El profeta

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Escondido en el baúl se encontraba todavía su viejo diario. Se había rehusado a quemarlo, pero tampoco había sido capaz de releerlo. Ninguno de sus diarios, a decir verdad. En esa noche, que llamar oscura es redundante y no por la ausencia de luna llena, abrió el baúl a pesar del chillido de los goznes, a pesar del olor a moho de las maderas, a pesar de… No. Inenunciable. No todavía. El dolor genuino rehúye de cualquier forma de verbalización o ya no es dolor. Cerró el baúl. Lo abrió de nuevo. Se detuvo. Su mirada se perdió en el vacío mientras la vela crepitaba sobre la mesa. Todo estaba consumado. Ninguno de los eventos acaecidos era reversible. Un hondo vacío le entumecía los músculos. Moverse era un desafío mayor que cargar todas las cadenas del infierno. Afuera, un durmiente amanecer esperaba para tañer otras vidas. La suya estaba por terminar. La suya ya se había terminado. Unos minutos, unas horas más en este cuerpo eran tan solo una extensión de la muerte horrenda en la que se había sumergido apenas unas horas atrás. Sacó despacio el cuaderno envuelto en su cubierta de cuero suave, sucio y viejo. Ahí, en algún sitio, de esos garabatos escritos por otro, estaba la visión de esta noche. Ahí, en alguna página, como un juego o, peor aún, como un mero divertimento, la profecía se escondía detrás de los malos versos. Se rehusaba a leerlos de nuevo, pero estaba obligado a hacerlo. La peste se las había llevado. Tampoco el niño se salvó. La negra muerte. La Muerte. Y él, condenado a sobrevivir, los había enterrado a los tres, solitario, en un mundo doliente. Nadie tenía ojos para nadie más. Todos cargaban a sus muertos o se unían a ellos para podrirse ahí donde la oscuridad les hubiese arrebatado el aliento.
Quiso gritar, pero alguien le robó el grito, desde lejos, en otra casa en donde otro hálito de vida había sido arrebatado. O quizás no había muerto aún, pero las señales de la enfermedad no dejaban esperanza alguna. ¿Qué maldición era esta, sobrevivir a lo más amado? “Vivirás para recordarnos. Vivirás para eternizarnos”, le había dicho ella en su palidez, en su aceptación de lo inevitable. Se equivocaba. Imposible llamarle vida a esta miseria. Sus manos jóvenes temblaban como las de un viejo. En verdad, se veían como las manos del viejo que no quería llegar a ser. ¿Cómo soportar la ancianidad con el recuerdo de esta noche? Las manitas que se aferraron a él antes de enfriarse y desaparecer. Los rizos suaves y perfumados. Los rostros tan amados, tan, pero tan amados, que lo habían abandonado sin piedad. Les había prometido todo. Lo había intentado todo. La muerte no las tocaría a ellas, no, porque él, en su orgullo, se había sentido inmune, las había creído inmunes. La ciencia era su pacto. Estaba protegido por su gran conocimiento, por su medicina, por su verdad. Verdades malditas diseñadas para perseguirlo el resto de su vida. Desgraciada arrogancia hecha pedazos en la noche más negra de su existencia. Y el diario… las páginas del diario volvían de lejos a recordarle quién era, a decirle: “no tienes derecho a la felicidad”. Lento, primero; con desesperación, después, comenzó a buscar. Buscaba y buscaba. Revolcaba. Regresaba y volvía. No. No aquí, tal vez… más allá, después de… sí. Este… este…
