Bosque adentro

¿Dónde más se encuentran las más antiguas verdades?
¿Dónde más habitan los más ancianos
de nuestros eternos señores del tiempo?
¿Dónde, sino en el bosque,
yace la semilla de la vida?

Canta, poeta, el canto del bosque.
Lleva la voz de los antiguos
hasta las colinas de asfalto,
las montañas de concreto,
las sonoras monstruosidades
que ustedes,
humanos,
reconocen ahora como
su lugar de habitación y sustento.

Canta nuestro lamento.
Llora con el llanto de la lluvia.
Llora,
te digo,
con el llanto del bosque profundo,
de la selva virgen,
de la tundra inviolada,
de la montaña protegida
por brumas mortales.

Llora con el llanto
de los arbóreos seres
que aún permanecemos,
firmes,
vitales,
sensibles,
en nuestro antiguo refugio,
la tierra que nos dio la vida,
en la tierra que nos cubrirá
tras nuestra muerte.

Canta con el canto de la madera hueca,
del tronco caído,
del jaguar
y el cocodrilo.

Gorjea y grita,
canta y gruñe,
sisea y pita
los llantos del bosque,
los clamores del bosque,
las peticiones del bosque.

Canta,
poeta,
canta
el canto de la vida.

Voces inexplicables

Voces inexplicables
zumban en mis oídos.
Raudales imparables
corren por mis venas.
Se oyen las notas de un lejano laúd.
Me marcho a la tierra del sueño
a escuchar las voces susurrantes
de los antiguos secretos.
Ven, noche, acógeme en tu seno.
Que bajo tu luna llena soplen y soplen los versos.
Los atrapo en el aire.
Los atrapo y los saboreo.
Los guardo en mis labios
y con ellos te beso.

Dicen que hay un roble

Dicen que hay un roble antiguo
como las cenizas del tiempo.
Un roble que ha visto nacer a los hombres
y parir a las mujeres
y los observa en su inevitable devenir.

Dicen que hay un roble
de frondosas ramas
y grueso tronco.
Un roble que sostiene el cielo
para cubrir a la humanidad.

Dicen que hay un roble robusto,
fuerte e imbatible.
Un roble que es solaz
de quienes buscan alivio
de sus tribuladas cargas.

Dicen que hay un roble generoso
de raíces profundas.
Un roble que es padre de los humanos
aun si no reconocen en él su fuerza vital.

Dicen que hay un roble
de astucia certera
y sabiduría eterna.
Un roble que susurra al oído
de quien sabe escuchar.

Dicen que hay un roble,
con sus ramas extendidas
y una sombra generosa.
Un roble que cobija
al peregrino cansado
en su caminar.

Dicen que hay un roble alto,
muy alto,
con un arcoíris en su copa.
Un roble que conecta los mundos
hasta llegar a tu dios.

Dicen que hay un roble
de dulce fragancia
y sedosa corteza.
Un roble que conoce tu pasado
y espera tu regreso
con inagotable paciencia.

Dicen que hay un roble
de néctar embriagador.
Un roble que puede darte
la bendición del olvido
si la necesita tu corazón.

Dicen que hay un roble
en las brumas del ocaso
susurrando tu nombre.
Un roble que conoce
el día de tu próxima muerte
y tu descanso final.

¿Lo escuchas?
¿Puedes oír su llamado?
Guarda silencio.
La voz del roble no para nunca de susurrar.
Eres tú quien hace ruido
con la vana esperanza de hacerlo callar.

Tarde de abril

Muere ya el azul de tu cielo,
dorado,
cobrizo,
transparente.
Bella tarde de abril.

La brisa apenas se mueve.
Ni mucho que agite las hojas de los helechos
ni poco que no pueda acariciarme.
Fresca tarde de abril.

El campanario enloquece en tintineos sonoros;
aunque se los quiera tragar el tráfico,
aunque se escondan tras esa radio estridente.
Melodiosa tarde de abril.

No tengo sensibilidad para nada más,
excepto tus aromas, tus colores, tus brisas, tus notas.
¿Por qué?

Nada es tan prístino como una pura,
límpida,
seca
tarde de abril.

