váyase para la mierda”. Me devolví a buscar por todas partes. No quería pensar en la posibilidad de un robo tampoco, porque eso sería admitir que mi texto estaba perdido. Levanté el colchón, revolqué mis pertenencias, busqué signos de intrusos en mi cuarto. Nada. “Bueno, me dije, soy el poeta, soy el creador, puedo escribir todo de nuevo”. Y tomé hojas limpias, mi pluma (sí, lujo de escritor de tiempos modernos el de todavía usar pluma para escribir) y me senté en la mesa. Un imaginario reloj comenzó a sonar en mi cabeza. Digo imaginario porque ni eso tenía en aquel cuartucho. Me llevé las uñas a la cara, me estiré en la silla, me eché a morir sobre las páginas. Nada. Ni una palabra. No podía recordar ni una sola de las palabras vertidas la noche anterior. El amanecer me encontró con los ojos vidriosos por las lágrimas de quien por un breve instante tuvo sus sueños en las manos y los perdió.

La magia del Silencio: I

Soy una maga de la Palabra y he perdido la Voz.

La enunciación es mi poder creativo,
mi instrumento de transformación
de eso que los ilusos llaman realidad.

Escribo esto en mi mayor desesperación.
Si me estás leyendo, queda una esperanza.

Para cualquier otra persona, ya es de por sí difícil:
las más sencillas acciones de comunicación
se vuelven una tarea monumental,
a menudo finalizada en frustración.
Debes dar gracias,
han osado decirme,
porque conservas tus piernas,
y tus brazos
y tus ojos.
Pero no saben lo que es,
para mí,
perder la habilidad de articular palabras.

Mi voz se ha desvanecido.
He abandonado ya toda expectativa de recuperarla.
Es duro el oficio del bardo que no puede cantar,
del narrador de historias que no puede contar.

Por eso, en esta caverna fría y húmeda,
escribo con fuego mi historia para que tú,
la otra yo,
la que nacerá siglos después
de que yo haya abandonado este cuerpo sin voz,
escuche mi advertencia
y sea capaz de forjar un mejor destino.

Debido a mis errores,
mi propósito se ha retrasado un milenio.
Pero el tiempo no existe.
En un milenio más,
regresaré a este mismo lugar
para rememorar quién soy
y finalizar lo que,
por esta vez
—otra vez—,
ya no puedo terminar.

En mil años no tendré reminiscencia de quién soy.
No recordarás.
Así que debo dejar pistas para mí,
para la otra que seré,
para ti,
y recuperar las migajas de mi pasado,
de mi vida,
de mi propósito.

Me encontraré de nuevo.
Me uniré a mi verdadero ser
y romperé este ciclo de maldiciones de mutismo.

Demasiadas veces ya,
demasiadas vidas,
todos los años de preparación,
todas las enseñanzas,
todos los cuidados han fracasado siempre
por mi incapacidad para recordar.

El mismo error, una y otra vez.
La misma deuda, una y otra vez.
El mismo enemigo, una y otra vez.

Actúo según una obra de teatro
cuyo final no cambiará mientras yo no cambie.
Nacer en tiempos distintos,
encontrar a personas nuevas
no ha servido de nada.

Siempre,
cuando nos encontramos,
todo vuelve a comenzar;
como si fuese la misma historia narrada de nuevo,
de la misma manera,
aunque se actualicen la época, la cultura y el lugar.

Ya no sé si existo
o solo soy un personaje de un drama inmutable.
Quiero pensar que existo
y tengo el poder de finalizar este ciclo de dolor.
Quiero creer en un futuro nuevo.
Un futuro de luz y creación,
de paz y contento.

No más engaños y venganza,
egoísmo y autosatisfacción.

Esta,
lo juro,
será la última encarnación en que pierda mi Voz.
El último olvido.
El último dolor.

La próxima vez trascenderé mi ignorancia
y aprenderé de cada una de mis vidas
la lección
para dejar atrás el inefable destino
al que me encadena mi condición humana.

Mírate;
reconócete en estas líneas.
Descíframe y escúchame,
porque soy yo misma quien te habla.
No le hablo a nadie más que a ti.

Sé que en este instante huyes de mí.
Que te rehúsas a conocer la verdad.
Me temes.
Te temes a ti misma,
lo sabes ya.

¿Quién es esa que te habla con los ecos de tu sombra?
¿Quién eres Tú?

Lo que hice fue imperdonable
y lo pagué con mi talento más preciado.
Caí en los engaños sin escuchar mis alertas internas.
Me mentí una y otra vez.

Me dije: “no me pasará a mí”.
Creí que no podría pasarme a mí.
Pero sucedió.

Escucha las señales,
devela la historia antes de que se desarrolle
y salte de ella.
Cambia.
Abandona el personaje que me llevó a la ruina,
que nos llevará a la ruina, sin cesar jamás,
hasta que podamos romper el ciclo de la maldición
que vendrá una y otra y otra vez,
encadenándonos a esta tierra mortal.

¿Quién soy?
Mira dentro de ti misma y lo sabrás.

¿Qué quiero?
Lo mismo que tú.

Quiero dejar de dar vueltas
y vueltas en la ingrata rueda de la fortuna,
hacia arriba y hacia abajo,
sin avanzar.

Siempre termino en el mismo lugar:
muerta,
sin voz,
lista para un comienzo más.