Leyó el cuarteto una vez más. ¿Cuántos años tenía cuando lo escribió? ¿Catorce tal vez? ¿Qué terrible musa le había inspirado tal visión? Joven, inmune al amor, le había parecido una excelente manera de entrenarse en la patética poesía amatoria de moda. Una mofa, sí, eso había creído. La mofa del amor doliente, del amante vencido por la enfermedad negra, del espectro que vaga por el mundo añorando y buscando lo perdido. Del viejo que moría sin dejar de amar esos cabellos dorados en sus arrugadas manos. De la miseria más profunda. Solo del peor dolor, seguía su verso, descubre el poeta al visionario, a quien ha accedido los más altos misterios de la enunciación. Poeta, profeta, mago… como en la Antigüedad. No eran indivisibles, decía el verso. Pero toda visión tiene un precio y se ha pagado desde antes de nacer. Tarde o temprano se recolectará la tarifa pactada a cambio del Don. En la noche de la recolecta, había garabateado ese joven, veinte años atrás, sabrás si valió la pena el sacrificio, si tu poder merecía entregar lo más amado. Has dicho sí, sin pensarlo, has aceptado el precio antes de saber que amar de verdad y perder es una muerte peor que cualquier ignorancia. Y esa noche recordarás estos versos olvidados.
Quiso llorar, pero en una puerta cercana le habían robado el llanto. Alguien lloraba con desespero por otra muerte más. Otra más en esta noche inacabable. En esta peste brutal.
No confirmarás si son ciertos tus versos hasta recibir este golpe mortal. Mortal. Mortal eres. Inmortal serás. Has creído todo un juego, un juego nada más. No. Desde ese momento, este momento, ese momento sabrás.
Y ahora sabía. Sí, ahora sabía.
¿Y de qué le servía? No había previsto semejante miseria. ¿Importaba acaso conocer el futuro si había sido incapaz de prevenirlo? No pudo cambiar nada. No pudo siquiera reconocerlo. En vano fueron sus esfuerzos por encontrar una cura. Creía haberla encontrado. En su vanidad, creía haberla encontrado. Ahora su arrogancia lo había dejado sin nada. No. No sin nada. Con esta maldición. Esta maldición por la que lo había dado todo. Esta cara maldición que otrora llamara don. No quiso llevarse nada, salvo los malditos diarios. No quería que fueran encontrados. No debían ser encontrados. No, al menos, antes de desentrañar su significado. Quería morir, pero no podía. Lo había sospechado, pero ahora, al perderlas a ellas, lo había confirmado. Había tratado más pacientes de peste de los que cualquier otro médico en su sano juicio habría aceptado y, sin embargo, aquí estaba todavía. ¿Qué clase de maldición era esta que se había llevado a su familia sin llevárselo a él? Una que no le dejaría morir, no todavía. No todavía.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Ilustración: Vanitas de Pieter Claesz, 1630 (Mauritzhuis, La Haya). Tomada de Wikimedia Commons.

