La magia del silencio (IV): Sé que no puedes resistirte

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Sé que no puedes resistirte.
Lo has intentado de nuevo.
Has tratado de no pensar en mí,
de descartarme como si fuese una locura,
un invento de una imaginación demasiado vívida,
demasiado literaria.

Sigue mintiéndote;
por ahora estás segura.
Dame solo el derecho a la duda.
No me creas.
No es necesario.
Solo imagina qué pasaría
si mis palabras fueran ciertas.

Ya está sucediendo,
¿verdad?
Ya comienzas a sentir
como si no pertenecieras
por completo a este recuerdo,
a este lugar.

Te detienes.
Miras a tu alrededor.
Estás en el centro de todos los ciclones.
Estás en el eje de todas las turbas.
Y, sin embargo,
ninguna te toca.
A ninguna perteneces.
No puedes avanzar en ese frenesí.

Miríadas de personas
avanzan en todas direcciones,
sin pensarlo,
sin detenerse.
¿Hacia dónde marchan?
Sabes que avanzan en círculos,
sobre una misma rueda que gira y gira,
que sube y baja,
que viene y va.
Van de la casa a sus labores,
de la fatiga al hogar…
Se levantan,
comen,
se reproducen,
se duermen,
se vuelven a levantar…

Pero nunca despiertan.
No.
Nunca se despiertan.

Mira con más atención.
No todos están corriendo.
Anúlalos.
Conviértelos en líneas difusas de movimiento.
No veas sus individualidades,
solo las corrientes.
¿Ves esas pequeñas islas,
esos focos de inmovilidad?
Ya sabes lo que son,
o mejor dicho,
quiénes son.

No, espera.
No te precipites a llamarlos.
No todos emanan luz.
Observa con mayor atención.
Unos emiten y otros atraen.
Unos son luminosos, otros son devoradores.
No.
No los califiques
según la burda dualidad
de bien y mal.
Hasta la oscuridad
cumple una función transformadora
en el Universo.

Obsérvalos bien.
¿Qué puedes aprender de ellos?
¿Qué comprendes?
¿Qué deduces?

Ahora olvídalo todo.

Es tu mente actuando.
Tu mente sacando conclusiones.
Tu mente que trata
de acomodar la información
según las estructuras que ya tiene.
Tu mente sola es incapaz
de acceder la realidad.
Sé que todavía no puedes
distinguirlos con toda precisión.
Será más fácil después.
Lo prometo.

Ahora trae tu atención de nuevo hacia mí.
Hacia ti.
¿Ya sabes cuál es tu lugar en la trama?
¿Tienes idea de cuál es tu hilo?
Quieres saberlo.
Quieres que yo te lo diga.
Esa angustia,
ese anhelo
es una máscara de dos facetas.
Fallas en ver la grandeza
de lo pequeño.
Por eso no puedes
escuchar tu verdadera misión.
Me sigues leyendo
porque esperas
que yo haga el trabajo por ti,
que yo te lo diga.
No puedo.
Lo siento, pequeña.
Deberás descubrirlo por ti misma.
No se enuncia con discursos.
No se transmite en imágenes.
No se fuerza con la fe fingida.
Cuando lo sepas, no tendrás dudas.
Paciencia.
Abandona tus expectativas
de un grandilocuente destino
y quedarás en libertad
para hacer tu verdadero recorrido.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.com

