La magia del silencio (IV): Sé que no puedes resistirte

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Sé que no puedes resistirte.
Lo has intentado de nuevo.
Has tratado de no pensar en mí,
de descartarme como si fuese una locura,
un invento de una imaginación demasiado vívida,
demasiado literaria.

Sigue mintiéndote;
por ahora estás segura.
Dame solo el derecho a la duda.
No me creas.
No es necesario.
Solo imagina qué pasaría
si mis palabras fueran ciertas.

Ya está sucediendo,
¿verdad?
Ya comienzas a sentir
como si no pertenecieras
por completo a este recuerdo,
a este lugar.

Te detienes.
Miras a tu alrededor.
Estás en el centro de todos los ciclones.
Estás en el eje de todas las turbas.
Y, sin embargo,
ninguna te toca.
A ninguna perteneces.
No puedes avanzar en ese frenesí.

Miríadas de personas
avanzan en todas direcciones,
sin pensarlo,
sin detenerse.
¿Hacia dónde marchan?
Sabes que avanzan en círculos,
sobre una misma rueda que gira y gira,
que sube y baja,
que viene y va.
Van de la casa a sus labores,
de la fatiga al hogar…
Se levantan,
comen,
se reproducen,
se duermen,
se vuelven a levantar…

Pero nunca despiertan.
No.
Nunca se despiertan.

Mira con más atención.
No todos están corriendo.
Anúlalos.
Conviértelos en líneas difusas de movimiento.
No veas sus individualidades,
solo las corrientes.
¿Ves esas pequeñas islas,
esos focos de inmovilidad?
Ya sabes lo que son,
o mejor dicho,
quiénes son.

No, espera.
No te precipites a llamarlos.
No todos emanan luz.
Observa con mayor atención.
Unos emiten y otros atraen.
Unos son luminosos, otros son devoradores.
No.
No los califiques
según la burda dualidad
de bien y mal.
Hasta la oscuridad
cumple una función transformadora
en el Universo.

Obsérvalos bien.
¿Qué puedes aprender de ellos?
¿Qué comprendes?
¿Qué deduces?

Ahora olvídalo todo.

Es tu mente actuando.
Tu mente sacando conclusiones.
Tu mente que trata
de acomodar la información
según las estructuras que ya tiene.
Tu mente sola es incapaz
de acceder la realidad.
Sé que todavía no puedes
distinguirlos con toda precisión.
Será más fácil después.
Lo prometo.

Ahora trae tu atención de nuevo hacia mí.
Hacia ti.
¿Ya sabes cuál es tu lugar en la trama?
¿Tienes idea de cuál es tu hilo?
Quieres saberlo.
Quieres que yo te lo diga.
Esa angustia,
ese anhelo
es una máscara de dos facetas.
Fallas en ver la grandeza
de lo pequeño.
Por eso no puedes
escuchar tu verdadera misión.
Me sigues leyendo
porque esperas
que yo haga el trabajo por ti,
que yo te lo diga.
No puedo.
Lo siento, pequeña.
Deberás descubrirlo por ti misma.
No se enuncia con discursos.
No se transmite en imágenes.
No se fuerza con la fe fingida.
Cuando lo sepas, no tendrás dudas.
Paciencia.
Abandona tus expectativas
de un grandilocuente destino
y quedarás en libertad
para hacer tu verdadero recorrido.

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.com

La magia del silencio (III): He vivido la furia

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III

He vivido la furia.
La he experimentado con toda la fiereza posible.
He elevado mi voz cuando lo he creído necesario.
He gritado y gritado.
He declarado maldiciones sobre mis enemigos.
He descuartizado y destruido
a quien ha osado levantar
la ira de mis entrañas.

Obnubilada por la furia,
he arrasado pueblos y ciudades,
aniquilado ejércitos,
violado y mandado a violar hombres y mujeres.
He tomado venganza con la sangre de inocentes
y he descargado toda mi violencia en un solo golpe,
una sola palabra,
un solo grito.
Mi voz ha llevado la destrucción y la muerte
a cuanto incauto se me ha opuesto u ofendido.
Mi poder es un vendaval
que desde mi boca lo destruye todo.
Así he vivido.
Así he muerto.
Así he vuelto a vivir,
innumerables veces,
siempre arrastrada
por ese fuego incontrolable
que sale desde mis vísceras.

Actúo.
No pienso.
Destruyo.
Aniquilo.
Arraso.