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Cuidado con lo que pides, mortal

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Cuidado con lo que pides, mortal, cuidado, yo, la Señora del Recuerdo, te lo digo. Es verdad que un pacto antiguo conmigo has suscrito. Te recuerdo de antaño, de la antigua caverna, de las aguas del río. Te recuerdo de bosques lejanos, de cimas nubosas, de los vientos, las rocas y los caminos. He visto tus muchos rostros, he escuchado tus muchas voces, he conocido tus muchos líos. Ni una sola de tus encarnaciones ha dejado de archivarse en los anaqueles de mis libros. Las hay placenteras y bellas, paradisiacas, tranquilas. Las hay brutales e inmisericordes, crueles, malditas. Ni uno solo de tus momentos de felicidad se ha escapado a mis registros. Ni uno solo de tus actos cruentos, desesperados, estíos. Todo está aquí. Será tuyo, como lo has pedido. Pero antes de darte tus viejos registros, has de conocer, poeta, las posibles consecuencias de esta petición que hoy me has traído.
El recuerdo ha llevado a muchos valientes a la locura, a muchos sabios al suicidio. Si tu corazón no es puro, si no has soltado todo lo que este mundo para ti ha tenido, recordar ahora no será la experiencia placentera que tú has creído. No hay placer en el recuerdo, no hay heroísmo. Vendrán a ti todas juntas las miserias que una y otra vez, y otra más, has vivido. Hombres más grandes que tú, más elevadas almas, he perdido, por darles antes de tiempo el acceso a lo vivido. No es en vano, hijo, hermoso mío, que solo unos cuantos recuerdos, esporádicos, has visto. Vislumbres lejanos, borrosos, sencillos. ¿Cómo puede una de tus encarnaciones aspirar a comprender las décadas y décadas de los muchos hombres que has sido? Dolores más allá de lo humano has visto y más de una vez me has rogado, con sangre por lágrimas, borrarlos de tu libro. Fiel a nuestro pacto, no lo he hecho, como una vez tu alma lo ha pedido, pero te he ayudado a olvidar, por un tiempo, lo sufrido. Soy señora del recuerdo, pero también del olvido, porque solo yo decido para ti, cuando es el momento de levantar la bruma y mostrarte de nuevo los viejos caminos.
Has de demostrarme hoy que en verdad estás listo. Has de pasar las pruebas y los obstáculos que guardan lo que te he prometido. No es pequeña la labor que te encomiendo, no es vana tampoco la petición que me has traído. Si tras estas pruebas logras demostrarme que eres digno, te daré lo que buscas, sin reservas; ninguna condición limitará tu acceso a lo que es tuyo, por ti vivido. Pero si fallas la ordalía, no podré —ni habrá dios que pueda revertirlo— darte tus memorias, ni una de ellas, querido hijo. Quedarán de nuevo resguardadas en la caverna del olvido, para que otra vez, cuando seas digno, puedas venir por tus memorias, cuando estés listo. Una vez por encarnación, una sola, este acceso te puede ser concedido. ¿Estás seguro que estás, para pedirlo, listo? Si fallas, te lo advierto, habrás de morir y renacer antes de volver a pedirlo. Puedes ahora irte, seguir viviendo y volver cuando te creas merecedor de este privilegio. No gastes tu oportunidad en vano, a menos que se te vaya la vida en ello.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Pintura: Mnemósine, de Dante Gabriel Rosetti (1828-1882); foto de la obra: Wikimedia Commons.

Diálogos con el Maestro: No me gustan los panfletos

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—No me gustan los panfletos, maestro. No me gustan los cantos en que alguien quiere forzarme a creer en algo.
—¡Ah! Tienes el sueño de escribir un texto imparcial, neutro, sin una posición política ante ninguna tendencia o ideología. ¿Es esa tu pretensión?
—Sí, maestro. Lo has dicho con mayor elocuencia que yo. ¿Me enseñarás a versificar así?
—No.
—¿Por qué, maestro? ¿Acaso no me he ganado tu confianza? ¿He faltado a tus enseñanzas? ¿Te he avergonzado en forma alguna?
—Tu comportamiento ha sido impecable. No es esa la razón de mi negativa.
—¿Qué es, dímelo?
—Lo que me pides es imposible. No existe tal verso, ajeno a la realidad, alejado de todo compromiso, descontextualizado de una visión humana de la existencia y de los acontecimientos.
—Pero maestro, ¿no me has enseñado que las más grandes obras de la humanidad no son manifiestos políticos, verborrea partidista, doctrina pura? ¿No me cantaste los más bellos ejemplos de unos versos inspirados y sublimes?
—Sí, lo hice.
—¿Dices ahora que ni uno solo de esos versos era libre de una visión humana y parcial?
—Ni uno solo.
—¿Pero no eran acaso inspirados por un poder superior, atraídos desde un plano más elevado, captados desde un estado de consciencia más sutil?
—Sí, lo eran.
—No entiendo, maestro. ¿Para qué tanto esfuerzo del poeta para remontarse sobre las groseras palabras de la cotidianidad, si ni uno solo de sus versos está exento de su impura naturaleza humana?
—Precisamente por eso. ¿No comprendes acaso dónde se cifra la belleza del poema? La redención no está en la chispa divina, aislada, fija en su esfera de santidad. La verdadera redención únicamente puede ocurrir en el contacto de esa chispa con la esencia humana.