Cuidado con lo que pides, mortal

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Cuidado con lo que pides, mortal, cuidado, yo, la Señora del Recuerdo, te lo digo. Es verdad que un pacto antiguo conmigo has suscrito. Te recuerdo de antaño, de la antigua caverna, de las aguas del río. Te recuerdo de bosques lejanos, de cimas nubosas, de los vientos, las rocas y los caminos. He visto tus muchos rostros, he escuchado tus muchas voces, he conocido tus muchos líos. Ni una sola de tus encarnaciones ha dejado de archivarse en los anaqueles de mis libros. Las hay placenteras y bellas, paradisiacas, tranquilas. Las hay brutales e inmisericordes, crueles, malditas. Ni uno solo de tus momentos de felicidad se ha escapado a mis registros. Ni uno solo de tus actos cruentos, desesperados, estíos. Todo está aquí. Será tuyo, como lo has pedido. Pero antes de darte tus viejos registros, has de conocer, poeta, las posibles consecuencias de esta petición que hoy me has traído.
El recuerdo ha llevado a muchos valientes a la locura, a muchos sabios al suicidio. Si tu corazón no es puro, si no has soltado todo lo que este mundo para ti ha tenido, recordar ahora no será la experiencia placentera que tú has creído. No hay placer en el recuerdo, no hay heroísmo. Vendrán a ti todas juntas las miserias que una y otra vez, y otra más, has vivido. Hombres más grandes que tú, más elevadas almas, he perdido, por darles antes de tiempo el acceso a lo vivido. No es en vano, hijo, hermoso mío, que solo unos cuantos recuerdos, esporádicos, has visto. Vislumbres lejanos, borrosos, sencillos. ¿Cómo puede una de tus encarnaciones aspirar a comprender las décadas y décadas de los muchos hombres que has sido? Dolores más allá de lo humano has visto y más de una vez me has rogado, con sangre por lágrimas, borrarlos de tu libro. Fiel a nuestro pacto, no lo he hecho, como una vez tu alma lo ha pedido, pero te he ayudado a olvidar, por un tiempo, lo sufrido. Soy señora del recuerdo, pero también del olvido, porque solo yo decido para ti, cuando es el momento de levantar la bruma y mostrarte de nuevo los viejos caminos.
Has de demostrarme hoy que en verdad estás listo. Has de pasar las pruebas y los obstáculos que guardan lo que te he prometido. No es pequeña la labor que te encomiendo, no es vana tampoco la petición que me has traído. Si tras estas pruebas logras demostrarme que eres digno, te daré lo que buscas, sin reservas; ninguna condición limitará tu acceso a lo que es tuyo, por ti vivido. Pero si fallas la ordalía, no podré —ni habrá dios que pueda revertirlo— darte tus memorias, ni una de ellas, querido hijo. Quedarán de nuevo resguardadas en la caverna del olvido, para que otra vez, cuando seas digno, puedas venir por tus memorias, cuando estés listo. Una vez por encarnación, una sola, este acceso te puede ser concedido. ¿Estás seguro que estás, para pedirlo, listo? Si fallas, te lo advierto, habrás de morir y renacer antes de volver a pedirlo. Puedes ahora irte, seguir viviendo y volver cuando te creas merecedor de este privilegio. No gastes tu oportunidad en vano, a menos que se te vaya la vida en ello.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Pintura: Mnemósine, de Dante Gabriel Rosetti (1828-1882); foto de la obra: Wikimedia Commons.

La magia del silencio (III): He vivido la furia

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III

He vivido la furia.
La he experimentado con toda la fiereza posible.
He elevado mi voz cuando lo he creído necesario.
He gritado y gritado.
He declarado maldiciones sobre mis enemigos.
He descuartizado y destruido
a quien ha osado levantar
la ira de mis entrañas.

Obnubilada por la furia,
he arrasado pueblos y ciudades,
aniquilado ejércitos,
violado y mandado a violar hombres y mujeres.
He tomado venganza con la sangre de inocentes
y he descargado toda mi violencia en un solo golpe,
una sola palabra,
un solo grito.
Mi voz ha llevado la destrucción y la muerte
a cuanto incauto se me ha opuesto u ofendido.
Mi poder es un vendaval
que desde mi boca lo destruye todo.
Así he vivido.
Así he muerto.
Así he vuelto a vivir,
innumerables veces,
siempre arrastrada
por ese fuego incontrolable
que sale desde mis vísceras.

Actúo.
No pienso.
Destruyo.
Aniquilo.
Arraso.

Y solo después, mucho después,
huyo con la cabeza entre las manos y digo
“¿por qué lo hice?”,
“¿era necesario?”.

Tantas veces he matado,
tantas veces he muerto y nunca,
ni una sola vez,
he sido capaz de marchar en silencio,
en paz.

¿Puedo acaso seguir viviendo así?
¿Se detendrá alguna vez la rueda,
si elijo apegarme a mi violenta manera
de enfrentar el mundo?

¿Me escucho?
¿He visto lo que yo misma he dicho?
Enfrentar el mundo.
¿Y quién ha dicho que debo enfrentarlo?
¿No puedo amarlo, vivirlo, saborearlo, soñarlo?