El Valle de los Poetas

Cuentan las antiguas leyendas la historia de dos hermanos que una noche tuvieron el mismo sueño. En su sueño vieron un hermoso valle. En el valle, cientos de hombres y mujeres cantaban los más sublimes versos jamás escuchados. El Valle de los Poetas, les susurró el viento su nombre. Solo un auténtico poeta sería admitido ahí. Solo de la mano de un auténtico poeta se podría entrar. Ambos hermanos despertaron con tal ardor por la visión recibida, que de inmediato decidieron partir a la búsqueda de tal lugar.
Ambos habían llegado a la conclusión de que jamás alcanzarían el valle sin antes convertirse en poetas ellos mismos, así que decidieron iniciar cada quien el proceso de aprendizaje del oficio. Cada uno encontró un maestro.
Por caminos distintos, ambos partieron, con el deseo de llegar algún día, cuanto antes, al valle tan añorado.
Los años pasaron y un día, en una mañana cualquiera, sus pasos se volvieron a encontrar. De cabellos grises y rostros ceñudos, reconocieron aún así al hermano de antaño.
—¿Adónde te llevaron tus pasos, hermano?
—Mi maestro, te digo, fue una gran elección. Me enseñó los secretos de la métrica y el ritmo, me obligó a adquirir vocabulario nuevo, me dio la técnica para leer mis palabras ante los grandes públicos, me presentó ante las grandes audiencias. De su mano, aprendí a elevar mi voz por encima de los gentiles y a hacerme admirar por quienes me escuchan. No solo mi hablar es elegante. De él aprendí las mejores combinaciones de versos para despertar el clamor de las masas. ¿No ves acaso la riqueza de mis ropas y la salud de barriga? No hay lugar en donde no se me reciba con honores, opíparas comidas y deliciosas bebidas. Soy grande entre los grandes y mis versos se cantan por toda la tierra. Y tú, hermano, ¿qué has logrado?
—Mi maestro, en cambio, me llevó al corazón del bosque y me hizo bajar a las entrañas de la tierra. Ahí, solos, me enseñó a renunciar a la palabra y a entrar en mí mismo. Con mi Yo interno me llevó. Me enseñó los misterios de la naturaleza y de la Vida, me obligó a renunciar a mis ambiciones y falsedades, destruyó mis máscaras y mis vanidades. Me enseñó a callar y, por encima de todo, a escuchar. Mi maestro me hizo ver la luz que disipa toda oscuridad.
—¿Y tus versos? ¿Acaso te enseñó la métrica dorada de los hexámetros y endecasílabos? ¿Te instruyó en las técnicas de las escuelas de los genios? ¿Te obligó a buscar la palabra precisa y el verbo perfecto?
—No.
—¿Y te dio las técnicas de la retórica, del embellecimiento de las palabras, del engaño y la obnubilación de las conciencias?
—No.
—¿Y te señaló la manera de ganarte el sustento mediante la admiración y el elogio?
—No.
—Entonces, ¿qué te enseñó tu maestro?
—Me enseñó la verdadera Poesía, la que trasciende las palabras, la que proviene de más arriba, de más lejos, de más adentro.
—No lo creo. No creo una palabra de lo que dices. Un duelo deberemos hacer para ver quién de nosotros es el mejor poeta. Así sabremos quién tiene derecho a ingresar al Valle de los Poetas.
Se dice que ambos hermanos se sentaron en medio de la plaza y unos cuantos privilegiados que pasaban por ahí presenciaron lo que a continuación sucedió.
El primero de ellos tomó la palabra y comenzó a cantar con sus versos el azul del cielo, el llanto de un niño, el amor a la mujer hermosa, la perfidia de la traición… Sus versos eran prodigiosos y perfectos. No había en ellos repeticiones. Los vocablos eran elevados hasta lo incomprensible y, por ello, todos le dieron su admiración y aplauso. En medio de la pompa, el hermano se sentó seguro de su triunfo.
Entonces, el segundo de ellos tomó su lugar en el centro de la plaza y, con paciencia, se sentó. Cerró los ojos, respiró profundo, unió ambas manos frente a su pecho y entonó una sola nota, una larga nota que comenzó grave y siguió, intensa, fuerte y pareja, mientras capturaba a cada una de las personas que a su alrededor esperaban los versos. El poeta fue cambiando la entonación y la nota se fue convirtiendo en un canto. Y quienes lo escuchaban se iban quedando prendados de ese canto, que se multiplicaba en tonos diversos en sus oídos, se transformaba en visiones, les tocaba la piel y les hacía vibrar en lugares del cuerpo que ya no recordaban como suyos. El canto los envolvía y los transportaba a prados coloridos, arcoíris deliciosos, abundantes praderas sembradas de las más aromáticas flores. Se veían rodeados de cervatillos que daban cabriolas a su alrededor y de aves que les regalaban su canto. Una luz cálida les calentaba el alma, aunque sabían que las nubes grises y los primeros vientos invernales los rodeaban. El canto abrió paso a las visiones y las visiones a auténticas experiencias. No escuchaban palabras vanas: habían sido transportados de golpe a otro lugar, a otro tiempo, a otro Yo.
Cuando el segundo poeta terminó su canto, quienes habían tenido la dicha de escucharlo, sintieron el final de su embeleso como el más duro de los castigos, como si hubiesen sido arrancados del paraíso, como si el recuerdo de ese lugar fuese el único motivo por el cual vivir.
No hubo aplauso, tan solo un silencio incorruptible. Quienes antes alabaron   y lisonjearon al primero de los hermanos poetas, se habían retirado a un lugar de su interior hasta ahora desconocido. Se buscaban desde dentro, en lo más profundo de su verdadero Ser. Uno a uno, se marcharon quedos, temerosos de que sus palabras vanas rompieran el recuerdo del asombroso lugar que por un breve instante habían podido visitar.
Los dos hermanos se quedaron solos de nuevo. El primer hermano, el famoso, el grande, bajó la mirada. No era necesario proclamar al ganador.