Las palabras perdidas

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Ahí estaban las hojas, sí, pero no podía distinguir mi propia escritura. Ininteligibles garabatos llenaban las páginas. Horas de trabajo, mis más grandes versos y no podía comprenderlos. No era solamente yo. Frenético, desesperado, toqué a la puerta de mi casera. Perdida toda noción del tiempo, debí soportar primero sus insultos por despertarla a medianoche. “Por favor, lea esto. Dígame qué dice”. “¿Que lea qué?”. “¡Esto!”, le gritaba desesperado. “¿Qué? Ahí no dice nada”. Estaba fuera de mí. No entendía. Mi obra, mi gran obra, no solo estaba perdida para mí. Debía estar equivocado. Estas no podían ser las hojas en las que había destilado mi más pura creatividad poética. Acusé a la vieja de entrar a mi habitación y robar mis cosas. Me respondió con un portazo y un “váyase para la mierda”. Me devolví a buscar por todas partes. No quería pensar en la posibilidad de un robo tampoco, porque eso sería admitir que mi texto estaba perdido. Levanté el colchón, revolqué mis pertenencias, busqué signos de intrusos en mi cuarto. Nada. “Bueno, me dije, soy el poeta, soy el creador, puedo escribir todo de nuevo”. Y tomé hojas limpias, mi pluma (sí, lujo de escritor de tiempos modernos el de todavía usar pluma para escribir) y me senté en la mesa. Un imaginario reloj comenzó a sonar en mi cabeza. Digo imaginario porque ni eso tenía en aquel cuartucho. Me llevé las uñas a la cara, me estiré en la silla, me eché a morir sobre las páginas. Nada. Ni una palabra. No podía recordar ni una sola de las palabras vertidas la noche anterior. El amanecer me encontró con los ojos vidriosos por las lágrimas de quien por un breve instante tuvo sus sueños en las manos y los perdió.

Diálogos con el maestro: ¿Cómo te contactaré cuando me vaya?

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—¿Cómo te contactaré cuando me vaya, cuando esté lejos?
—Ya te he enseñado la técnica, ya lo hemos hecho antes. ¿Por qué me preguntas de nuevo?
—Tengo miedo de olvidar. Temo no ser capaz de recordarte, de saber quién eres, por qué debo llamarte, por qué debo buscarte.
—Repasemos de nuevo los pasos: primero debes vivir un tiempo en el mundo del olvido, entre los dolores humanos. Luego, cuando las experiencias hayan sido suficientes para mostrarte el vacío en tu interior, comenzarás a sentir una necesidad de guía, una búsqueda de luz, un llamado.
—Pero cuesta reconocer el llamado. Es la parte más difícil. La última vez, maestro, lo confundí con la búsqueda del éxito y del poder.
—Ya sabes dónde no me encontrarás, pero me buscarás ahí de todas maneras. Ya sabes cómo no me contactarás, pero lo intentarás de todas maneras. No importa cuántas veces te diga “haz esto”, siempre serás como una niña pequeña y buscarás las figuras más llamativas y coloridas primero.
—¿Cómo puedo evitarme tanto dolor, tanto vagar sin sentido antes de llamarte otra vez?
—No puedes, no todavía. Cada vez será más fácil que la anterior. Solo después de equivocarte tantas veces como sea necesario, comprenderás la verdad: no me encuentras detrás de las flores llamativas y los fuegos artificiales. Estoy en la caverna oscura, ahí en donde se necesita una antorcha para entrar.
—Y entonces iré a la caverna, sin luz todavía, y te buscaré en la oscuridad, dando tumbos y cayendo por precipicios ocultos a mi ciega vista.
—Hasta que hayas encendido la luz. Tu visión será limitada, pero ahora, con más prudencia y madurez, seguirás avanzando.
—Si no desmayo, si confío en la antorcha de mi mano, si me sostengo en el camino, te encontraré.
—Me encontrarás.
—Y diré tu nombre.
—Y responderé a tu voz.
—Y volverás a guiarme como lo haces hoy.
—No, no como lo hago hoy. Pero volveré a guiarte y tu prueba será aprender a escuchar.

