Diálogos con el Maestro: Despierta

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—Despierta, pupila, despierta. Se acabó el tiempo del sueño, es la hora de estar alerta.
—Lo siento, maestro, no logro abrir mis ojos. Se me cierran como dos botones sobre los que ha caído la noche.
—Despierta, pupila, despierta. La luz de la mañana ya tiñe el cielo, es la hora de verlo todo con la mirada interna.
—Lo siento, maestro, no consigo despabilar mis sentidos. Me invitan a seguir entre las cobijas, en el refugio oscuro de la habitación vacía.
—Despierta, pupila, despierta. El sol se acerca al mediodía. La tierra entera ha dejado atrás las brumas de la mañana y se alinea con la luz de más arriba.
—Lo siento, maestro, no consigo enfocar la mirada. Distante te oigo, minúsculo eres ante mis ojos. Estás lejos, muy lejos, y pareciera como si al respecto yo no pudiera hacer nada.
—Despierta, pupila, despierta. Tu hora ha llegado. Aunque tengas miedo y dudas, aunque creas no ser este el momento más indicado; aún así ha llegado tu momento, en medio del viento, en medio del alabastro.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

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Costa Rica (des)dibujada: Incluso el clima conspira

Incluso el clima conspira. Cada lugar pareciera tener vida propia. Si se vive en Alajuela es fácil distinguir la frontera climática: del Hospital México en adelante todo se nubla y la temperatura desciende de forma dramática en una distancia de menos de 500 metros. San Pedro pareciera cubierto por una enorme nube negra, aún cuando rayos de sol puedan verse a la distancia sobre San José y el Sur. Y algunas veces los rayos de lluvia también pueden distinguirse, como si fueran lanzados por un caprichoso engranaje mecánico a voluntad del programador. Las nubes se esconden con rapidez en el horizonte, y si se las mira fijamente estando en el centro del valle, en el valle del centro, se puede notar un movimiento circular, como si nos rodearan. Una extraña sensación de vértigo puede invadirlo a uno en segundos, porque la imagen más cercana sería la de un domo semiesférico en donde el aire daría vueltas eternamente sobre un mismo eje. Ni siquiera seríamos habitantes de todo un planeta sino de una pequeña plataforma experimental en donde todo fuera reproducido en un tamaño menor.
De ese cielo aplastante, y al mismo tiempo al alcance de los sentidos, puede que provenga la extraña manía del costarricense de caminar atento a sus pies, a la acera y a la calle, pero nunca a los edificios, ni siquiera a los ojos de los otros transeúntes. Extraña posición, según los extranjeros. Para nosotros, es perfectamente natural. Yo, al menos, tropezaría cada diez segundos si no estuviera atenta a las irregularidades del suelo impredecible aún en el asfalto.
Impredecible es la mejor palabra para describir al latinoamericano. Impredecibles también son los costarricenses. [Sí, sí. Y las costarricenses más todavía. Pero yo soy una de esas mujeres a quienes simplemente les interesa ejercer su femineidad y no tanto complicar la redacción con la ambivalencia discursiva y el recargo de artículos femeninos. La femineidad —incluso para las costarricenses— va más lejos que uno conjunto de “a”s puestas por ahí.] Impredecibles en sus actos y en sus juicios. No siempre por su honradez. A menudo por la inverosimilitud de sus actos. Esto le pone sabor a la vida y también la complica.
Pero no solo la gente se renueva. De todas maneras el clima y el paisaje han cambiado en la ciudad de San José. Las fronteras entre el invierno y el verano se diluyen en exóticas alternancias.
De repente, se puede pasear por una ciudad nublada en su mediodía de febrero, haciendo caso omiso del verano reinante en el resto del país, o acaso aspirando a ser ciudad de fines de invierno, como es en ese momento del año en las latitudes industrializadas del Norte. Así y todo, un cierto sofoco invade el aire y pocos transeúntes osarían detenerse a mirar el edificio a su lado o a contemplar al ángel casi eunuco que se yergue entre el Correo y el Club Unión. La visible masculinidad de este ángel desnudo hace pensar en una cierta mojigatería de la ciudad: “¿desnudo? ¡de acuerdo…! Pero que no provoque el escándalo de las damas…”. Sin duda alguna la provoca de todas maneras, pero por su proporción infantil.
Amas de casa con sus hijos recién salidos de la escuela, hombres disfrazados con su máscara de corbata y zapatillas de cuero lustrado, pensionados tranquilos con una pluma en el bolsillo y algunas minifaldas en plataformas ostentando sus rodillas sin pantimedias. Por supuesto que no faltan chapulines y vagabundos, hombres en traje y un sombrero tejano en la cabeza, extranjeros cincuentones de lentes oscuros y ejecutivos de ventas con sus maletines al hombro y sus valijillas de lona. Hoy día la ciudad admite camisas de tono rosado pastel y fucsia lo mismo que cuadros raídos y pantalones de mezclilla. Sandalias y tacones coexisten en la misma acera y a veces, se diría, en la misma mujer. En este paisaje se han insertado las culturas inmigrantes, con sus trajes, colores, comidas y expresiones.
Pero el verano nublado alterna con el invierno de cielos deslumbrantes y atardeceres cromáticos. Todo un día de aprisionamiento laboral bien vale unos minutos al final de la tarde, en esas fechas en que la luz solar se extiende más allá de las seis, mostrando a una ciudad que es ya un fantasma ennegrecido bajo un cianoso cielo matizado con rosas fosforescentes al sur y naranjas encendidos al oeste. Bajo la iluminada penumbra la vida parece más tenue, apenas justa para quedarse por ahí, al pie del kiosco de algún parque, viendo las hojas caer, percibiendo la brisa en los hombros y escuchando el último piar del día.
Algunas veces la luz dorada del sol invade los edificios desde las cuatro de la tarde y transforma las paredes occidentales de concreto en suaves pieles de oro erigidas sobre el hormigueo en retorno al hogar.
Costa Rica (des)dibujada (2012). Fragmento. Esta obra fue ganadora del premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en el año 2001.