¿Será que soy poeta?

—Maestro, ¿será que soy poeta? No logro, no puedo, no consigo escribir ficción. Trato de narrar una historia, unos personajes, unas vidas, y solo capto versos. Hermosos y tristes, pero inconexos, poéticos, simbólicos versos.

—¿Y por qué sufres? ¿Por qué te quejas? ¿Ves a esa barahúnda de poetastros que me acosan con sus versos tristes y sus noches blancas, con la esperanza de que los acoja bajo mi ala y les enseñe los misterios de los bardos? Sueñan con cantarle a la diosa, deliran por escribir uno, al menos un solo verso verdadero, un verso inspirado, un auténtico canto a la Vida y a la Muerte. Sueñan con ser poetas y hasta, en su delirio, se dicen poetas sin serlo. Y tú, ¿por qué sufres de tener lo que otros tanto anhelan?

—Porque lo que soy no es lo que yo quería ser, lo que creía ser.

—Conócete a ti misma y comprenderás la vanidad de la ilusión. Déjate llevar por tu pulsión interior y exprésate sin ambages ni remordimientos. Sigue tu pluma, dale rienda suelta a tu poesía, desátala contra la mar bravía y déjala que se apodere de ti. Danza en su frenesí, llora en su tormenta, deambula en su errante camino de palabra poética. Deja atrás tus miedos. Tumba tus estructuras. Libera al poeta que hay en ti.

—¿Y si me pierdo en el éxtasis de la poesía?

—¿Y qué si lo haces?

—¿No perderé acaso la cordura, el aprecio por esta vida mundana, las habilidades básicas que me permiten sobrevivir en este mundo de varones?

—¿Y qué si lo haces?

—Dejaré de ser quien soy, me perderé a mí misma, no podré reconocer mi propio reflejo.

—¿Quién eres? ¿El reflejo o la consciencia inmutable que lo emite?

—Solo sé que no soy el reflejo.

—¿Lo arriesgarías todo por el reflejo o es el que se refleja quien importa?

—El que se refleja.

—Entonces ve y averigua quién eres, sin confundirte con tu reflejo. Y cuando lo sepas, libera al poeta que llevas dentro. Lo demás vendrá por su propio peso.

No puedes pensar

—Déjame pensarlo.

—No. No puedes pensar. Está prohibido.