Diálogos con el Maestro: Tengo miedo de equivocarme

—Tengo miedo de equivocarme, Maestro. Miedo de no hacer bien mis labores. De arruinar los esfuerzos que hemos venido realizando.
—¿Cuál es tu nivel en el sendero?
—Soy apenas una aspirante.
—¿Cuál es el grado de iluminación que has alcanzado?
—Unos pocos vislumbres, maestro. Apenas comienzo a despertarme.
—¿Hasta dónde llega tu sabiduría?
—Aún es escasa, Maestro. De sabiduría no puedo jactarme.
—¿Cuánta experiencia tienes en el servicio?
—Estoy dando mis primeros pasos, Maestro.
—Entonces acepta con amor tus lecciones. Vívelas. Exprímeles hasta la última gota de aprendizaje. En tu error subyace la sabiduría. En tu equivocación, el conocimiento superior. En tu humildad, la capacidad para seguir acrecentando tu estatura interior.

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El valle de la Poesía

Cuentan las antiguas leyendas, la historia de dos hermanos que una noche tuvieron el mismo sueño. En su sueño vieron un hermoso valle. En el valle, cientos de hombres y mujeres cantaban los más sublimes versos jamás escuchados. El Valle de la Poesía, les susurró el viento su nombre. Solo un auténtico poeta sería admitido ahí. Solo de la mano de un auténtico poeta se podría entrar. Ambos hermanos despertaron con tal ardor por la visión recibida, que de inmediato decidieron partir a la búsqueda de tal lugar.

Ambos sabían que jamás alcanzarían el valle sin antes convertirse en poetas ellos mismos, así que decidieron iniciar el proceso de aprendizaje del oficio. Cada uno encontró un maestro.

Por caminos distintos, ambos partieron, con el deseo de llegar algún día, cuanto antes, al valle tan añorado.

Los años pasaron y un día, en una mañana cualquiera, sus pasos se volvieron a encontrar. De cabellos grises y rostros ceñudos, reconocieron aún así al hermano de antaño.

—¿Adónde te llevaron tus pasos, hermano?

—Mi maestro, te digo, fue una gran elección. Me enseñó los secretos de la métrica y el ritmo, me obligó a adquirir vasto y variado vocabulario, me dio la técnica para leer mis palabras ante los grandes públicos, me presentó frente a las grandes audiencias. De su mano, aprendí a elevar mi voz por encima de los gentiles y a hacerme admirar por quienes me escuchan. De él aprendí las mejores combinaciones de versos para despertar el clamor de las masas. ¿No ves acaso la riqueza de mis ropas y la salud de mi barriga? No hay lugar en donde no se me reciba con honores, opíparos banquetes y exquisitas bebidas. Soy grande entre los grandes y mis versos se cantan por toda la tierra. Y tú, hermano, ¿qué has logrado?

—Mi maestro, en cambio, me llevó al corazón del bosque y me hizo bajar a las entrañas de la tierra. Ahí, solos, me enseñó a renunciar a la palabra y a entrar en mí mismo. Con mi Yo interno me llevó. Me enseñó los misterios de la naturaleza y de la Vida, me obligó a abandonar mis ambiciones y falsedades, destruyó mis máscaras y mis vanidades. Me enseñó a callar y, por encima de todo, a escuchar. Mi maestro me hizo ver la luz que disipa toda oscuridad.