No.

Tengo que conquistarlo, domarlo, corregirlo, quebrantarlo…
Tengo que hacer del mundo el lugar que yo quiero.
¿Por qué no puedo reconocer la belleza
cruda y diáfana de la tierra virgen, pura, sin labrar?
¿Por qué me creo con potestad para moldear la arcilla a mi antojo?

La furia me ha destruido, otra vez.
Y con toda la furia que me queda,
desde mis entrañas,
esta vez grito:
¡No más!
No más.
No más…

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Estoy en un bosque

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Estoy en un bosque, cualquier bosque.
Puedo crearlo como yo quiera, creerlo como yo quiera.
Puedo llenarlo de luz o de sombras,
de musgos o de hojas,
de vida o de putrefacción.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo colarme por escondrijos entre las raíces
de árboles viejos, muy viejos
o trepar por las lianas hasta las copas de los más
altos de los colosos por encima de manos de tigre y parásitas.

Estoy en un bosque, mi propio bosque.
Puedo poblarlo de criaturas mágicas
luminosas y oscuras, poderosas y débiles.
Puedo vagar por rincones desconocidos
entre flores y espinos,
entre frutos dulces y venenosos,
entre animales amigos y enemigos.

Este bosque es mío, con sus aguas y sus lluvias,
con sus tiempos de estío.

Se abre para recibirme,
sin luces eléctricas,
sin estruendosos motores,
sin chácharas necias.

Este bosque no está en medio de ciudades
ni rodeado por factorías humeantes.

Este bosque,
mi bosque,
mágico y hermoso,
brutal y terrible,
solo existe aquí:
entre tú y yo,
en estos versos verdes,
en estos ojos soñadores,
en este instante
de bosques desvanecidos.

Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

La magia del silencio (IIb)

Me he jurado no repetir más el ciclo de ruina
en el que yo misma me metí.
Pero implícita está la idea de vencer
a un enemigo que siempre me hace caer.
Anticipo tus interrogantes porque soy tú y lo sabes.
Ahora mismo te estás preguntando
por qué perder la voz es la muerte,
si todavía puedo escribir.
“¡Escribe y dímelo todo!”, piensas.
Piensas mal.
Mis votos me obligan a guardar silencio.
No puedo,
en forma alguna,
darte todo lo que sé,
decirte todo lo que hoy te necesito decir
a través de la escritura.
Ni siquiera el nombre de nuestra orden
me es permitido revelarte.
Te verás obligada a seguir las pistas
de quienes se protegen
tras el velo del secreto.
Ninguno de nosotros jamás
ha puesto por escrito
lo que necesitas descubrir.
Se ha transmitido desde siempre,
desde antes del inicio del tiempo,
de maestro a discípulo,
por medio de la Voz
y solamente de la Voz.

Y yo no puedo decírtelo
porque he perdido la mía.
Y porque he perdido mi Voz,
has debido renacer,
sin el recuerdo de la palabra
que debes emitir.

No conservé mi capacidad de articulación
el tiempo suficiente para emitirla,
para enunciarla,
para pronunciarla a pecho abierto.
Aunque logré escucharla en un susurro,
el proceso quedó inconcluso.
No pudo quedar fijada en la memoria
de mis cuerpos que tú compartes.
No pude darte mi legado.

Tu primera misión es escuchar esa palabra,
la palabra,
tu palabra.

Esa es tu llave. wpid-1446906402_c2c3a6d0da_o-2015-03-17-17-57.jpg
Foto: Alberto Ortiz, 27 setiembre de 2007. Flickr.com (https://www.flickr.com/photos/citizen_poeta/1446906402).

La magia del silencio (IIa)

¿Cómo llegué de ahí hasta aquí?

No recuerdas ya mi historia,
nuestra historia.

Somos el pálido reflejo de quienes fuimos,
de quienes seremos.

Al otro lado de estas palabras
no puedes sentirme como yo a ti,
que te adivino,
te presiento.

Tú,
en cambio,
me oyes llamarte,
como un grito atravesado en tus entrañas,
como una espiral cuyo vórtice eres tú.

Escúchame bien,
léeme,
revíveme para que te encuentres en mí.

Mi historia comenzó muchos años atrás.

¿Niña?
¿Joven?
No importa ya.

Tus manos no han envejecido todavía.
Te crees que vivirás para siempre.
Te verás joven, por dentro,
sin importar la imagen que te rebote desde el espejo.
Te consolarás con la mentira
de que mi historia no te ocurrirá a ti.

Por eso, sigue leyendo mis palabras.

Sigue.

Tienes miedo.
No recuerdas porque no quieres recordar.
Has dejado de leer.
Lo sé.
Miras hacia afuera
por no mirar hacia adentro.
No sabes si la verdad será superior a ti.
¿Estarás repitiendo la misma experiencia?
Temes reconocer,
en cada palmo de mi historia,
la tuya propia,
la que identificas como tuya.
La que pretendes solo tuya.

Mírate.

Prefieres pensar que no tienes ninguna pista de lo que ocurre.
Que no sabes a dónde se dirigen los eventos.
Que no vislumbras la historia detrás de los accidentes.
Todo es una trama.
Encontrar su nudo es la clave para resolverla.

Sospechas lo que viene.
O crees que lo sospechas y te quedas ahí.
No quieres aceptar que ya la has vivido.
Dentro de ti, lo sabes todo.
Conoces los personajes,
las acciones de cada uno,
lo que te espera.

Pero quisieras no conocerlos.
Quisieras ignorar la historia,
para que te sorprenda.
Quisieras no saber en qué termina,
pero lo sabes de antemano.
Todo parece tan obvio…
¿Por qué no puedes ver esto en tu propia vida?

Obsérvala como si fuera una ficción:
desde fuera.
Abstráete de ella.
Olvida que estás dentro de ella.
Todo será evidente,
claro.
Sabrás a dónde va.
Podrás decidir si repites las viejas acciones,
avanzar hacia el fracaso otra vez,
dejarte engañar por quienes están alrededor.

No me crees, ¿verdad?
Te estás preguntando
cuál es esta historia
que repites una y otra vez.
Quieres saberlo.
Quieres confiar en mí,
pero no puedes.

Te mientes:
no quieres creerme.
De hecho,
quieres que no sea verdad.
Vislumbras detrás de mis palabras
el enorme hastío
de quien ha llegado casi al límite
de no desear nada más. Casi.

Aciertas:
quedan en mí anhelos fuertes.
¿No es acaso algo de venganza
lo que percibes en mi tono?

En mi “tono de voz”,
pensaste,
pero olvidas que ya no tengo tono.
Pero la palabra lo tiene.
Tú lo percibes y se lo añades.
Quien interpreta
pone tanto de sí en la lectura,
que dos personas distintas
no leen jamás
el mismo texto.

Así que, léelo (óyelo) bien:
ese tono de voz viene de tu interior.
Lo reconoces,
lo encuentras
y lo activas con solo leerme otra vez.

El valle de la Poesía

Cuentan las antiguas leyendas, la historia de dos hermanos que una noche tuvieron el mismo sueño. En su sueño vieron un hermoso valle. En el valle, cientos de hombres y mujeres cantaban los más sublimes versos jamás escuchados. El Valle de la Poesía, les susurró el viento su nombre. Solo un auténtico poeta sería admitido ahí. Solo de la mano de un auténtico poeta se podría entrar. Ambos hermanos despertaron con tal ardor por la visión recibida, que de inmediato decidieron partir a la búsqueda de tal lugar.

Ambos sabían que jamás alcanzarían el valle sin antes convertirse en poetas ellos mismos, así que decidieron iniciar el proceso de aprendizaje del oficio. Cada uno encontró un maestro.

Por caminos distintos, ambos partieron, con el deseo de llegar algún día, cuanto antes, al valle tan añorado.

Los años pasaron y un día, en una mañana cualquiera, sus pasos se volvieron a encontrar. De cabellos grises y rostros ceñudos, reconocieron aún así al hermano de antaño.

—¿Adónde te llevaron tus pasos, hermano?