Tengo encima la condena de Sísifo.
Y lo único que me diferencia de los demás mortales
es la maldición de la consciencia:
ellos giran en el tiovivo,
pero no lo saben.

¿Cómo te sentirías al rotar y rotar
y saberlo,
comprobar que no avanzas,
que no llegas a ningún lugar,
que todo a tu alrededor es una ilusión?

El suicidio no es una opción.
No te libera
porque todo vuelve a comenzar.

En cualquier dirección que avances,
siempre regresarás al centro.

En cualquier tiempo que nazcas,
siempre repetirás la misma cadena de eventos.

En cualquier cultura que nazcas,
siempre traicionarás tus enseñanzas
para repetir el patrón conocido,
que llevas incorporado
en la memoria remota de tus huesos.

¿Cómo salir de aquí?

Una sola respuesta:
comprende que la Rueda es una ilusión.

¿Quién es el bardo?

—¿Quién es el bardo? ¿Quién es el poeta? ¿Acaso no lo sabes?

—No me digas que es el creador, el omnipotente, el omnipresente. Me resisto a creer que el poeta tenga tanto poder.

—Desde los tiempos antiguos, el verdadero bardo ha sido el cantor que teje las vidas de los humanos, las vidas pasadas, presentes y futuras. Las descubre, las sigue, las cuenta, las crea con sus palabras y las recrea cada vez que las canta. El poeta es el señor de la historia, de las ideas, de la filosofía… El poeta canta y emite con su canto la Vida, perpetúa la Vida, sostiene la Vida. Abre la puerta al pasado y deja ver quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes podremos ser. Mira hacia el futuro y por eso le creen adivino. ¡Qué ilusa manera de comprender lo que realmente hace el poeta! No adivina, sabe. ¿Cuántas personas han nacido, muerto, agonizado y revivido en este preciso momento? Aquel de todos los poetas que ha abierto su consciencia al saber total lo sabe, lo sufre, lo tolera únicamente por el amor que le tiene a la humanidad.

¿Crees que ser un poeta es un privilegio, una razón para obtener favores, recibir dádivas, rodearse de gente poderosa y escuchar, por doquier, halagos y elogios? Te equivocas. Ser poeta no es recibir laudes ni aplausos, no es vivir entre sedas y lujos, no es ser superior a los demás seres humanos. Ser poeta es amar con un amor tan infinito, tan grande, tan imposible, que se confunde con el dolor. Te duele el dolor, te duele la vida, te duele la muerte… Te duele ver a los humanos distraídos en la ilusión de la muerte. El poeta ha muerto y renacido, ha conocido el universo completo y ha entrado en el sueño antes de volver a la vida. El poeta ha conocido el inframundo y, al salir, se ha traído la Vida consigo.

Que el que quiera ser Poeta sepa de antemano el dolor de la Poesía. No elijas este oficio por las razones equivocadas. Llevarás un peso superior a tus fuerzas y serás responsable por cada una de tus palabras. Cree en ellas, vitalízalas con tu propio hálito, déjalas salir en tu inmenso dolor por el mundo, en tu inmenso amor por el mundo. Pero recuerda: tus palabras también pueden convertirse en dolor, en destrucción, en ruina. Jamás digas palabra vana, jamás invoques la tormenta sin saber primero si esa es la voluntad de la Vida.

La pulsión de escribir

Es un deseo incontrolable, incontenible, monstruoso. A veces permanece dormido, como una bestia que acecha. La ponemos en la sombra, donde no escuchemos sus gruñidos, para tener algo de paz, algo de normalidad. Pero ahí está. Basta leer algo digno de haber deseado escribir con la propia pluma, para que la bestia salte de su escondite una vez más y nos asedie. Sin pensarlo demasiado, saltamos al vacío. Pluma y papel —o su equivalente— en las manos. No necesitamos más. Vamos perdiéndolo todo en la caída. Y cuanto más desnudos, más reales las palabras que vamos dejando atrás. Más dolorosas. Más punzantes. Más seductoras. Son esas, las más desgarradoras, las que tienen una oportunidad de ganar quién las lea. Irónica broma de la suerte: se necesita morir para acceder a los misterios de la vida; se necesita vivir para verter en palabras algo digno de leerse. ¿Quién quiere leer sobre la felicidad? Nadie. Quien ha alcanzado la plenitud ya puede prescindir de los libros. Bendita la vida que nos trajo hasta acá, que nos hizo dependientes de la voz, que nos obliga a usar la palabra. Esa misma vida nos llevará hasta donde deberemos estar.

Dejarse arrastrar

¡Qué encanto misterioso
el dejarse arrastrar por las palabras
sin pensar en ellas,
sin calcularlas,
sin rebuscarlas en extensos vocabularios y glosas!

¡Qué dulce abandono
el de abrir la consciencia
y escuchar las palabras
descender por una espiral dorada,
a paso firme,
galopante,
hasta verterse en la hoja limpia,
blanca,
pura!

¡Qué reposo andar a la deriva
con el impulso de palabras susurradas
en el viento!

¡Qué solaz tiranía la de la inspiración divina,
la del verso genuino,
la del canto imperecedero!

Deja, cantor, de creerte poeta.
Deja, escriba, de pensarte cantor.
Toma el dictado divino y deja salir la poesía,
palabra por palabra,
a través de tus labios,
de tus ojos,
de tus oídos.

Que quien pueda entender entienda tu canto.
Que quien no esté listo para tus versos los pase por alto.