—¿Y tus versos? ¿Acaso te enseñó la métrica dorada de los hexámetros y endecasílabos? ¿Te instruyó en las técnicas de las escuelas de los antiguos? ¿Te obligó a buscar la palabra precisa y el verbo perfecto?

—No.

—¿Y te dio las artes de la retórica, del embellecimiento de las palabras, del engaño y la obnubilación de las conciencias?

—No.

—¿Y te señaló la manera de ganarte el sustento mediante la admiración y el elogio?

—No.

—Entonces, ¿qué te enseñó tu maestro?

—Me enseñó la verdadera Poesía, la que trasciende las palabras, la que proviene de más arriba, de más lejos, de más adentro.

—Jamás he escuchado de tal arte. Poesía es, hermano mío, el artilugio del verbo, la imagen efectista, la expurgación de los errores, el más estricto apego a las complejas reglas solo conocidas de los expertos. Te propongo esto: un duelo deberemos hacer para ver quién de nosotros es el mejor poeta. Así sabremos quién puede ingresar al Valle de la Poesía.

Se dice que ambos hermanos se sentaron en medio de la plaza y unos cuantos privilegiados que pasaban por ahí presenciaron lo que a continuación se narra.
El primero de ellos tomó la palabra y comenzó a cantar con sus versos el azul del cielo, el llanto de un niño, el amor a la mujer hermosa, la perfidia de la traición… Sus versos eran prodigiosos y perfectos. No había en ellos repeticiones. Los vocablos eran elevados hasta lo incomprensible y, por ello, todos le dieron su admiración y aplauso. En medio de la pompa, regodeado en la admiración de la multitud, el hermano se sintió seguro de su triunfo.

Entonces, el segundo de ellos tomó su lugar en el centro de la plaza. Con movimientos lentos, sin arengar a los presentes, tomó asiento. Cerró los ojos, respiró profundo y unió ambas manos frente a su pecho. Entonó una sola nota, una larga nota que comenzó grave y siguió, intensa, fuerte y pareja, mientras capturaba a cada una de las personas que a su alrededor esperaban los versos. El poeta fue cambiando la entonación y la nota se fue convirtiendo en un canto. Y quienes lo escuchaban se iban quedando prendados de ese canto, que se multiplicaba en tonos diversos en sus oídos, se transformaba en visiones, les tocaba la piel y les hacía vibrar en lugares del cuerpo que ya no recordaban como suyos. El canto, en el que suavemente iban tomando forma las palabras, los envolvía y los transportaba a prados coloridos, arcoíris deliciosos, abundantes praderas sembradas de las más aromáticas flores. Se veían rodeados de cervatillos que daban cabriolas y de aves que les regalaban su trino. Una luz cálida les calentaba el alma, aunque sabían que las nubes grises y los primeros vientos invernales los rodeaban. El canto abrió paso a las visiones y las visiones a auténticas experiencias. Aunque las palabras llegaban hasta sus oídos, no eran solo vocablos ni estaban vacíos: habían sido transportados de golpe a otro lugar, a otro tiempo, a otro Yo.
Cuando el segundo hermano terminó su canto, quienes habían tenido la dicha de escucharlo, sintieron el final de su embeleso como el más duro de los castigos, como si hubiesen sido arrancados del paraíso, como si el recuerdo de ese lugar fuese el único motivo por el cual seguir viviendo.

No hubo aplauso, tan solo un silencio incorruptible. Quienes antes alabaron y lisonjearon al primero de los hermanos poetas se habían retirado a un lugar de su interior hasta ahora desconocido. Se buscaban desde dentro, en lo más profundo de su verdadero Ser. Uno a uno, se marcharon quedos, temerosos de que sus palabras profanas, inmerecedoras, corruptas, rompieran el recuerdo del asombroso lugar que por un breve instante habían podido visitar.