—Mi maestro, te digo, fue una gran elección. Me enseñó los secretos de la métrica y el ritmo, me obligó a adquirir vasto y variado vocabulario, me dio la técnica para leer mis palabras ante los grandes públicos, me presentó frente a las grandes audiencias. De su mano, aprendí a elevar mi voz por encima de los gentiles y a hacerme admirar por quienes me escuchan. De él aprendí las mejores combinaciones de versos para despertar el clamor de las masas. ¿No ves acaso la riqueza de mis ropas y la salud de mi barriga? No hay lugar en donde no se me reciba con honores, opíparos banquetes y exquisitas bebidas. Soy grande entre los grandes y mis versos se cantan por toda la tierra. Y tú, hermano, ¿qué has logrado?

—Mi maestro, en cambio, me llevó al corazón del bosque y me hizo bajar a las entrañas de la tierra. Ahí, solos, me enseñó a renunciar a la palabra y a entrar en mí mismo. Con mi Yo interno me llevó. Me enseñó los misterios de la naturaleza y de la Vida, me obligó a abandonar mis ambiciones y falsedades, destruyó mis máscaras y mis vanidades. Me enseñó a callar y, por encima de todo, a escuchar. Mi maestro me hizo ver la luz que disipa toda oscuridad.

—¿Y tus versos? ¿Acaso te enseñó la métrica dorada de los hexámetros y endecasílabos? ¿Te instruyó en las técnicas de las escuelas de los antiguos? ¿Te obligó a buscar la palabra precisa y el verbo perfecto?

—No.

—¿Y te dio las artes de la retórica, del embellecimiento de las palabras, del engaño y la obnubilación de las conciencias?

—No.

—¿Y te señaló la manera de ganarte el sustento mediante la admiración y el elogio?

—No.

—Entonces, ¿qué te enseñó tu maestro?

—Me enseñó la verdadera Poesía, la que trasciende las palabras, la que proviene de más arriba, de más lejos, de más adentro.

—Jamás he escuchado de tal arte. Poesía es, hermano mío, el artilugio del verbo, la imagen efectista, la expurgación de los errores, el más estricto apego a las complejas reglas solo conocidas de los expertos. Te propongo esto: un duelo deberemos hacer para ver quién de nosotros es el mejor poeta. Así sabremos quién puede ingresar al Valle de la Poesía.

Se dice que ambos hermanos se sentaron en medio de la plaza y unos cuantos privilegiados que pasaban por ahí presenciaron lo que a continuación se narra.
El primero de ellos tomó la palabra y comenzó a cantar con sus versos el azul del cielo, el llanto de un niño, el amor a la mujer hermosa, la perfidia de la traición… Sus versos eran prodigiosos y perfectos. No había en ellos repeticiones. Los vocablos eran elevados hasta lo incomprensible y, por ello, todos le dieron su admiración y aplauso. En medio de la pompa, regodeado en la admiración de la multitud, el hermano se sintió seguro de su triunfo.

Entonces, el segundo de ellos tomó su lugar en el centro de la plaza. Con movimientos lentos, sin arengar a los presentes, tomó asiento. Cerró los ojos, respiró profundo y unió ambas manos frente a su pecho. Entonó una sola nota, una larga nota que comenzó grave y siguió, intensa, fuerte y pareja, mientras capturaba a cada una de las personas que a su alrededor esperaban los versos. El poeta fue cambiando la entonación y la nota se fue convirtiendo en un canto. Y quienes lo escuchaban se iban quedando prendados de ese canto, que se multiplicaba en tonos diversos en sus oídos, se transformaba en visiones, les tocaba la piel y les hacía vibrar en lugares del cuerpo que ya no recordaban como suyos. El canto, en el que suavemente iban tomando forma las palabras, los envolvía y los transportaba a prados coloridos, arcoíris deliciosos, abundantes praderas sembradas de las más aromáticas flores. Se veían rodeados de cervatillos que daban cabriolas y de aves que les regalaban su trino. Una luz cálida les calentaba el alma, aunque sabían que las nubes grises y los primeros vientos invernales los rodeaban. El canto abrió paso a las visiones y las visiones a auténticas experiencias. Aunque las palabras llegaban hasta sus oídos, no eran solo vocablos ni estaban vacíos: habían sido transportados de golpe a otro lugar, a otro tiempo, a otro Yo.
Cuando el segundo hermano terminó su canto, quienes habían tenido la dicha de escucharlo, sintieron el final de su embeleso como el más duro de los castigos, como si hubiesen sido arrancados del paraíso, como si el recuerdo de ese lugar fuese el único motivo por el cual seguir viviendo.