—Pero…

—El poeta que depende de su mente para narrar historias es un poeta menor, un letrado, un intelectual a lo sumo, pero no es un poeta. Usa tu intuición. Elévate por encima de los vendavales de la mente. Encuentra las palabras, atrápalas, tráelas de vuelta hasta los oídos de los humanos y entrégalas con toda la dulzura de la que seas capaz.

—¿Cómo sabré cuando esté haciendo esto, maestro?

—Solamente lo sabrás, no tendrás dudas.

¿Quién es el bardo?

—¿Quién es el bardo? ¿Quién es el poeta? ¿Acaso no lo sabes?

—No me digas que es el creador, el omnipotente, el omnipresente. Me resisto a creer que el poeta tenga tanto poder.

—Desde los tiempos antiguos, el verdadero bardo ha sido el cantor que teje las vidas de los humanos, las vidas pasadas, presentes y futuras. Las descubre, las sigue, las cuenta, las crea con sus palabras y las recrea cada vez que las canta. El poeta es el señor de la historia, de las ideas, de la filosofía… El poeta canta y emite con su canto la Vida, perpetúa la Vida, sostiene la Vida. Abre la puerta al pasado y deja ver quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes podremos ser. Mira hacia el futuro y por eso le creen adivino. ¡Qué ilusa manera de comprender lo que realmente hace el poeta! No adivina, sabe. ¿Cuántas personas han nacido, muerto, agonizado y revivido en este preciso momento? Aquel de todos los poetas que ha abierto su consciencia al saber total lo sabe, lo sufre, lo tolera únicamente por el amor que le tiene a la humanidad.

¿Crees que ser un poeta es un privilegio, una razón para obtener favores, recibir dádivas, rodearse de gente poderosa y escuchar, por doquier, halagos y elogios? Te equivocas. Ser poeta no es recibir laudes ni aplausos, no es vivir entre sedas y lujos, no es ser superior a los demás seres humanos. Ser poeta es amar con un amor tan infinito, tan grande, tan imposible, que se confunde con el dolor. Te duele el dolor, te duele la vida, te duele la muerte… Te duele ver a los humanos distraídos en la ilusión de la muerte. El poeta ha muerto y renacido, ha conocido el universo completo y ha entrado en el sueño antes de volver a la vida. El poeta ha conocido el inframundo y, al salir, se ha traído la Vida consigo.

Que el que quiera ser Poeta sepa de antemano el dolor de la Poesía. No elijas este oficio por las razones equivocadas. Llevarás un peso superior a tus fuerzas y serás responsable por cada una de tus palabras. Cree en ellas, vitalízalas con tu propio hálito, déjalas salir en tu inmenso dolor por el mundo, en tu inmenso amor por el mundo. Pero recuerda: tus palabras también pueden convertirse en dolor, en destrucción, en ruina. Jamás digas palabra vana, jamás invoques la tormenta sin saber primero si esa es la voluntad de la Vida.

Voces inexplicables

Voces inexplicables zumban en mis oídos.
Raudales imparables corren por mis venas.
Se oyen las notas de un lejano laúd.
Me marcho a la tierra del sueño
a escuchar las voces susurrantes de los antiguos secretos.
Ven, noche, acógeme en tu seno.
Que bajo tu luna llena soplen y soplen los versos.
Los atrapo en el aire.
Los atrapo y los saboreo.
Los guardo en mis labios y con ellos te beso.

Dejarse arrastrar

¡Qué encanto misterioso
el dejarse arrastrar por las palabras
sin pensar en ellas,
sin calcularlas,
sin rebuscarlas en extensos vocabularios y glosas!

¡Qué dulce abandono
el de abrir la consciencia
y escuchar las palabras
descender por una espiral dorada,
a paso firme,
galopante,
hasta verterse en la hoja limpia,
blanca,
pura!

¡Qué reposo andar a la deriva
con el impulso de palabras susurradas
en el viento!

¡Qué solaz tiranía la de la inspiración divina,
la del verso genuino,
la del canto imperecedero!

Deja, cantor, de creerte poeta.
Deja, escriba, de pensarte cantor.
Toma el dictado divino y deja salir la poesía,
palabra por palabra,
a través de tus labios,
de tus ojos,
de tus oídos.

Que quien pueda entender entienda tu canto.
Que quien no esté listo para tus versos los pase por alto.