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Fotografía: Jacqueline Murillo Fernández, 2008. Todos los derechos reservados.

Diálogos con el Maestro: Tengo miedo de equivocarme

—Tengo miedo de equivocarme, Maestro. Miedo de no hacer bien mis labores. De arruinar los esfuerzos que hemos venido realizando.
—¿Cuál es tu nivel en el sendero?
—Soy apenas una aspirante.
—¿Cuál es el grado de iluminación que has alcanzado?
—Unos pocos vislumbres, maestro. Apenas comienzo a despertarme.
—¿Hasta dónde llega tu sabiduría?
—Aún es escasa, Maestro. De sabiduría no puedo jactarme.
—¿Cuánta experiencia tienes en el servicio?
—Estoy dando mis primeros pasos, Maestro.
—Entonces acepta con amor tus lecciones. Vívelas. Exprímeles hasta la última gota de aprendizaje. En tu error subyace la sabiduría. En tu equivocación, el conocimiento superior. En tu humildad, la capacidad para seguir acrecentando tu estatura interior.

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Prudencia

Prudencia, bendita prudencia. La miras observarte por la ventana, como si tú fueras capaz de reconocer su presencia. No. Te falta paciencia, lo sabes. Saber callar también es saber esperar. ¿Por qué decir algo hoy cuando puedes esperar una hora, un día, una semana? En una semana todo puede ser distinto. Tú puedes ya no ser tú, ni esa palabra, hoy en apariencia imprescindible, ser ya necesaria. Callar y esperar no son lo mismo, pero se parecen. Esperar también es esperanzar. Guardar la esperanza de que esa palabra no sea necesaria nunca más.