No hubo aplauso, tan solo un silencio incorruptible. Quienes antes alabaron y lisonjearon al primero de los hermanos poetas se habían retirado a un lugar de su interior hasta ahora desconocido. Se buscaban desde dentro, en lo más profundo de su verdadero Ser. Uno a uno, se marcharon quedos, temerosos de que sus palabras profanas, inmerecedoras, corruptas, rompieran el recuerdo del asombroso lugar que por un breve instante habían podido visitar.

Los dos hermanos se quedaron solos de nuevo. El primer hermano, el famoso, el grande, bajó la mirada. No era necesario proclamar al ganador.

La magia del Silencio: I

Soy una maga de la Palabra y he perdido la Voz.

La enunciación es mi poder creativo,
mi instrumento de transformación
de eso que los ilusos llaman realidad.

Escribo esto en mi mayor desesperación.
Si me estás leyendo, queda una esperanza.

Para cualquier otra persona, ya es de por sí difícil:
las más sencillas acciones de comunicación
se vuelven una tarea monumental,
a menudo finalizada en frustración.
Debes dar gracias,
han osado decirme,
porque conservas tus piernas,
y tus brazos
y tus ojos.
Pero no saben lo que es,
para mí,
perder la habilidad de articular palabras.

Mi voz se ha desvanecido.
He abandonado ya toda expectativa de recuperarla.
Es duro el oficio del bardo que no puede cantar,
del narrador de historias que no puede contar.

Por eso, en esta caverna fría y húmeda,
escribo con fuego mi historia para que tú,
la otra yo,
la que nacerá siglos después
de que yo haya abandonado este cuerpo sin voz,
escuche mi advertencia
y sea capaz de forjar un mejor destino.

Debido a mis errores,
mi propósito se ha retrasado un milenio.
Pero el tiempo no existe.
En un milenio más,
regresaré a este mismo lugar
para rememorar quién soy
y finalizar lo que,
por esta vez
—otra vez—,
ya no puedo terminar.

En mil años no tendré reminiscencia de quién soy.
No recordarás.
Así que debo dejar pistas para mí,
para la otra que seré,
para ti,
y recuperar las migajas de mi pasado,
de mi vida,
de mi propósito.

Me encontraré de nuevo.
Me uniré a mi verdadero ser
y romperé este ciclo de maldiciones de mutismo.

Demasiadas veces ya,
demasiadas vidas,
todos los años de preparación,
todas las enseñanzas,
todos los cuidados han fracasado siempre
por mi incapacidad para recordar.

El mismo error, una y otra vez.
La misma deuda, una y otra vez.
El mismo enemigo, una y otra vez.

Actúo según una obra de teatro
cuyo final no cambiará mientras yo no cambie.
Nacer en tiempos distintos,
encontrar a personas nuevas
no ha servido de nada.

Siempre,
cuando nos encontramos,
todo vuelve a comenzar;
como si fuese la misma historia narrada de nuevo,
de la misma manera,
aunque se actualicen la época, la cultura y el lugar.

Ya no sé si existo
o solo soy un personaje de un drama inmutable.
Quiero pensar que existo
y tengo el poder de finalizar este ciclo de dolor.
Quiero creer en un futuro nuevo.
Un futuro de luz y creación,
de paz y contento.

No más engaños y venganza,
egoísmo y autosatisfacción.

Esta,
lo juro,
será la última encarnación en que pierda mi Voz.
El último olvido.
El último dolor.

La próxima vez trascenderé mi ignorancia
y aprenderé de cada una de mis vidas
la lección
para dejar atrás el inefable destino
al que me encadena mi condición humana.

Mírate;
reconócete en estas líneas.
Descíframe y escúchame,
porque soy yo misma quien te habla.
No le hablo a nadie más que a ti.

Sé que en este instante huyes de mí.
Que te rehúsas a conocer la verdad.
Me temes.
Te temes a ti misma,
lo sabes ya.

¿Quién es esa que te habla con los ecos de tu sombra?
¿Quién eres Tú?

Lo que hice fue imperdonable
y lo pagué con mi talento más preciado.
Caí en los engaños sin escuchar mis alertas internas.
Me mentí una y otra vez.