Y solo después, mucho después,
huyo con la cabeza entre las manos y digo
“¿por qué lo hice?”,
“¿era necesario?”.

Tantas veces he matado,
tantas veces he muerto y nunca,
ni una sola vez,
he sido capaz de marchar en silencio,
en paz.

¿Puedo acaso seguir viviendo así?
¿Se detendrá alguna vez la rueda,
si elijo apegarme a mi violenta manera
de enfrentar el mundo?

¿Me escucho?
¿He visto lo que yo misma he dicho?
Enfrentar el mundo.
¿Y quién ha dicho que debo enfrentarlo?
¿No puedo amarlo, vivirlo, saborearlo, soñarlo?

No.

Tengo que conquistarlo, domarlo, corregirlo, quebrantarlo…
Tengo que hacer del mundo el lugar que yo quiero.
¿Por qué no puedo reconocer la belleza
cruda y diáfana de la tierra virgen, pura, sin labrar?
¿Por qué me creo con potestad para moldear la arcilla a mi antojo?

La furia me ha destruido, otra vez.
Y con toda la furia que me queda,
desde mis entrañas,
esta vez grito:
¡No más!
No más.
No más…

© Jacqueline Murillo Fernández, 2015. Todos los derechos reservados.
Fotografía: cortesía de Pixabay.

Diálogos con el maestro: ¿Cómo te contactaré cuando me vaya?

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—¿Cómo te contactaré cuando me vaya, cuando esté lejos?
—Ya te he enseñado la técnica, ya lo hemos hecho antes. ¿Por qué me preguntas de nuevo?
—Tengo miedo de olvidar. Temo no ser capaz de recordarte, de saber quién eres, por qué debo llamarte, por qué debo buscarte.
—Repasemos de nuevo los pasos: primero debes vivir un tiempo en el mundo del olvido, entre los dolores humanos. Luego, cuando las experiencias hayan sido suficientes para mostrarte el vacío en tu interior, comenzarás a sentir una necesidad de guía, una búsqueda de luz, un llamado.
—Pero cuesta reconocer el llamado. Es la parte más difícil. La última vez, maestro, lo confundí con la búsqueda del éxito y del poder.
—Ya sabes dónde no me encontrarás, pero me buscarás ahí de todas maneras. Ya sabes cómo no me contactarás, pero lo intentarás de todas maneras. No importa cuántas veces te diga “haz esto”, siempre serás como una niña pequeña y buscarás las figuras más llamativas y coloridas primero.
—¿Cómo puedo evitarme tanto dolor, tanto vagar sin sentido antes de llamarte otra vez?
—No puedes, no todavía. Cada vez será más fácil que la anterior. Solo después de equivocarte tantas veces como sea necesario, comprenderás la verdad: no me encuentras detrás de las flores llamativas y los fuegos artificiales. Estoy en la caverna oscura, ahí en donde se necesita una antorcha para entrar.
—Y entonces iré a la caverna, sin luz todavía, y te buscaré en la oscuridad, dando tumbos y cayendo por precipicios ocultos a mi ciega vista.
—Hasta que hayas encendido la luz. Tu visión será limitada, pero ahora, con más prudencia y madurez, seguirás avanzando.
—Si no desmayo, si confío en la antorcha de mi mano, si me sostengo en el camino, te encontraré.
—Me encontrarás.
—Y diré tu nombre.
—Y responderé a tu voz.
—Y volverás a guiarme como lo haces hoy.
—No, no como lo hago hoy. Pero volveré a guiarte y tu prueba será aprender a escuchar.

La magia del silencio (IIb)

Me he jurado no repetir más el ciclo de ruina
en el que yo misma me metí.
Pero implícita está la idea de vencer
a un enemigo que siempre me hace caer.
Anticipo tus interrogantes porque soy tú y lo sabes.
Ahora mismo te estás preguntando
por qué perder la voz es la muerte,
si todavía puedo escribir.
“¡Escribe y dímelo todo!”, piensas.
Piensas mal.
Mis votos me obligan a guardar silencio.
No puedo,
en forma alguna,
darte todo lo que sé,
decirte todo lo que hoy te necesito decir
a través de la escritura.
Ni siquiera el nombre de nuestra orden
me es permitido revelarte.
Te verás obligada a seguir las pistas
de quienes se protegen
tras el velo del secreto.
Ninguno de nosotros jamás
ha puesto por escrito
lo que necesitas descubrir.
Se ha transmitido desde siempre,
desde antes del inicio del tiempo,
de maestro a discípulo,
por medio de la Voz
y solamente de la Voz.