Los dos hermanos se quedaron solos de nuevo. El primer hermano, el famoso, el grande, bajó la mirada. No era necesario proclamar al ganador.

Los ojos me arden

—Los ojos me arden, Maestro.
—¿Los has cerrado, para hacerlos descansar de la luz cotidiana?
—Sí, Maestro?
—¿Los has lubricado?
—Sí, maestro.
—¿Has posado tus palmas calientes para ayudarles a relajarse y transmitirles salud?
—Sí, Maestro.
—¿Entonces por qué te arden?
—Porque estoy viendo. Porque voy corriendo, uno a uno, mis velos. Porque la luz está penetrando en ellos. Quieren que los cierre. Quieren que los devuelva a la comodidad de no ver con claridad el mundo.
—¿Por qué?
—El mundo les duele, maestro. Antes no podía ver los detalles, no veía las arrugas, no veía las suciedades, no veía con nitidez las apariencias. Cualquier cuenta podía brillar como oro; cualquier rostro se veía joven ante mis ojos desenfocados.
—¿Y ahora?
—Ahora lo puedo ver todo, Maestro. La luz que entra desde fuera arde, como un fuego. Mis ojos solamente quieren cerrarse, quedarse en la reconfortante oscuridad de los párpados caídos.
—Pero así no pueden ver.
—Exacto, maestro, así no pueden ver. Así pueden regresar a la inconsciencia.
—¿Y es eso lo que tú quieres?
—No, Maestro. Les he ordenado que se abran. Los he amenazado con cortar mis párpados, si se siguen rehusando.
—La luz se recibe voluntariamente, no con imposiciones y órdenes vacías. Llena tus ojos de amor y disipa su miedo a desaparecer fulminados por la luz. Amorosamente, invítalos a ver.

Inspiración

Vi tus versos pero no me convencieron. No pude encontrar en ellos la vitalidad de la palabra sagrada. No, me dijiste, no se suponía que fuese sagrada, la poesía es belleza, no sacralidad. No, te respondí, te equivocas. No conoces qué es la poesía si has evadido su esencia, su auténtica esencia. ¿Qué es la esencia, me preguntaste, si no un mero invento de filósofos desocupados? No de filósofos cualquiera, de los verdaderos filósofos, te respondí. Me suenan vacías tus palabras, absurdas, indecisas, indefinidas. No sabes lo que es la poesía, me dijiste. Lo inaprehensible no puede ponerse en palabras; lo auténticamente abstracto huye de las concretas representaciones humanas. Si eres incapaz de alcanzar las más sutiles y finas abstracciones, eres incapaz de hacer poesía y de comprenderla, te dije. No me vengas de nuevo con el tema de la inspiración; eso es un cuento de viejas, un lugar común de tiempos medievales, un absurdo de románticos y hippies, me dijiste. No conoces la técnica para la correcta inspiración, no has trabajado en cómo obtenerla, no tienes la menor idea de lo que significa. No emplees palabras cuyo significado desconoces o reconoces tan solo de sus usos populares. No haces más que el ridículo y te pierdes la oportunidad de acceder la inspiración de la que hablaban los antiguos. No los ignorantes de la Edad Media; los Antiguos, los que pertenecieron a las antiguas escuelas de los verdaderos poetas, te dije, sin esperanzas de que me comprendieras. Guardaste silencio y por fin me preguntaste cómo se llegaba a la tal inspiración, a esa cosa que, de plano, dejaba ya de significar por no poder accederla del todo. No podrás hacerlo en un día, ni siquiera en un año, te dije. Necesitas de toda una vida, de varias vidas, de comprender quién eres en verdad y cómo hacer que Ese auténtico ser se exprese con plenitud en esta máscara con la que hablo. Menos me comprendiste, lo sé, pero esta vez tuviste el decoro de mantenerte callado. Y en ese silencio, en ese breve y fugaz silencio, durante un instante, la chispa de la Inspiración te tocó.