Me dije: “no me pasará a mí”.
Creí que no podría pasarme a mí.
Pero sucedió.

Escucha las señales,
devela la historia antes de que se desarrolle
y salte de ella.
Cambia.
Abandona el personaje que me llevó a la ruina,
que nos llevará a la ruina, sin cesar jamás,
hasta que podamos romper el ciclo de la maldición
que vendrá una y otra y otra vez,
encadenándonos a esta tierra mortal.

¿Quién soy?
Mira dentro de ti misma y lo sabrás.

¿Qué quiero?
Lo mismo que tú.

Quiero dejar de dar vueltas
y vueltas en la ingrata rueda de la fortuna,
hacia arriba y hacia abajo,
sin avanzar.

Siempre termino en el mismo lugar:
muerta,
sin voz,
lista para un comienzo más.

Tengo encima la condena de Sísifo.
Y lo único que me diferencia de los demás mortales
es la maldición de la consciencia:
ellos giran en el tiovivo,
pero no lo saben.

¿Cómo te sentirías al rotar y rotar
y saberlo,
comprobar que no avanzas,
que no llegas a ningún lugar,
que todo a tu alrededor es una ilusión?

El suicidio no es una opción.
No te libera
porque todo vuelve a comenzar.

En cualquier dirección que avances,
siempre regresarás al centro.

En cualquier tiempo que nazcas,
siempre repetirás la misma cadena de eventos.

En cualquier cultura que nazcas,
siempre traicionarás tus enseñanzas
para repetir el patrón conocido,
que llevas incorporado
en la memoria remota de tus huesos.

¿Cómo salir de aquí?

Una sola respuesta:
comprende que la Rueda es una ilusión.

Sigues sin encontrarla

[Poema XII de La magia del silencio]

Sigues sin encontrarla.
No puedes verla.
Ves la historia de todos los demás.
Sabes de inmediato
cuál va a ser el desenlace.
Pero la tuya, tu propia historia,
se te esconde como un velo.
Ni siquiera conoces a tus personajes.
Crees conocerlos,
pero la idea
que te has forjado de ellos
es superficial y errónea.
Los odias o los amas.

No.
Te mientes.

Mantienes con tus personajes
la misma distancia
que interpones en la vida real,
con los otros.

Por eso no puedes sentir a tus personajes,
no puedes escucharlos,
no puedes sencillamente observarlos.

¿Por qué no los observas,
sin juzgarlos,
nada más averiguando quiénes son,
cómo son,
qué hacen,
qué esperan de la vida?

Tienes miedo de los rumbos
a los que la observación llana puede llevarte.
Temes lo que esta historia
es capaz de revelar de ti.
Por eso huyes.
Sigues huyendo.
Me temes.
No quieres leerme.
Más, todavía:
no quieres escribirme.

Tienes mi propio temor:
el de repetir,
el de volver a experimentar,
uno a uno,
los mismos fracasos,
los mismos errores.
Los mismos desgraciados
momentos de autoengaño
cuando te creíste en la cima
y solo estabas en el preludio
de precipitarte al vacío.

¿Qué miedo te detiene?
¿Tus propios pecados?
No sabes lo que es pecar,
no lo sabes todavía.
Te sientes sumida
en la inmediatez de tu entorno,
pero tu visión
tiene muy poco alcance.

Remóntate.
Elévate.
Mira desde lo alto.

El camino que se te esconde bajo los pies
se revela cuando dejas de mirar las piedras
y eres capaz de distinguir su trazado.

Elévate.
Remóntate.
Salte de ti misma.

Deja atrás tu pequeña y miserable
esquina de confianza.
Tu historia no te encontrará
mientras sigas apegada
a tus paranoias personales.
Te juzgas y,
solo por eso,
lo que más temes en el mundo
es ser juzgada.
Y te sientes juzgada a cada paso.
Aquello que das
recibes.
Y sabes muy bien lo que has dado.
Y ahora,
si puedes verlo,
lo sientes y lo lloras,
porque lo ves devuelto en tu cara,
como todo en la vida:
todo regresará siempre
al lugar de donde partió.

¿Todavía sigues sin comprender tu historia?
Desengáñate.
La historia eres tú.