Y yo no puedo decírtelo
porque he perdido la mía.
Y porque he perdido mi Voz,
has debido renacer,
sin el recuerdo de la palabra
que debes emitir.

No conservé mi capacidad de articulación
el tiempo suficiente para emitirla,
para enunciarla,
para pronunciarla a pecho abierto.
Aunque logré escucharla en un susurro,
el proceso quedó inconcluso.
No pudo quedar fijada en la memoria
de mis cuerpos que tú compartes.
No pude darte mi legado.

Tu primera misión es escuchar esa palabra,
la palabra,
tu palabra.

Esa es tu llave. wpid-1446906402_c2c3a6d0da_o-2015-03-17-17-57.jpg
Foto: Alberto Ortiz, 27 setiembre de 2007. Flickr.com (https://www.flickr.com/photos/citizen_poeta/1446906402).

La magia del silencio (IIa)

¿Cómo llegué de ahí hasta aquí?

No recuerdas ya mi historia,
nuestra historia.

Somos el pálido reflejo de quienes fuimos,
de quienes seremos.

Al otro lado de estas palabras
no puedes sentirme como yo a ti,
que te adivino,
te presiento.

Tú,
en cambio,
me oyes llamarte,
como un grito atravesado en tus entrañas,
como una espiral cuyo vórtice eres tú.

Escúchame bien,
léeme,
revíveme para que te encuentres en mí.

Mi historia comenzó muchos años atrás.

¿Niña?
¿Joven?
No importa ya.

Tus manos no han envejecido todavía.
Te crees que vivirás para siempre.
Te verás joven, por dentro,
sin importar la imagen que te rebote desde el espejo.
Te consolarás con la mentira
de que mi historia no te ocurrirá a ti.

Por eso, sigue leyendo mis palabras.

Sigue.

Tienes miedo.
No recuerdas porque no quieres recordar.
Has dejado de leer.
Lo sé.
Miras hacia afuera
por no mirar hacia adentro.
No sabes si la verdad será superior a ti.
¿Estarás repitiendo la misma experiencia?
Temes reconocer,
en cada palmo de mi historia,
la tuya propia,
la que identificas como tuya.
La que pretendes solo tuya.

Mírate.

Prefieres pensar que no tienes ninguna pista de lo que ocurre.
Que no sabes a dónde se dirigen los eventos.
Que no vislumbras la historia detrás de los accidentes.
Todo es una trama.
Encontrar su nudo es la clave para resolverla.

Sospechas lo que viene.
O crees que lo sospechas y te quedas ahí.
No quieres aceptar que ya la has vivido.
Dentro de ti, lo sabes todo.
Conoces los personajes,
las acciones de cada uno,
lo que te espera.

Pero quisieras no conocerlos.
Quisieras ignorar la historia,
para que te sorprenda.
Quisieras no saber en qué termina,
pero lo sabes de antemano.
Todo parece tan obvio…
¿Por qué no puedes ver esto en tu propia vida?

Obsérvala como si fuera una ficción:
desde fuera.
Abstráete de ella.
Olvida que estás dentro de ella.
Todo será evidente,
claro.
Sabrás a dónde va.
Podrás decidir si repites las viejas acciones,
avanzar hacia el fracaso otra vez,
dejarte engañar por quienes están alrededor.

No me crees, ¿verdad?
Te estás preguntando
cuál es esta historia
que repites una y otra vez.
Quieres saberlo.
Quieres confiar en mí,
pero no puedes.

Te mientes:
no quieres creerme.
De hecho,
quieres que no sea verdad.
Vislumbras detrás de mis palabras
el enorme hastío
de quien ha llegado casi al límite
de no desear nada más. Casi.

Aciertas:
quedan en mí anhelos fuertes.
¿No es acaso algo de venganza
lo que percibes en mi tono?

En mi “tono de voz”,
pensaste,
pero olvidas que ya no tengo tono.
Pero la palabra lo tiene.
Tú lo percibes y se lo añades.
Quien interpreta
pone tanto de sí en la lectura,
que dos personas distintas
no leen jamás
el mismo texto.

Así que, léelo (óyelo) bien:
ese tono de voz viene de tu interior.
Lo reconoces,
lo encuentras
y lo activas con solo leerme otra vez.

Sigues sin encontrarla

[Poema XII de La magia del silencio]

Sigues sin encontrarla.
No puedes verla.
Ves la historia de todos los demás.
Sabes de inmediato
cuál va a ser el desenlace.
Pero la tuya, tu propia historia,
se te esconde como un velo.
Ni siquiera conoces a tus personajes.
Crees conocerlos,
pero la idea
que te has forjado de ellos
es superficial y errónea.
Los odias o los amas.

No.
Te mientes.

Mantienes con tus personajes
la misma distancia
que interpones en la vida real,
con los otros.

Por eso no puedes sentir a tus personajes,
no puedes escucharlos,
no puedes sencillamente observarlos.

¿Por qué no los observas,
sin juzgarlos,
nada más averiguando quiénes son,
cómo son,
qué hacen,
qué esperan de la vida?

Tienes miedo de los rumbos
a los que la observación llana puede llevarte.
Temes lo que esta historia
es capaz de revelar de ti.
Por eso huyes.
Sigues huyendo.
Me temes.
No quieres leerme.
Más, todavía:
no quieres escribirme.

Tienes mi propio temor:
el de repetir,
el de volver a experimentar,
uno a uno,
los mismos fracasos,
los mismos errores.
Los mismos desgraciados
momentos de autoengaño
cuando te creíste en la cima
y solo estabas en el preludio
de precipitarte al vacío.

¿Qué miedo te detiene?
¿Tus propios pecados?
No sabes lo que es pecar,
no lo sabes todavía.
Te sientes sumida
en la inmediatez de tu entorno,
pero tu visión
tiene muy poco alcance.

Remóntate.
Elévate.
Mira desde lo alto.

El camino que se te esconde bajo los pies
se revela cuando dejas de mirar las piedras
y eres capaz de distinguir su trazado.

Elévate.
Remóntate.
Salte de ti misma.

Deja atrás tu pequeña y miserable
esquina de confianza.
Tu historia no te encontrará
mientras sigas apegada
a tus paranoias personales.
Te juzgas y,
solo por eso,
lo que más temes en el mundo
es ser juzgada.
Y te sientes juzgada a cada paso.
Aquello que das
recibes.
Y sabes muy bien lo que has dado.
Y ahora,
si puedes verlo,
lo sientes y lo lloras,
porque lo ves devuelto en tu cara,
como todo en la vida:
todo regresará siempre
al lugar de donde partió.

¿Todavía sigues sin comprender tu historia?
Desengáñate.
La historia eres tú.

¡Hay tanto ruido, Maestro!

—¡Hay tanto ruido, Maestro!
—¿A qué te refieres?
—Me has pedido que haga un esfuerzo sobrehumano para permanecer callada, para no decir en voz alta mis ideas, para no interrumpir a los otros cuando hablan; pero entonces, cuando callo, comienzo a escuchar el bullicio. Yo callo, pero el mundo no calla. Sigo escuchando los monólogos interminables de personas que se escuchan a sí mismas pero no escuchan a quien tienen delante; la música sin sentido llena cuanto pequeño espacio dejan las conversaciones a la hora de la cena; quienes cierran puertas, tiran la basura, hacen su trabajo no piensan en quién pueda necesitar silencio para hacer el suyo; hay gritos, respuestas, carcajadas… Si me quedo muda todo a mi alrededor grita.
—¿Y qué entiendes por silencio?
—Imagino una colina tranquila, al pie de un árbol, con un cielo azul, una brisa fresca y una perfecta calma. De cuando en cuando, el trino de aves pasajeras, el murmullo ronroneante de las hojas de los árboles, el golpeteo de la madera… pero nada de este ruido constante, de este golpeteo de platos, de estas conversaciones vacías de monólogos entre dos.
—Y si en este instante estuvieras en esa colina, ¿qué crees que escucharía?
—A Dios, Maestro, a Dios.
—¿Y cómo esperas que hable Dios?
—Con las dulces armonías de las esferas del universo.
—¿Y cómo sabes que Dios no se encuentra también en el ruido humano que te rodea?
Calló. El Maestro volvió a preguntar:
—¿Y cómo sabes que en esa montaña, junto a ese árbol, bajo ese cielo tú serás capaz de guardar silencio?
Bajó la mirada.
—Así como el ruido lo llevas adonde vayas; cuando alcanzas el silencio, también lo llevas a donde vayas. Estés donde estés, recuerda siempre que el silencio no es equivalente a la ausencia de sonido.

El Valle de los Poetas

Cuentan las antiguas leyendas la historia de dos hermanos que una noche tuvieron el mismo sueño. En su sueño vieron un hermoso valle. En el valle, cientos de hombres y mujeres cantaban los más sublimes versos jamás escuchados. El Valle de los Poetas, les susurró el viento su nombre. Solo un auténtico poeta sería admitido ahí. Solo de la mano de un auténtico poeta se podría entrar. Ambos hermanos despertaron con tal ardor por la visión recibida, que de inmediato decidieron partir a la búsqueda de tal lugar.
Ambos habían llegado a la conclusión de que jamás alcanzarían el valle sin antes convertirse en poetas ellos mismos, así que decidieron iniciar cada quien el proceso de aprendizaje del oficio. Cada uno encontró un maestro.
Por caminos distintos, ambos partieron, con el deseo de llegar algún día, cuanto antes, al valle tan añorado.
Los años pasaron y un día, en una mañana cualquiera, sus pasos se volvieron a encontrar. De cabellos grises y rostros ceñudos, reconocieron aún así al hermano de antaño.
—¿Adónde te llevaron tus pasos, hermano?
—Mi maestro, te digo, fue una gran elección. Me enseñó los secretos de la métrica y el ritmo, me obligó a adquirir vocabulario nuevo, me dio la técnica para leer mis palabras ante los grandes públicos, me presentó ante las grandes audiencias. De su mano, aprendí a elevar mi voz por encima de los gentiles y a hacerme admirar por quienes me escuchan. No solo mi hablar es elegante. De él aprendí las mejores combinaciones de versos para despertar el clamor de las masas. ¿No ves acaso la riqueza de mis ropas y la salud de barriga? No hay lugar en donde no se me reciba con honores, opíparas comidas y deliciosas bebidas. Soy grande entre los grandes y mis versos se cantan por toda la tierra. Y tú, hermano, ¿qué has logrado?
—Mi maestro, en cambio, me llevó al corazón del bosque y me hizo bajar a las entrañas de la tierra. Ahí, solos, me enseñó a renunciar a la palabra y a entrar en mí mismo. Con mi Yo interno me llevó. Me enseñó los misterios de la naturaleza y de la Vida, me obligó a renunciar a mis ambiciones y falsedades, destruyó mis máscaras y mis vanidades. Me enseñó a callar y, por encima de todo, a escuchar. Mi maestro me hizo ver la luz que disipa toda oscuridad.
—¿Y tus versos? ¿Acaso te enseñó la métrica dorada de los hexámetros y endecasílabos? ¿Te instruyó en las técnicas de las escuelas de los genios? ¿Te obligó a buscar la palabra precisa y el verbo perfecto?
—No.
—¿Y te dio las técnicas de la retórica, del embellecimiento de las palabras, del engaño y la obnubilación de las conciencias?
—No.
—¿Y te señaló la manera de ganarte el sustento mediante la admiración y el elogio?
—No.
—Entonces, ¿qué te enseñó tu maestro?
—Me enseñó la verdadera Poesía, la que trasciende las palabras, la que proviene de más arriba, de más lejos, de más adentro.
—No lo creo. No creo una palabra de lo que dices. Un duelo deberemos hacer para ver quién de nosotros es el mejor poeta. Así sabremos quién tiene derecho a ingresar al Valle de los Poetas.
Se dice que ambos hermanos se sentaron en medio de la plaza y unos cuantos privilegiados que pasaban por ahí presenciaron lo que a continuación sucedió.
El primero de ellos tomó la palabra y comenzó a cantar con sus versos el azul del cielo, el llanto de un niño, el amor a la mujer hermosa, la perfidia de la traición… Sus versos eran prodigiosos y perfectos. No había en ellos repeticiones. Los vocablos eran elevados hasta lo incomprensible y, por ello, todos le dieron su admiración y aplauso. En medio de la pompa, el hermano se sentó seguro de su triunfo.
Entonces, el segundo de ellos tomó su lugar en el centro de la plaza y, con paciencia, se sentó. Cerró los ojos, respiró profundo, unió ambas manos frente a su pecho y entonó una sola nota, una larga nota que comenzó grave y siguió, intensa, fuerte y pareja, mientras capturaba a cada una de las personas que a su alrededor esperaban los versos. El poeta fue cambiando la entonación y la nota se fue convirtiendo en un canto. Y quienes lo escuchaban se iban quedando prendados de ese canto, que se multiplicaba en tonos diversos en sus oídos, se transformaba en visiones, les tocaba la piel y les hacía vibrar en lugares del cuerpo que ya no recordaban como suyos. El canto los envolvía y los transportaba a prados coloridos, arcoíris deliciosos, abundantes praderas sembradas de las más aromáticas flores. Se veían rodeados de cervatillos que daban cabriolas a su alrededor y de aves que les regalaban su canto. Una luz cálida les calentaba el alma, aunque sabían que las nubes grises y los primeros vientos invernales los rodeaban. El canto abrió paso a las visiones y las visiones a auténticas experiencias. No escuchaban palabras vanas: habían sido transportados de golpe a otro lugar, a otro tiempo, a otro Yo.
Cuando el segundo poeta terminó su canto, quienes habían tenido la dicha de escucharlo, sintieron el final de su embeleso como el más duro de los castigos, como si hubiesen sido arrancados del paraíso, como si el recuerdo de ese lugar fuese el único motivo por el cual vivir.
No hubo aplauso, tan solo un silencio incorruptible. Quienes antes alabaron   y lisonjearon al primero de los hermanos poetas, se habían retirado a un lugar de su interior hasta ahora desconocido. Se buscaban desde dentro, en lo más profundo de su verdadero Ser. Uno a uno, se marcharon quedos, temerosos de que sus palabras vanas rompieran el recuerdo del asombroso lugar que por un breve instante habían podido visitar.
Los dos hermanos se quedaron solos de nuevo. El primer hermano, el famoso, el grande, bajó la mirada. No era necesario proclamar al ganador.

El origen de tu enfermedad

No comprendes los síntomas de tu cuerpo. Todavía piensas que un dolor de cabeza, un ardor de garganta, un dolor en el pecho son el producto de alguna patología cotidiana, explicable solo por la interacción entre tus huesos, músculos y venas. Crees en la ciencia médica y en lo que te ha dicho. Nada hay en el ser humano fuera del cuerpo físico visible, tangible, palpable.

Por eso no comprendes el origen real de tu enfermedad. Por eso buscas y buscas en tus recuerdos la corriente de aire que te dio una gripe más fuerte de lo común y el estornudo ajeno que trajo hasta ti un virus violento, capaz de anidarse en tu laringe, inflamarla y hacerla callar bajo un ardor indecible. Literalmente indecible, sin tu voz.
Los médicos, igual que tú, tantean y tantean tu historia personal, te interrogan sobre lo que hiciste, bebiste o gritaste. Te analizan la sangre y buscan los indicios de alguna de las muchas enfermedades identificadas, clasificadas y organizadas en su corpus de saber.

Su ciencia no deja nada en claro. Te miran perplejos tras su inmenso esfuerzo por no parecer desconcertados. Guardan un gesto grave, disimulan su ignorancia y te cambian la receta.

—Probemos esto.

Y te vas a la farmacia con una inyección nueva, una pastilla nueva, un ungüento nuevo… Ninguno, ni uno solo, te hace efecto.

No conocen –no pueden conocer– la causa real de tu afección. No busques más en la ciencia externa, una ciencia en pañales, en pleno estado incipiente de desarrollo. Avanza ahora hacia la ciencia oculta y aprende nuevas premisas para comprender la naturaleza. Conocerás el mundo de las causas. Solo entonces tu enfermedad –y su cura– serán transparentes para ti.

Se ha hecho el silencio

Se ha hecho el silencio y no te has dado cuenta. Ya no caen las gotas de lluvia en las latas henchidas de agua. Ya no descienden los chorros por los bajantes de agua. Nadie ha despertado aún y el silencio es total. Escuchas tu respiración. Ningún otro sonido atrae tu consciencia. El ruido ha terminado y no te has dado cuenta. ¿Por qué? Lo habías hecho a un lado. Lo estabas ignorando. Cuando tu atención lo soltó por fin, cuando dejaste de emitir juicios sobre el ruido, simplemente desapareció. Dejó de alimentarse de ti. No podía sino detenerse.

El ruido lo creas tú. Puedes estar en silencio en medio del barullo externo más brutal. Puedes hacer ruido en medio del silencio externo más perfecto. El ruido lo creas tú. Suéltalo y encontrarás la paz. Recuerda este instante de silencio para cuando te sientas desfallecer por el esfuerzo de alejar el barullo.