¿Has vivido ya la prudencia? ¿Has sido capaz de esperar? ¿Has tenido la fuerza para callar? ¿Has refrenado tu impulso de abrir la boca inoportunamente? Inténtalo y conocerás la diferencia. Acostúmbrate a hacerlo y cambiarás el curso de tu existencia. La palabra indiscreta te llevará al abismo. La prudencia es el camino estrecho, pero seguro, hacia la luz.

Prudencia

Prudencia, bendita prudencia. La miras observarte por la ventana, como si tú fueras capaz de reconocer su presencia. No. Te falta paciencia, lo sabes. Saber callar también es saber esperar. ¿Por qué decir algo hoy cuando puedes esperar una hora, un día, una semana? En una semana todo puede ser distinto. Tú puedes ya no ser tú, ni esa palabra, hoy en apariencia imprescindible, ser ya necesaria. Callar y esperar no son lo mismo, pero se parecen. Esperar también es esperanzar. Guardar la esperanza de que esa palabra no sea necesaria nunca más.

¿Has vivido ya la prudencia? ¿Has sido capaz de esperar? ¿Has tenido la fuerza para callar? ¿Has refrenado tu impulso de abrir la boca inoportunamente? Inténtalo y conocerás la diferencia. Acostúmbrate a hacerlo y cambiarás el curso de tu existencia. La palabra indiscreta te llevará al abismo. La prudencia es el camino estrecho, pero seguro, hacia la luz.

La pulsión de escribir

Es un deseo incontrolable, incontenible, monstruoso. A veces permanece dormido, como una bestia que acecha. La ponemos en la sombra, donde no escuchemos sus gruñidos, para tener algo de paz, algo de normalidad. Pero ahí está. Basta leer algo digno de haber deseado escribir con la propia pluma, para que la bestia salte de su escondite una vez más y nos asedie. Sin pensarlo demasiado, saltamos al vacío. Pluma y papel —o su equivalente— en las manos. No necesitamos más. Vamos perdiéndolo todo en la caída. Y cuanto más desnudos, más reales las palabras que vamos dejando atrás. Más dolorosas. Más punzantes. Más seductoras. Son esas, las más desgarradoras, las que tienen una oportunidad de ganar quién las lea. Irónica broma de la suerte: se necesita morir para acceder a los misterios de la vida; se necesita vivir para verter en palabras algo digno de leerse. ¿Quién quiere leer sobre la felicidad? Nadie. Quien ha alcanzado la plenitud ya puede prescindir de los libros. Bendita la vida que nos trajo hasta acá, que nos hizo dependientes de la voz, que nos obliga a usar la palabra. Esa misma vida nos llevará hasta donde deberemos estar.

Dos fuerzas

Dos fuerzas siempre se han debatido en la formación del Estado costarricense (y de la familia, y de la Iglesia, y del amor, y de la vida): el horror al cambio y las ideas de vanguardia. Por lo general vencen las fuerzas de derecha y el tradicionalismo, pero eventualmente se han logrado éxitos memorables que también pasaron a formar parte del repertorio épico del país: la reforma social de los cuarenta, la abolición del ejército, el premio Nobel de la Paz… Pero también han triunfado, con el paso de los años, la corrupción, el deterioro de las grandes instituciones sociales del país (los mismos hitos épicos son condenados a una muerte segura) y la preeminencia de un poder autoritario sobre la base de una pseudodemocracia electoral.
La convivencia armónica está basada en una palabra mortal: la tolerancia. Y la tolerancia significa callar las irregularidades, abstenerse de juicios duros, evitar decir nombres y nunca sobresalir en la masa informe. En Costa Rica, la paz se monta sobre el instinto de supervivencia: “Callad y se os dejará vivir y prosperar. Abrid la boca y pereceréis o seréis despojados de vuestro bienestar”.

Costa Rica (des)dibujada (2001). Fragmento. Esta obra fue ganadora del premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica.